El
diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define
"mezcolanza" como "mezcla extraña y confusa, y algunas veces
ridícula". En eso parece haberse convertido la campaña electoral de
los candidatos Barack Obama y John McCain, al menos para un
observador cubano.
Muchos analistas políticos norteamericanos subrayan que Barack
Obama tiene en las encuestas solo estrechos márgenes de ventaja
sobre John McCain, a pesar de que el conjunto de factores favorecen
que en las elecciones de noviembre próximo, los demócratas obtengan
el triunfo que los lleve a la Casa Blanca. Apuntan que a estas
alturas Obama debería tener una ventaja superior a los diez puntos.
Una de las causas (bordeando cuidadosamente el factor étnico) la
atribuyen a que Obama es un candidato "diferente" y sobre el cual
muchos votantes albergan dudas sobre su experiencia y capacidad para
ejercer la autoridad presidencial. La campaña de McCain orquesta
incesantes ataques contra Obama caracterizándolo como elitista,
superficial, oportunista, de posiciones cambiantes, inexperto y no
confiable. A grupos demócratas preocupa que este tipo de campaña
cale en el electorado y surta el mismo efecto negativo sobre el
candidato demócrata que tuvieron campañas similares contra Albert
Gore en el 2000 y contra John Kerry en el 2004.
Otra razón, Obama ha adoptado posiciones tradicionales que poco
se diferencian de las de McCain, quien a su vez se aleja de las
posiciones originales de la administración Bush, aproximándose a
posiciones centristas. Este ambiente puede darle mayor efectividad a
la propaganda con que McCain trata de convertir las elecciones en un
certamen de personalidades y no de debate sobre políticas a seguir.
Para complicar el panorama, la administración Bush ha modificado
su actuación en los últimos meses, introduciendo elementos de
negociación en sus prácticas guerreristas. Como resultado, suaviza
las contradicciones entre republicanos y demócratas.
Ejemplo, la decisión norteamericana de participar en las
negociaciones con Irán sobre los programas de esa nación para el
empleo de la energía nuclear con fines pacíficos. Esa posición lleva
aparejado bajar el tono a las amenazas de ejecutar acciones
militares contra la nación iraní.
En cuanto a Iraq, ha habido maniobras de la administración Bush
que reducen el grado de diferencias con las posiciones asumidas por
Obama. En particular, la declaración de una posible reducción de
tropas en Iraq en los próximos meses (coincidiendo con la fecha de
la campaña presidencial general) y, sobre todo, de incluir en los
acuerdos que negocia con Iraq, una estipulación sobre la fecha de la
retirada total de las tropas norteamericanas, "a ser determinada en
el futuro". Se reconoce, además, un criterio clave para los
propósitos norteamericanos de perpetuar su presencia militar en Iraq:
cualquier retirada de tropas se produciría "de acuerdo con las
condiciones sobre el terreno". Este concepto ha sido expresamente
aceptado por Obama. Se difuminan las diferencias entre las
posiciones de Bush y de Obama; las diferencias se reducen a lo que
sucedió en el pasado.
La decisión de la administración de incrementar la presencia y
acción de las tropas norteamericanas en Afganistán representa
también una aproximación a los planteamientos hechos por Obama antes
y después de su reciente gira por el exterior. En la práctica, el
mensaje electoral de Obama llama a intensificar y ampliar la guerra
norteamericana en Afganistán. Esta posición no se diferencia mucho
del plan del secretario de Defensa, Robert Gates, para invertir 20
000 millones de dólares en esa guerra durante los próximos cinco
años fiscales; unificar bajo mando norteamericano las tropas de la
OTAN y la parte de las norteamericanas que han estado actuando bajo
mando separado; e incrementar para el próximo año las tropas
norteamericanas en unos 6 000 a 10 000 soldados. Las diferencias que
subsisten entre republicanos y demócratas van quedando más en el
plano de la retórica que de las acciones prácticas.
El creciente deterioro del comportamiento de la economía
norteamericana, ha convertido este tema en el principal motivo de
preocupación para la mayor parte de los electores norteamericanos.
Aunque la situación no ha sido bautizada formalmente como
recesión, la mayor parte de los analistas coinciden, sobre la base
de los datos oficiales disponibles, en que esta se ha materializado
a partir de los meses finales del 2007. (El término "recesión" es un
adjetivo aplicado tradicionalmente por el instituto privado de
investigación "National Bureau of Economic Research" para
identificar un periodo prolongado de contracción económica, que se
adjudica luego de que la situación se haya mantenido durante al
menos tres trimestres).
