Para contribuir a solventar esa falta, el destacado combatiente,
quien también fuera preso político, Manuel Graña, pronto publicará
la obra Clandestinos en prisión, donde se pueden apreciar
muchos de los detalles que caracterizaron la vida en las prisiones,
particularmente en el Castillo del Príncipe y en el llamado Presidio
Modelo de la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud), entre otros
penales de la dictadura.
Muchos fueron los hechos represivos empleados contra los presos
políticos, como por ejemplo lo que ocurrió en el Castillo del
Principe el primero de agosto de 1958 y que se recuerda como La
Masacre del Príncipe.
En esa oportunidad, dentro de la mayor impunidad, fueron
asesinados los compañeros José Ponce Carrasco, Reinaldo Gutiérrez y
Roberto La Rosa, quienes cayeron abatidos a balazos conjuntamente
con más de 20 heridos en otra de las salvajadas del dictador
Batista, el mismo señor asesino, traidor, demagogo, taimado y
mentiroso, corrupto por excelencia, que hoy tratan de disfrazar de
bueno los cubano-americanos mafiosos de Miami.
Fue una bárbara represalia ante las contundentes victorias que a
inicios del segundo semestre de 1958 alcanzaban las fuerzas rebeldes
comandadas por Fidel en la Sierra Maestra, destrozando la cacareada
"ofensiva final" del ejército de la tiranía.
En La Habana de aquellos días, eran rutina diaria las detenciones
sin justificación, las falsas acusaciones, los interrogatorios por
medio de la fuerza, las torturas y los ultrajes, los asesinatos a
mansalva e indiscriminados. Se puede afirmar que prácticamente todos
los días aparecía un cadáver en cualquiera de las calles habaneras o
en algún solar yermo.
Además el gobierno perfeccionaba la represión, tratando de
frustrar el triunfo revolucionario. El Tribunal de la Sala de
Urgencia de La Habana facilitaba la rápida condena sin los
procedimientos legales.
Los reclusos políticos desarrollaron diferentes formas de
protesta, tales como ponerse brazaletes o corbatas negras en señal
de luto por sus hermanos caídos, o cuando cantaban el Himno Nacional
en sus traslados a los tribunales y ante los propios magistrados que
los juzgarían.
También constituyeron demostraciones de lucha las huelgas de
hambre, como la de julio de 1957, la cual solo fue interrumpida
después de 15 días a solicitud escrita del compañero Faustino Pérez,
que les decía en una de sus partes: "cesen de inmediato en la huelga
de alimentos. Cuba les necesita. Readquieran nuevas fuerzas. Hay que
volver a la pelea en todo el frente".
Por aquellos días los cuerpos represivos actuaban a su antojo; en
la mayoría de los casos en que un preso era liberado por falta de
pruebas o que obtenía la libertad provisional, era apresado de nuevo
en el propio Príncipe, arrancado de los brazos de sus familiares y
hasta de los abogados, y conducido otra vez a interrogatorios y
posibles torturas. Se daba el caso de pasar días y días sin conocer
su paradero, y también el de la desaparición definitiva.
Estas violaciones del derecho enardecieron la rebeldía y la
voluntad de los presos políticos, quienes en coordinación con los
abogados y diferentes organizaciones profesionales y cívicas, entre
las que se destacaban las Mujeres Martianas, pusieron en
conocimiento de los Tribunales estas tropelías, siendo infructuosas
todas las gestiones. En algunos casos los abogados comisionados para
elevar la protesta eran represaliados, como le ocurrió al doctor
Alfredo Yabur, detenido por el tenebroso Esteban Ventura.
En la mañana del 31 de julio amanecieron cerradas las 5 galeras o
dormitorios donde se hacinaban unos 400 prisioneros en calidad de
presos preventivos. El objetivo era trasladar, de forma solapada y
sorpresiva, a 36 de ellos hacia la sección de la cárcel donde se
encontraban los que ya habían sido juzgados y condenados, para
separar a la mayoría de los presuntos propulsores del movimiento de
protesta y, de esta manera, debilitar la unidad de los presos
políticos. Este hecho caldeó los ánimos y aumentó la rebeldía y
voluntad de lucha. Pero así y todo no se llegó a la violencia.
Otros hechos revelaban el aumento de la represión: A los 36
detenidos que venían guardando prisión en espera de ser juzgados —lo
que a veces se extendía por meses y meses—, pero que fueron
trasladados ilegalmente junto a los sancionados de la cárcel, se les
prohibió recibir a sus familiares, bajo las mismas normas que regían
en el Vivac para los que estaban pendientes de juicio. También se
produjeron diferentes altercados de las autoridades con los
familiares que esperaban afuera por la hora de la visita.
El viernes 1ro. de agosto fue limitado el horario de visita del
público, y pasadas las horas del mediodía, una autoridad del penal
comunicaba a un detenido que un familiar lo esperaba en la Oficina.
No había tal familiar; era el propio asesino Esteban Ventura quien
venía a someterlo a interrogatorio y probablemente a llevárselo.
De inmediato y por iniciativa de los compañeros de la cárcel, se
inició una protesta activa que rápida y decididamente fue secundada
por toda la población penal política, incluyendo también algunos
presos comunes solidarizados con nosotros.
Esta protesta se manifestó por medio de exclamaciones de repudio
al régimen, el canto del Himno Nacional, golpes en el suelo y en las
paredes y sacudidas violentas de las rejas. Se pensaba ilusamente
que estas demostraciones podrían atajar los instintos criminales de
los esbirros. Se pretendía lograr un estado de legalidad e impedir
que se siguiera deteniendo, ultrajando y desapareciendo a los presos
que salían en "libertad". Algunos de ellos solo pudieron obtener su
liberación al triunfo del 1ro. de enero de 1959.
