Para quienes han seguido la trayectoria de Zhang, el fastuoso
encendido de la llama resultó coherente con la estética del
cineasta, sobre todo la que se manifiesta en sus filmes Héroe
y La casa de las dagas voladoras.
La primera data del 2004 y marca en la carrera de Zhang la
renovación de la épica tradicional china y su apuesta por los
valores histriónicos del hasta entonces considerado únicamente como
"hombre de acción" y hoy día uno de los más cotizados actores
asiáticos, Jet Li.
En su momento la crítica no pudo obviar el inmediato antecedente
aportado por su compatriota Ang Lee con Tigre y dragón. Pero
como observó atinadamente el crítico español David Garrido,
"mientras la película de Lee contaba una historia lineal en la que
la forma y el fondo de lo que se narraba cobraban la misma
importancia, a Yimou le interesan más la estética y la indudable
belleza y fuerza visual de lo que está contando que la historia en
sí".
Dos años después, el director llevaría a límites insospechados su
poética con La maldición de la flor dorada, vista
recientemente en las pantallas cubanas.
Haciendo gala de auténtico preciosismo, la película nos remonta a
las intrigas de la China del siglo X, mediante un formidable
despliegue escenográfico de artes marciales, de secuencias épicas,
todo ello sazonado con imágenes donde el detalle mínimo muchas veces
decide la carga emocional de la entrega.
Zhang Yimou, sin embargo, no debutó en esas lides. Egresado de la
Academia de Cine de Beijing, en 1987 irrumpió con un filme que hizo
época, Sorgo rojo, un drama que al año siguiente obtuvo el
Oso de Oro en la Berlinale; y en 1990 y 1991 consiguió nominar La
semilla de crisantemo y La linterna roja al Mejor Filme
de Lengua No Inglesa en los Oscar. Con Qiu Ju, una mujer china se
alzó en 1992 con el muy apreciado León de Oro de Venecia, galardón
que repetiría en 1999 mediante Ni uno menos.
Su nombre está asociado a la fama de dos actrices, Gong Li,
protagonista de sus primeros filmes, y Zhang Ziyi.
Antes de lanzarse en la aventura olímpica, Zhang Yimou
protagonizó en 1998 otro hito memorable en la historia contemporánea
del espectáculo: la representación de la ópera Turandot, de
Giacomo Puccini, en el entorno de la Ciudad Prohibida de Beijing,
con la participación de 1 500 cantantes, coristas, bailarines y
figurantes, bajo la dirección musical del indio Zubin Mehta.
En aquella oportunidad dijo: "Todo el pueblo chino espera que
esta obra sea un éxito. Aunque es una obra occidental, yo soy chino,
pienso en chino y es una producción china". Lo mismo podría
aplicarse a su concepción de la inauguración olímpica, en tanto
imbricó la autenticidad de su cultura con un vuelo universal.