Elecciones en Estados Unidos…

La mezcolanza de la campaña

RAMÓN SÁNCHEZ-PARODI MONTOTO*

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define "mezcolanza" como "mezcla extraña y confusa, y algunas veces ridícula". En eso parece haberse convertido la campaña electoral de los candidatos Barack Obama y John McCain, al menos para un observador cubano.

Muchos analistas políticos norteamericanos subrayan que Barack Obama tiene en las encuestas solo estrechos márgenes de ventaja sobre John McCain, a pesar de que el conjunto de factores favorecen que en las elecciones de noviembre próximo, los demócratas obtengan el triunfo que los lleve a la Casa Blanca. Apuntan que a estas alturas Obama debería tener una ventaja superior a los diez puntos.

Una de las causas (bordeando cuidadosamente el factor étnico) la atribuyen a que Obama es un candidato "diferente" y sobre el cual muchos votantes albergan dudas sobre su experiencia y capacidad para ejercer la autoridad presidencial. La campaña de McCain orquesta incesantes ataques contra Obama caracterizándolo como elitista, superficial, oportunista, de posiciones cambiantes, inexperto y no confiable. A grupos demócratas preocupa que este tipo de campaña cale en el electorado y surta el mismo efecto negativo sobre el candidato demócrata que tuvieron campañas similares contra Albert Gore en el 2000 y contra John Kerry en el 2004.

Otra razón, Obama ha adoptado posiciones tradicionales que poco se diferencian de las de McCain, quien a su vez se aleja de las posiciones originales de la administración Bush, aproximándose a posiciones centristas. Este ambiente puede darle mayor efectividad a la propaganda con que McCain trata de convertir las elecciones en un certamen de personalidades y no de debate sobre políticas a seguir.

Para complicar el panorama, la administración Bush ha modificado su actuación en los últimos meses, introduciendo elementos de negociación en sus prácticas guerreristas. Como resultado, suaviza las contradicciones entre republicanos y demócratas.

Ejemplo, la decisión norteamericana de participar en las negociaciones con Irán sobre los programas de esa nación para el empleo de la energía nuclear con fines pacíficos. Esa posición lleva aparejado bajar el tono a las amenazas de ejecutar acciones militares contra la nación iraní.

En cuanto a Iraq, ha habido maniobras de la administración Bush que reducen el grado de diferencias con las posiciones asumidas por Obama. En particular, la declaración de una posible reducción de tropas en Iraq en los próximos meses (coincidiendo con la fecha de la campaña presidencial general) y, sobre todo, de incluir en los acuerdos que negocia con Iraq, una estipulación sobre la fecha de la retirada total de las tropas norteamericanas, "a ser determinada en el futuro". Se reconoce, además, un criterio clave para los propósitos norteamericanos de perpetuar su presencia militar en Iraq: cualquier retirada de tropas se produciría "de acuerdo con las condiciones sobre el terreno". Este concepto ha sido expresamente aceptado por Obama. Se difuminan las diferencias entre las posiciones de Bush y de Obama; las diferencias se reducen a lo que sucedió en el pasado.

La decisión de la administración de incrementar la presencia y acción de las tropas norteamericanas en Afganistán representa también una aproximación a los planteamientos hechos por Obama antes y después de su reciente gira por el exterior. En la práctica, el mensaje electoral de Obama llama a intensificar y ampliar la guerra norteamericana en Afganistán. Esta posición no se diferencia mucho del plan del secretario de Defensa, Robert Gates, para invertir 20 000 millones de dólares en esa guerra durante los próximos cinco años fiscales; unificar bajo mando norteamericano las tropas de la OTAN y la parte de las norteamericanas que han estado actuando bajo mando separado; e incrementar para el próximo año las tropas norteamericanas en unos 6 000 a 10 000 soldados. Las diferencias que subsisten entre republicanos y demócratas van quedando más en el plano de la retórica que de las acciones prácticas.

El creciente deterioro del comportamiento de la economía norteamericana, ha convertido este tema en el principal motivo de preocupación para la mayor parte de los electores norteamericanos.

Aunque la situación no ha sido bautizada formalmente como recesión, la mayor parte de los analistas coinciden, sobre la base de los datos oficiales disponibles, en que esta se ha materializado a partir de los meses finales del 2007. (El término "recesión" es un adjetivo aplicado tradicionalmente por el instituto privado de investigación "National Bureau of Economic Research" para identificar un periodo prolongado de contracción económica, que se adjudica luego de que la situación se haya mantenido durante al menos tres trimestres).

