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Blas Roca: virtud y ejemplo
Jorge Risquet Valdés
Dos
páginas resultan un espacio reducido para exponer las singulares
virtudes, las diferentes facetas de la rica personalidad y la
inmensa contribución a la causa de la Revolución Cubana de Blas Roca
Calderío, cuyo centenario conmemoramos este 24 de julio.
Un libro brinda más posibilidades. Ellas han sido magníficamente
aprovechadas por el Doctor Lucilo Batlle, quien ha escrito dos
obras, la primera sobre el pensamiento filosófico-social y político
de Blas, Continuador de la obra de Baliño y Mella y la
segunda, que ve la luz en el día del Centenario en su Manzanillo
natal, con el título de Virtud y Ejemplo.
En el prólogo que escribí para este libro, expuse numerosos
ejemplos tomados de la treintena de testimonios que contiene, desde
los referidos al niño y al adolescente Paquito, hasta el profundo y
sentido discurso pronunciado por Fidel en el acto de despedida del
duelo de Blas Roca, en la Plaza de la Revolución, el 26 de abril de
1987.
Algunos relatos, como los de sus hermanos Esperanza y Rubén,
recuerdan la niñez de Paquito, el mayor de los 9 hijos de Francisco
Antúnez y Josefa Calderío. La prole creció en un humilde y digno
hogar de Manzanillo.
Manzanillo, ciudad y región legendarias, en cuyo entorno Céspedes
organizó el campanazo de La Demajagua; en cuyos círculos obreros
Martinillo difundió con tanta fuerza las ideas precursoras del
socialismo que atrajo la atención del otro gran divulgador de la
doctrina de Marx y Engels, Baliño, el cubano de oro que elogiara
Martí; en uno de cuyos ingenios azucareros, Mabay, se creó el Primer
Soviet de América; de cuyas urnas electorales, por el voto
mayoritario del pueblo, surgió el primer alcalde comunista de Cuba.
El territorio en cuyas costas desembarcaron los expedicionarios del
Granma. Para recomenzar la guerra iniciada en 1968.
Los testimonios acerca de su infancia y juventud manzanilleras,
nos permiten descubrir el milagro de que un obrero zapatero de un
escenario tan lejano de la capital del país, haya podido
convertirse, apenas cumplido su primer cuarto siglo de vida, en el
Secretario General del Partido Comunista de Cuba.
Paquito Calderío era un lector voraz, como su padre y su abuelo.
En la modesta casa, había un librero. Los Miserables, de
Víctor Hugo, fue una de las obras de la literatura universal
devorada en la adolescencia. Cuando se inicia en la lucha, busca en
la lectura el conocimiento necesario. La estancia en las cárceles de
la tiranía —Santiago, Guantánamo, La Habana— es aprovechada para la
superación. El ABC del Comunismo, de Bujarin, y El Estado
y la Revolución, de Lenin, son obras básicas que el joven
comunista lee, estudia, reflexiona, asimila.
Es conocido el hecho de que Rubén Martínez Villena, artífice de
la primera huelga general antimachadista de 1930, líder indiscutido
del Partido a su regreso de Moscú, donde se nutrió de las hazañas de
la naciente Unión Soviética pero donde empeoró la lesión de sus
dañados pulmones, no quiso aceptar el cargo de Secretario General.
Ese cargo correspondía a un obrero, no a un intelectual, consideraba
el líder de la Protesta de los Trece. Rubén es el autor o coautor de
la selección de Blas Roca para encabezar la dirección del pequeño y
aguerrido destacamento comunista.
El zapatero Francisco Calderío, dirigente del Sindicato de
Zapateros, Secretario General de la Federación Regional Obrera de
Manzanillo, Secretario del Partido Comunista en un espacio oriental
que incluía a Santiago de Cuba, llegó a La Habana, con el seudónimo
de Julio Martínez.
Villena le comentó: "Julio es el nombre de Mella —el gran héroe
caído en México— y que yo uso actualmente como sobrenombre de
guerra, y Martínez es mi verdadero apellido".
El "camarada Martínez" decidió cambiar el falso nombre y adoptar
el breve y duro de Blas Roca así como también el de Marcos Díaz para
firmar artículos en la prensa clandestina o semilegal de entonces.
En aquel verano de 1933, que culminó con el derrocamiento del
tirano el 12 de agosto, en las reuniones de la Dirección del Partido
Comunista en que Rubén participaba, lo hacía acostado en un diván:
tenía los pulmones destrozados.
EI 16 de enero de 1934, al día siguiente de la caída del gobierno
Grau-Guiteras, decretada por Summer Welles desde la embajada yanki
que ya había promovido a coronel a Fulgencio Batista como su
preferido instrumento, moría Rubén en el sanatorio de tuberculosos,
llamado, ironía repugnante, La Esperanza.
