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El hechizo que atrapa a los caberos
Liz Laura George, Ilen
González y Maite López
E s difícil conocer en tres
días la península de Guanahacabibes; sin embargo, para descubrir en
la mirada de los caberos el hechizo que los atrapa a esta tierra,
ese tiempo es más que suficiente.
El
faro Roncali es un símbolo de Guanahacabibes.
José de Castro recuerda que la miel, la lana, los cerdos, la
madera, el carbón... salían de la península por la costa, ni
siquiera había caminos que permitieran el paso. En ocasiones se
empleaban los bueyes y solo a finales del siglo XIX se colocaron
líneas para transportar pequeños vagones con carbón fuera del
territorio.
Joseíto, como le llaman, conoce esta zona de diente de perros
hacia el litoral y de bosques y pantanos en el interior, como si
tuviera un mapa en su mente.
"Para mí el Cabo era el mundo. Yo no conocía de leyes, ni de
presidentes. Cuando me dijeron ‘se armó una revolución’, pensé: ‘eso
debe ser igual que todo lo demás’."
Joseíto,
uno de los caberos veteranos de la península.
Sin embargo, participó junto al Capitán San Luis en la lucha
contra bandidos y colaboró en la captura de un cargamento de armas,
escondido en una playa cercana. Desde hace medio siglo, los cambios
de Guanahacabibes van aparejados a los de su vida.
"Aquí la gente vivía dispersa. Desde Manuel Lazo — unos 88
kilómetros — hasta el Cabo eran cuatro días andando. Íbamos por la
costa y cuando se llegaba a los farallones, entonces teníamos que
seguir por arriba de ellos. Dentro de la península, o te curabas
solo o te morías".
"Yo pasé por eso. Me corté con el hacha dos dedos de un pie y
tuve que salir caminando hasta el médico. Llegué a los cuatro días,
y eso fue porque conseguí una yegua a mitad de camino. Cuando vi al
doctor ya no lo necesitaba. Había perdido los dedos".
De Manuel Lazo hasta la puntica más occidental apenas había un
médico, una maestra y muchos criadores de cochinos.
Actualmente Joseíto vive en El Valle, una de las cinco
comunidades de la península, junto a El Vallecito, La Bajada,
Malpotón y La Jarreta. Pero viene a menudo al Cabo. Lo atrae el
deseo de visitar a su hijo y los encantos de esta tierra, de los que
no puede escapar.
VOLVER SOBRE LA RUTA DE LA CARRETERA
El desarrollo penetró en Guanahacabibes por los más intrincados
senderos. Uno de los cimientos de la prosperidad fue el terraplén de
56 kilómetros que en el año 1975 unió a La Bajada con el faro
Roncali. Este camino, aún no asfaltado en toda su extensión, abrió
nuevas perspectivas de comunicación para los pobladores. Y facilitó
la entrada de expediciones para estudiar los ecosistemas del
territorio.
En una pequeña estancia de contenedores, frente a la playa Los
Cayuelos, conversamos con trabajadores encargados de la construcción
de la carretera. Ninguno de ellos es de la zona. Permanecen aquí
durante 15 jornadas que alternan con 72 horas de permiso para
visitar a sus familias.
Estos hombres bajo el rigor de las extensas jornadas laborales,
se preocupan por el cuidado de las especies, que pudieran resultar
dañadas durante la construcción de la carretera al dinamitar el
diente de perro y desbrozar el monte.
La carretera resulta vital para ampliar el desarrollo turístico
de la península. Hoy dispone de tres instalaciones: la marina de Los
Morros, en la zona más noroccidental, que se prepara para atender el
tráfico naval más intenso de todo el país. Mientras, a solo tres
kilómetros de esta, bordeando la costa sur, está la villa Cabo de
San Antonio, en la playa Las Tumbas; y en Cabo Corrientes, el Centro
Internacional de Buceo María la Gorda.
