Dos
opciones están planteadas ante el referendo revocatorio que tendrá
lugar en Bolivia el próximo domingo 10 de agosto: de una parte, la
continuidad del proceso de cambios que se inició a partir de la
ascensión presidencial de Evo Morales hace más de dos años y medio;
de otra, la regresión a las políticas neoliberales fracasadas en el
pasado reciente pero que pretenden ser recicladas por los reductos
de la oligarquía local en contubernio con las transnacionales y el
poder imperial de Estados Unidos.
La primera halla su fundamento en la recuperación de los recursos
naturales, el alcance universal de la campaña de alfabetización, la
asistencia social a los ciudadanos de la tercera edad mediante la
implantación de la llamada Renta Dignidad, el significativo
incremento del área social de la economía productiva, la apertura de
nuevos hospitales y la notable ampliación de los servicios de salud,
la creación de fuentes de empleo y la promoción de justicia para los
pueblos originarios, por solo citar algunos hitos del Gobierno
encabezado por Evo.
Para hacer prosperar la opción contraria tendrían que responder
negativamente más del 53,74 % de los electores a la pregunta:
"¿Usted está de acuerdo con la continuidad del proceso de cambio
liderado por el presidente Evo Morales Ayma y el vicepresidente
Álvaro García Linera?", lo cual parece improbable, de acuerdo con
diversas encuestas que anticipan resultados favorables a la dupla
gubernamental en un orden que varía del 55 al 62%.
Además de ponderar los incuestionables logros socioeconómicos de
la última etapa, muchos bolivianos están conscientes, o al menos
intuyen, que la discontinuidad de la actual gestión implicaría la
agudización de la brecha entre los ricos y los pobres; la
restauración del dominio absoluto del capital privado; y la
desprotección de amplios sectores de la población que quedarían a
merced de las leyes ciegas del mercado.
Una fractura de tal naturaleza podría sumir al país en la
fragmentación y la ingobernabilidad, debido a la crisis de
credibilidad y liderazgo de los partidos políticos tradicionales y
al fundamentalismo descentralizador de la burguesía parapetada
detrás de ciertos poderes regionales, los llamados Comités Cívicos
que a imagen y semejanza del existente en Santa Cruz, más que
oposición, le han hecho la guerra a los movimientos sociales, a los
pueblos originarios y al Presidente boliviano.
Los medios que responden a la oligarquía reaccionan ante la
inminencia del escrutinio del domingo de manera diversa, aunque bajo
el común denominador de llevar a las audiencias mensajes
antigubernamentales. El pasado miércoles La Razón, diario de
circulación nacional, publicó un editorial firmado por William
Kushner donde admitía percibir "que la oposición no puede con el
referendo, que se escapa a gritos de la derrota", pero a la vez
introducía una nota de terror al sentenciar cómo se "ignoran las
consecuencias que los resultados, en cualquier caso, pueden traer
para la democracia y para el propio Gobierno".
Desde Santa Cruz, uno de los bastiones de las elites
conservadoras desde donde se pretende presentar la lucha de clases
bajo la falaz idea de un conflicto regional, uno de los
editorialistas del diario El Deber ese mismo día escribía: "Si el
Presidente fuera capaz de quedarse solo en su casa, con la ventana
abierta, el viento leve de la mañana incipiente y la mesa rebosante
de diarios. Si repasara cada título, cada texto, cada foto y supiera
que son como el espejo que inexorablemente devuelve la realidad. Si
pasara horas frente a ellos y tuviera la valentía interior de
comprenderlos —de comprenderse-— y de recapacitar. Si más tarde
pudiera someterse a la tortura de los videos que le van a mostrar
las imágenes duras de la TV y estallara en bronca contra sí mismo.
Si revisara los últimos años de su vida y admitiera que se equivocó,
que fue injusto, arbitrario, soberbio, ligero y caprichoso¼
". Toda una obra maestra de la insidia que paradójicamente se
convierte en prueba irrefutable del terrorismo mediático que se ha
cernido de forma contumaz y sistemática contra el mandato de la
mayoría que llevó a Evo a la primera magistratura en enero del 2006.
A todas estas no se puede obviar el papel injerencista de Estados
Unidos. Días atrás, en vísperas de reunirse con el Presidente
boliviano, Thomas Shannon, subsecretario de Estado de EE.UU. para
América Latina dijo: "Reconocemos que Morales es el político más
popular de Bolivia, pero no sabemos qué hacer para demostrarle que
no queremos que su Gobierno caiga". No pocos analistas pusieron en
duda esta afirmación y la consideraron una mera finta. De hecho un
día antes de que el embajador Philip Golberg se reincorporara a su
puesto en La Paz en julio pasado, funcionarios de la sede
diplomática se reunieron con el prefecto de Beni, Ernesto Suárez,
uno de los aliados de los "cívicos" cruceños. El mismo Golberg ha
sido una presencia constante en Santa Cruz, ciudad a la que viaja
con inusitada frecuencia.
Mientras, Washington ha puesto en entredicho la renovación de las
preferencias arancelarias a Bolivia en virtud de la lucha contra las
drogas —un programa conocido por las siglas ATPDEA— y que mantiene
desde hace dos años en suspenso el acceso del país sudamericano a
los 600 millones de dólares de los fondos de la denominada Cuenta
del Milenio, administrados por una corporación creada por el
gobierno norteamericano a tenor con un acuerdo de la Cumbre de
Monterrey sobre Financiamiento para el Desarrollo.
El referendo revocatorio también pondrá a prueba a los prefectos
departamentales, varios de ellos partidarios del restablecimiento
del modelo entreguista y neoliberal. Las encuestas conceden
posibilidades de ratificación de sus mandatos a los de Potosí,
Pando, Santa Cruz y Beni, y ponen en duda a los de Cochabamba, La
Paz, Tarija y Oruro.
En todo caso, el día después será decisivo para despejar el
futuro inmediato de un proceso que por primera vez en la historia
boliviana ha apostado por la plenitud soberana y la justicia social.