La última conversación de Villena, horas antes de su muerte, fue
con Juan Marinello, que coyunturalmente era dirigente del Sindicato
de Maestros, y versó acerca de su participación en el IV Congreso de
Unidad de la Confederación Nacional Obrera de Cuba. En este magno
evento sindical, el mayor y más representativo de cuantos se habían
celebrado en Cuba hasta entonces, 3 000 delegados de todo el país,
hablaría por vez primera en la capital y ante un auditorio nacional,
el Secretario General del Partido Comunista, Blas Roca.
Los testimonios de los compañeros que lo conocieron entonces,
entre ellos, Fabio Grobart en 1930, ambos encarcelados en el
Castillo del Príncipe; Secundino Guerra, Gaspar Jorge García Galló,
Ángel Augier, en el periodo 1933-35, aportan vivencias de esos años,
en que la Revolución del 33 "se fue a bolina".
Mella, Villena, Guiteras y Pablo de la Torriente, ejemplos de
aquella generación de la "década crítica" que no quiso "implorar de
hinojos la Patria que los padres nos ganaron de pie" abonaron con su
sacrificio la simiente de la futura Revolución.
Participantes destacados de esta época y figuras cimeras de la
intelectualidad revolucionaria, los recuerdos de Juan Marinello y
Carlos Rafael Rodríguez constituyen un aporte singular: ¡cuánta
admiración, respeto, amor expresan hacia el obrero zapatero de
Manzanillo! Carlos ofrece en la Universidad de La Habana lo que ha
dado en llamarse una conferencia magistral sobre la cultura jurídica
de Blas.
Lionel Soto y Raúl Valdés Vivó, dirigentes comunistas de una
generación posterior —mi generación, los que aprendimos a andar en
los años de la gran crisis económica capitalista mundial— aportan
una visión desde un ángulo deslumbrante, lo que sintieron al
conocerlo y, desde muy jóvenes, al robustecer su ideología bajo su
magisterio.
Muchos testimonios ponen de relieve el rol de Blas como guía del
destacamento revolucionario de los trabajadores, donde surgieron
líderes de la inmensa talla de José María, Aracelio, Menéndez y
Lázaro.
¡Cuánto los quería Blas!
Logró contener las lágrimas que le asomaron a sus ojos cuando un
capitán del ejército asesinó a Jesús Menéndez.
Fue en Manzanillo el crimen, su Manzanillo, pobre Manzanillo,
como me diría Navarro Luna, letrado acusador junto a Carlos Rafael
del asesino capitán Casillas, remedando al poeta español Antonio
Machado en sus versos de Réquiem acusatorio por la muerte de
García Lorca.
No se podía dar rienda suelta al llanto, había que organizar la
denuncia y la gran manifestación popular que estremecería al país.
En el mismo año 1948, un traicionero balazo por la espalda, en el
local del combativo sindicato, ultimó a Aracelio, a quien el
imperialismo instigador del crimen odiaba y calificaba como el Zar
Rojo del puerto de La Habana.
Otro de sus hijos, José María Pérez, fue uno de los desaparecidos
de aquel diciembre del desembarco del Granma y las Pascuas
Sangrientas. Oscar Fernández Padilla y yo estábamos en aquella misma
lista de desaparecidos, que todos los partidos de la oposición
burguesa a la tiranía denunciaron ante el Tribunal Supremo con gran
repercusión en la prensa nacional de entonces.
La mayoría de ese listado de desaparecidos, reaparecimos.
Estábamos presos, torturados, aislados, pero íntegros ante los
esbirros y sobrevivientes. La resistencia alargó nuestro cautiverio.
Ese tiempo dio margen a la denuncia que hizo vacilar a los verdugos.
Mas, José María Pérez desapareció para siempre.
En marzo de 1958, Paquito Rosales fue apresado por los cuerpos
represivos de la tiranía en Guantánamo, sometido a horrendas
torturas sin proferir una sola palabra delatora, asesinado y
desaparecido.
Paquito Rosales era para Paquito Calderío su coterráneo más
cercano y querido. Juntos lucharon en el movimiento sindical, juntos
ingresaron en el Partido Comunista en Manzanillo. Rosales fue el
primer alcalde comunista de Cuba, electo en 1940, modelo nacional de
honradez administrativa: en una pizarra en la pared exterior del
ayuntamiento manzanillero, se anotaban diariamente los ingresos y
egresos de los fondos municipales. De alcalde ascendió a
representante a la Cámara por la provincia oriental. Cuando el
Partido pasó a la clandestinidad, Paquito fue uno de sus principales
dirigentes en Oriente.
Solo después del triunfo de la Revolución pudo encontrarse el
lugar donde los esbirros habían enterrado el cadáver y rescatar los
restos del ejemplar luchador, Río Frío, cerca de la ciudad de
Guantánamo.