"Estos proyectos van dirigidos hacia tres escenarios vitales: las
comunidades locales, las escuelas, así como a la Empresa Forestal y
al Turismo. De este modo podemos ofrecer un modelo armónico entre
los intereses del desarrollo y la preservación de la naturaleza".
Los arrecifes coralinos de los puntos de buceo de la península
son de los más conservados en el área del Caribe y probablemente de
los más diversos del país. Anualmente los visitan cerca de mil
buzos, pero en este sitio solo se pueden hacer 10 inmersiones
diarias.
POR LA RUTA DEL CARBÓN
La península de Guanahacabibes, nombrada por la UNESCO Reserva de
la Biosfera en el año 1987, posee más de 5000 plantas superiores en
su extensión de 1060 kilómetros cuadrados. Catorce de estas son
endémicas, y otras de gran valor económico como al cedro, la caoba y
el ébano.
Diego Suárez, director de la Empresa Forestal Guanahacabibes,
explica que el paso de los dos últimos ciclones, Iván y Wilma, entre
el 2004 y 2005, respectivamente, afectaron el 4,1% del volumen
maderable en la península.
Después de Iván se realizó un estudio del área protegida afectada
que era necesario talar para resguardar la nueva generación de
árboles. Entre el CITMA y la Empresa Forestal se ha creado un plan
conjunto para depurar los bosques quemados por el salitre y a la vez
aprovechar los troncos secos como carbón.
Cándido Servera es uno de los más de 700 trabajadores forestales
que laboran en la región después del paso de los huracanes. Levanta
hornos de carbón hace año y medio en este Parque Nacional, donde se
concentra la mayor reserva forestal del país.
En esta época del año a menudo llueve por las tardes. El proceso
del carbón, que dura 5 días, suele atrasarse. Cuando hablamos con
Cándido tenía tres piras levantadas de aproximadamente tres metros;
obtendría unos 400 sacos por cada una. Los primeros 250 se pagan a 2
pesos, después a tres cada uno.
POR LA RUTA DE LOS QUELONIOS
Entre las pequeñas ensenadas que tapizan la playa Caleta Larga se
divisan algunas casas de campaña. Tres muchachas muy jóvenes no
dejan de darse palmadas por la piel para ahuyentar los molestos
jejenes. Yudith Hernández, Wilma Ruiz y Lidisis Sosa son las
encargadas del monitoreo a las tortugas de la zona, por el Centro de
Investigación y Servicios Ambientales Ecovida, del CITMA.
En su primera noche ya vieron a uno de estos quelonios, aunque
todavía les quedan nueve madrugadas de vigilia. Tienen que estar muy
atentas y no acercarse demasiado cuando encuentren a las tortugas,
observarlas mientras hacen el primer hueco en la arena para
acomodarse, y luego un segundo hoyo más profundo, donde pondrán los
huevos.
Como estas muchachas, estudiantes universitarios visitan desde
hace 10 años las playas donde anidan los quelonios. Forman parte del
Proyecto Universitario de Conservación y Protección de las Tortugas.
El Centro de Investigaciones Marinas, la facultad de Biología de
la Universidad de La Habana y la Oficina para el Desarrollo Integral
de Guanahacabibes analizan el ciclo natural de comportamiento de
estas especies. El resultado del estudio demuestra que tienden a
desovar en la zona donde comienza la vegetación costera, rompiendo
la idea de que la anidación ocurría en las dunas.
Al Triunfo de la Revolución se fueron conformando las comunidades
que hoy existen dentro de la península, alejadas de la intricada
zona del Cabo, y no había condiciones para atenderlas; a esto se
suman los ciclones con preferencia por esta ruta que causan daños a
las viviendas. Hoy quedan muy pocas casas en el Cabo, pero quienes
llegan por aquí desarrollan de inmediato un sentido de pertenencia.
El Comandante del Ejército Rebelde Julio Camacho Aguilera,
director de la Oficina para el Desarrollo Integral de Guanahacabibes,
uno de sus mayores impulsores, sostiene que, una de las cosas más
importantes es creer en las posibilidades de la península. |