Hace
120 años, el 11 de agosto, murió en condiciones de extrema pobreza
el hombre que enriqueció a la humanidad con sus conocimientos y
saber: el sabio Álvaro Reynoso Valdés, quien todo lo gastó en
experimentos científicos, pagó de su peculio la impresión de libros
para regalar y dio días de gloria a su tierra natal.
Nacido el 4 de noviembre de 1829, en Alquízar, en el seno de una
familia donde su padre era un apasionado a la Botánica, Reynoso
inclinó definitivamente su vocación por esa ciencia y, desde joven,
se interesó por las investigaciones agrícolas, especialmente sobre
la caña de azúcar.
Con un Doctorado en Ciencias Físico-Químicas obtenido en la
Universidad de París, sus logros y aportes en el campo de la
Agronomía tuvieron una amplia repercusión nacional e internacional,
y apenas con 27 años era reconocido como un genio en toda Europa.
Fue laureado por la originalidad y el nivel científico de sus
trabajos, considerados por los entendidos de la materia como
"aportes a la Agronomía".
En 1862, a los 33 años de edad, Reynoso publicó su obra cumbre:
Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar. Este libro de
más de 500 páginas y traducido a varios idiomas, constituyó en su
época la investigación más completa en la agronomía de la caña.
Además, escribió acerca de otros cultivos como el arroz, tabaco,
café y maíz. Sin embargo, paradójicamente, los hallazgos del
eminente científico no fueron tenidos en cuenta en su país natal
hasta el Triunfo de la Revolución en 1959.
Él fue uno de los precursores de la diversificación
agroindustrial y del cuidado del medio ambiente. No por casualidad
el proceso de cambios y transformaciones en el sector azucarero
lleva el nombre de Tarea Álvaro Reynoso, la cual va dirigida
a la búsqueda de la diversificación y del grado de eficiencia que él
supo avizorar. En su honor nuestro país celebra el Día de la Caña de
Azúcar el 4 de noviembre.