Así perdió Blas a algunos de sus verdaderos hijos: Jesús,
Aracelio, José María, Paquito.
Cuando murió Lázaro Peña, tal vez el más querido de sus hijos,
amor forjado a lo largo de varias décadas de lucha, Blas no pudo
aguantar las lágrimas, dejó que brotaran como líquida ofrenda al ser
entrañable que moría sin desaparecer. Quedaría grabado en el corazón
de millones de trabajadores cubanos para devenir símbolo, Capitán de
la clase obrera muerto en campaña.
Conmueve el relato de Justina Álvarez, quien trabajó directamente
junto a Blas por más de cuatro décadas. No le dio hijos sino un amor
creciente que se hizo íntimo y lo acompañó con devoción hasta su
último aliento y aún hoy está omnipresente en la casi centenaria
existencia de la viuda del primer Presidente de la Asamblea Nacional
del Poder Popular.
El recién fallecido historiador José Cantón Navarro refirió, como
testigo ocasional, la exposición de Blas Roca sobre el porqué del
apoyo del Partido a la candidatura presidencial de Batista en 1940.
Este es un punto muy polémico
Sentí mucha satisfacción cuando trabajé por la candidatura de "Marinello
presidente, Lázaro Peña vice", en 1948. Para sorpresa y alegría
mías, en la zona de Río Feo, provincia de Pinar del Río, que como
cuadro político visitaba dos veces al mes, esta candidatura, la
mejor del medio siglo republicano, resultó triunfadora. ¿No habría
sido esa fórmula la mejor en 1940?
Otro punto polémico en la historia del Primer Partido Comunista,
las relaciones con el líder revolucionario Antonio Guiteras, queda
perfectamente aclarado en el artículo inédito de Blas La verdad
que aparece en el libro.
Algunos de nuestros poetas mayores expresaron en versos su afecto
y cariño por Blas en ocasión de su 70 cumpleaños. Los poemas de
Nicolás Guillén, el Indio Naborí, Enrique Núñez Rodríguez, entre
otros, están entre los textos que contiene la obra.
La dimensión de la figura de Blas, su aporte histórico a la
Revolución cubana en sus seis décadas de actividad política, su
modestia, su bondad, son expuestas con la justeza, profundidad y
brillantez características por el Comandante en Jefe en tres
ocasiones memorables: el cincuenta aniversario de la fundación del
Partido Comunista (1975), el setenta cumpleaños de Blas (1978) y la
despedida de duelo, 26 de abril de 1987.
"Es uno de los hombres más nobles, más humanos y más generosos
que hemos conocido jamás", ha expresado Fidel en más de una ocasión.
El libro también contiene dos discursos de Raúl en que rinde
merecido homenaje a Blas. El primero lo pronuncia en el acto por el
aniversario sesenta del Partido Comunista (1985) y el segundo en el
septuagésimo onomástico de su entrañable camarada de lucha y maestro
de generaciones revolucionarias, ocasión en que es condecorado con
la Orden Nacional Playa Girón y la Medalla Conmemorativa XX
Aniversario de las FAR.
Del Che se reproduce una tan breve como profunda valoración, en
mayo de 1963, donde destaca su aporte a la construcción de la unidad
de las fuerzas revolucionarias.
La ofrenda de las federadas en la séptima década de vida de Blas
es ofrecida por Vilma Espín, en bellas y emotivas palabras de
reconocimiento, encanto y admiración, sentimiento que inspira el
veterano luchador en la mujer cubana.
Si se me pidiera seleccionar cuál es el hecho, el momento más
grandioso de una existencia tan rica, diría: cuando Blas puso en
manos de Fidel la bandera del Partido de Baliño y Mella que Rubén le
entregara en 1933, lo cual se hizo el 24 de junio de 1961,
transcurrido poco más de dos meses de la Declaración del carácter
Socialista de la Revolución, en un pleno Nacional del Partido
convocado con el único objetivo de acordar su disolución. En esa
decisión se aprecia muy bien la concepción unitaria de Blas, quien
planteó que en aquel momento la unidad no podía estar basada en el
respaldo del partido al proceso revolucionario ni en la
incorporación de Fidel a sus filas, sino en la aceptación del
liderazgo de este.
Si tuviera que escoger cuál es el más conmovedor de los numerosos
relatos que se narran en ese libro, me decidiría por el de Fabián
González, un oficial del MININT, el último de sus escoltas:
"En muchas ocasiones él me había manifestado que yo era para él
como su hijo y recuerdo que el día antes de morir él me llamó y me
apretó la mano y me preguntó si yo no tenía ninguna objeción en que
él me considerara su hijo y le dije que no, que él para mí siempre
había sido como un padre y me apretó más la mano y me dijo
‘gracias’."
Ese es el querido y entrañable Blas Roca. |