Durante el 2008 y hasta julio, según los datos oficiales del
Departamento de Trabajo, se habían perdido 463 000 puestos de
trabajo y el desempleo alcanzó el 5,7% para un total de 8,8 millones
de desempleados. Las nuevas cifras oficiales indican que en los
meses finales del 2007 la economía se contrajo en un 0,2%. En el
segundo trimestre del 2008 la economía creció en un 1,9%, pero si se
descuenta el 2,42% representado por el incremento del comercio
exterior debido al fortalecimiento del dólar, la cifra hubiera sido
negativa en más de 1%. Incidió también en este resultado el "paquete
de estímulo económico" aprobado por el Congreso a solicitud de la
administración que inyectó 152 millones de dólares en la economía en
los últimos tres meses. Las ganancias de las empresas se han visto
sensiblemente reducidas y los índices DOW de la Bolsa de Valores han
descendido sensiblemente, alcanzando el nivel del llamado "bear
market" (mercado del abrazo del oso), cuando hay más incentivo para
aferrarse a las acciones.
La gravedad de la crisis económica ha forzado a la administración
Bush a dejar a un lado el supuesto principio conservador sobre la no
intervención gubernamental en la actividad de las empresas privadas.
Por supuesto, la regla es aplicable para facilitar las ganancias de
las empresas, pero cuando estas entran en dificultades, entonces,
como dijera recientemente el secretario del Tesoro, Henry M. Paulson
"es mi obligación proteger la economía de Estados Unidos y de la
población norteamericana".
En marzo, la Junta de la Reserva Federal (Banco Central) empleó
29 000 millones de dólares para facilitar al banco J. P. Morgan
Chase la adquisición de la fallida firma de inversiones Bear Stearns.
En abril, se emplearon 75 000 millones para establecer un programa
de préstamos estudiantiles, ante la negativa del sector privado para
hacer frente a ese tipo de préstamos. En julio se dedicaron más de
100 000 millones de dólares para rescatar a las empresas privadas
con respaldo gubernamental, conocidas respectivamente como Freddie
Mac y Fanny Mae, las máximas instituciones del sector de los
préstamos para hipotecas de construcción de viviendas y
establecimientos privados. Adicionalmente se autorizó a la Federal
Housing Administration (Administración Federal de Viviendas) a
gastar 300 000 millones de dólares para ayudar a propietarios de
viviendas endeudados en sumas mayores al valor de mercado de sus
propiedades. En esos meses, la Junta de la Reserva Federal ha estado
aportando fondos para apuntalar al sistema bancario privado, que
para fines de julio se remontaba a la cifra de 167 000 millones de
dólares.
Si se suman las cifras de todos esos programas, tenemos una cifra
superior a 500 000 millones de dólares de fondos públicos que se
destinan a salvar al sistema de libre empresa, pilar de la economía
norteamericana. En realidad lo que evidencia es la irracionalidad de
la sociedad de consumo norteamericana.
¿Y que proponen Obama y McCain para resolver los problemas? Hasta
ahora promesas vagas, pero que cuando se han traducido en datos
concretos permiten a instituciones como The Tax Policy Center hacer
algunos cálculos sobre sus implicaciones y consecuencias.
En el caso de Obama, sus propuestas significarían incrementar
para el 2018 la deuda nacional en cinco millones de millones
(trillones, en el sistema norteamericano), mientras que las de
McCain representarían aumentarla en 3,4 millones de millones. Se
hacen las propuestas a pesar de la crítica situación económica de
Estados Unidos, y cuando la deuda oficial alcanza ya 9,6 millones de
millones de dólares.
La situación del presupuesto federal es también crítica. Se ha
anunciado que para el próximo año fiscal el déficit será de 482 000
millones de dólares (sin contar con los gastos de las guerras en
Iraq y Afganistán y las disminuciones previsibles económicas en los
ingresos programados para el presupuesto como consecuencia de la
recesión). Ningún candidato propone realmente soluciones para dar
estabilidad a los programas sociales, en especial la Seguridad
Social, Medicare (seguro médico para mayores de 65 años e impedidos
físicos) y Medicaid (atención médica a la población de bajos
ingresos). Estos programas consumen el 42% del presupuesto federal y
son hoy insuficientes e ineficientes. Les sigue el servicio de la
deuda oficial, que este año será de 250 000 millones.
The Tax Policy Center calcula que antes del año 2030, estos
cuatro epígrafes consumirán el 100% del presupuesto.
¿A dónde irán a parar el cambio y la esperanza?
* El autor es especialista en Relaciones Internacionales y fue
jefe de la Sección de Intereses de Cuba en EE.UU., de septiembre de
1977 a abril de 1989.