Durante el 2008 y hasta julio, según los datos oficiales del Departamento de Trabajo, se habían perdido 463 000 puestos de trabajo y el desempleo alcanzó el 5,7% para un total de 8,8 millones de desempleados. Las nuevas cifras oficiales indican que en los meses finales del 2007 la economía se contrajo en un 0,2%. En el segundo trimestre del 2008 la economía creció en un 1,9%, pero si se descuenta el 2,42% representado por el incremento del comercio exterior debido al fortalecimiento del dólar, la cifra hubiera sido negativa en más de 1%. Incidió también en este resultado el "paquete de estímulo económico" aprobado por el Congreso a solicitud de la administración que inyectó 152 millones de dólares en la economía en los últimos tres meses. Las ganancias de las empresas se han visto sensiblemente reducidas y los índices DOW de la Bolsa de Valores han descendido sensiblemente, alcanzando el nivel del llamado "bear market" (mercado del abrazo del oso), cuando hay más incentivo para aferrarse a las acciones.

La gravedad de la crisis económica ha forzado a la administración Bush a dejar a un lado el supuesto principio conservador sobre la no intervención gubernamental en la actividad de las empresas privadas. Por supuesto, la regla es aplicable para facilitar las ganancias de las empresas, pero cuando estas entran en dificultades, entonces, como dijera recientemente el secretario del Tesoro, Henry M. Paulson "es mi obligación proteger la economía de Estados Unidos y de la población norteamericana".

En marzo, la Junta de la Reserva Federal (Banco Central) empleó 29 000 millones de dólares para facilitar al banco J. P. Morgan Chase la adquisición de la fallida firma de inversiones Bear Stearns. En abril, se emplearon 75 000 millones para establecer un programa de préstamos estudiantiles, ante la negativa del sector privado para hacer frente a ese tipo de préstamos. En julio se dedicaron más de 100 000 millones de dólares para rescatar a las empresas privadas con respaldo gubernamental, conocidas respectivamente como Freddie Mac y Fanny Mae, las máximas instituciones del sector de los préstamos para hipotecas de construcción de viviendas y establecimientos privados. Adicionalmente se autorizó a la Federal Housing Administration (Administración Federal de Viviendas) a gastar 300 000 millones de dólares para ayudar a propietarios de viviendas endeudados en sumas mayores al valor de mercado de sus propiedades. En esos meses, la Junta de la Reserva Federal ha estado aportando fondos para apuntalar al sistema bancario privado, que para fines de julio se remontaba a la cifra de 167 000 millones de dólares.

Si se suman las cifras de todos esos programas, tenemos una cifra superior a 500 000 millones de dólares de fondos públicos que se destinan a salvar al sistema de libre empresa, pilar de la economía norteamericana. En realidad lo que evidencia es la irracionalidad de la sociedad de consumo norteamericana.

¿Y que proponen Obama y McCain para resolver los problemas? Hasta ahora promesas vagas, pero que cuando se han traducido en datos concretos permiten a instituciones como The Tax Policy Center hacer algunos cálculos sobre sus implicaciones y consecuencias.

En el caso de Obama, sus propuestas significarían incrementar para el 2018 la deuda nacional en cinco millones de millones (trillones, en el sistema norteamericano), mientras que las de McCain representarían aumentarla en 3,4 millones de millones. Se hacen las propuestas a pesar de la crítica situación económica de Estados Unidos, y cuando la deuda oficial alcanza ya 9,6 millones de millones de dólares.

La situación del presupuesto federal es también crítica. Se ha anunciado que para el próximo año fiscal el déficit será de 482 000 millones de dólares (sin contar con los gastos de las guerras en Iraq y Afganistán y las disminuciones previsibles económicas en los ingresos programados para el presupuesto como consecuencia de la recesión). Ningún candidato propone realmente soluciones para dar estabilidad a los programas sociales, en especial la Seguridad Social, Medicare (seguro médico para mayores de 65 años e impedidos físicos) y Medicaid (atención médica a la población de bajos ingresos). Estos programas consumen el 42% del presupuesto federal y son hoy insuficientes e ineficientes. Les sigue el servicio de la deuda oficial, que este año será de 250 000 millones.

The Tax Policy Center calcula que antes del año 2030, estos cuatro epígrafes consumirán el 100% del presupuesto.

¿A dónde irán a parar el cambio y la esperanza?

* El autor es especialista en Relaciones Internacionales y fue jefe de la Sección de Intereses de Cuba en EE.UU., de septiembre de 1977 a abril de 1989.

 

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