Alrededor de 25 minutos luego de comenzada la protesta, después
de varios tiroteos desde el exterior, la guarnición asedió por medio
de las armas a los compañeros de la cárcel. Posteriormente, se
concentró en tratar de penetrar por la fuerza hasta el interior de
la sección del Vivac. A partir de ese momento se decidió resistir de
todas las formas posibles, generalizándose un verdadero y desigual
combate, pues se carecía de algún tipo de arma.
Las reclusos trataron de organizarse y defenderse a como diera
lugar y hacer uso en el enfrentamiento de lo que estuviese a su
alcance. Los dos principales frentes de resistencia y lucha fueron
situados en la zona conocida como los Cuatro Caminos o lugar del
pasillo donde convergían las entradas de 4 galeras y en la parte del
comedor. En estos puntos fueron muchos los compañeros que desafiaron
las balas con temeridad y decisión. Otro punto de resistencia se
desarrolló próximo a la entrada del pasillo central que conducía a
las galeras, donde se hizo una fogata y se pusieron algunos
obstáculos a manera de barrera.
Fueron improvisadas barricadas con bancos, mesas, libros y otros
objetos que apenas protegían. Con los tubos que se quitaron de las
patas de las literas se rompió parte de los muros del patio, y los
pedazos que se arrancaron se utilizaron como proyectiles, al igual
que los propios tubos y botellas, pomos y cuantas cosas de cualquier
tipo se pudieran utilizar. A la vez, y utilizando alcohol extraído
de la enfermería, se provocaron incendios con lonas, colchonetas y
otros materiales que sirvieron para avivar el fuego. Esta acción
motivó que el tiroteo amainara por unos momentos.
Pero, el ataque de las fuerzas represivas se reanudó de inmediato
y penetraron violentamente tras la lluvia de plomo que los amparaba.
Hacían su aparición el Jefe de la Policía, Pilar García, su hijo
Irenaldo García, segundo jefe del SIM, los tristemente célebres
Conrado Carratalá, Esteban Ventura, Martín Pérez y otros oficiales,
acompañados por una inmensa jauría de sus genízaros.
Después de cientos de disparos a mansalva y como lobos
hambrientos de sangre, se adentraron por los pasillos hasta llegar a
las literas de las galeras, disparando a uno y otro lado por puro
capricho, convirtiendo aquel recinto en un infierno, debido a la
intensidad de los disparos. Los estimulaba el conocimiento de que
los presos estábamos totalmente desarmados.
Ametrallaron, con más de 15 disparos de M-2, al preso de 19 años
Reynaldo Gutiérrez Otaño, de familia humilde, quien durante un
tiempo había vivido en el insalubre y hoy desaparecido barrio de Las
Yaguas; a los pocos segundos, igualmente acribillado, caía asesinado
Vicente Ponce Carrasco, joven de 25 años que impartía diariamente
clases de gramática entre sus compañeros. Un chorro de tiros a boca
de jarro arrojaba desplomado sobre su propia litera el cuerpo del
obrero Roberto de la Rosa Valdés, de 39 años, que dejaba huérfanos a
3 niños. Roberto, desde muy jovencito, tuvo que trabajar para
ganarse la vida y ayudar a su familia. Fue precisamente en el
Príncipe donde asistió por primera vez a una escuela, la fundada por
sus compañeros con el nombre de Frank País.
Junto a los asesinados las balas homicidas herían a varios presos
más, algunos de ellos de gravedad. En tan diabólica competencia para
segar vidas humanas, se destacó un cabo del SIM que disparó él solo
más de 100 tiros de ametralladora dentro de la galera No.1, donde se
encontraban unos 70 compañeros.
Concluida la matanza forzaron a los revolucionarios a
concentrarse en el reducido llamado patio político. Allí se les
humilló en todas las formas, de acción y de palabra.
En contraste con la infamia de la información distorsionada del
gobierno, el pueblo conoció la verdad de los hechos a través de
diferentes medios de propaganda revolucionaria, incluyendo a Radio
Rebelde, que durante dos días se refirió a estos hechos, y que, en
su transmisión del 8 de agosto, leyó un editorial del cual
entresacamos algunos fragmentos: "La tiranía ha cometido un nuevo
acto de barbarie, que supera su propio récord de crímenes,
ametrallar colectivamente a los presos políticos del Castillo del
Príncipe. (¼ ) Una tiranía empapada de
sangre, da sus estertores de muerte como la hiena herida sus
zarpazos más grandes. Impotente ante el Ejército Rebelde, sacia su
derrota con el terror colectivo.
"Así asesinan Batista y sus esbirros, mientras que aquí en la
Sierra Maestra, 420 prisioneros militares son tratados con todo el
respeto que merecen, e inspiran nuestros sentimientos
revolucionarios de hacer una guerra necesaria contra la tiranía,
pero sin odio ni rencores".
La sangre vertida durante la trágica jornada del 1ro. de agosto
de 1958, que arrancó la vida de tres compañeros, fue también en sí
misma una página de gloria y heroísmo, que abonó la preciosa
historia de lucha de nuestro pueblo, que acrecentó la formación
revolucionaria de los prisioneros. A partir de ese momento todos se
sintieron más unidos, independientemente de la organización
revolucionaria en la que militaran.
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