Cuando se habla de corrupción política en Estados Unidos la
ciudad de Miami es la que viene a la mente de todos. Hoy a Miami se
le tiene como al Chicago de la época de Al Capone en los años
treinta, o para ser más ilustrativos, se le percibe, cuando se va
más allá de La Florida, como antes se veía la Pequeña Italia de New
York, cuando las cinco familias de la Mafia italiana se repartían
los negocios ilegales de la Babel de Hierro, sobornando a políticos
inescrupulosos que estaban a su servicio.
En Miami cuesta trabajo encontrar un político a quien se le pueda
considerar un hombre honrado. Entre los llamados "lobistas" o
cabilderos y los funcionarios públicos electos, es raro encontrar a
uno de ellos en quien confiar y garantizar su honestidad, porque el
sistema se ha corrompido tanto, que los hombres y mujeres que gozan
del respeto de la comunidad por su conducta elevada, raramente están
en disposición de saltar a la vida pública aspirando a cargos
electivos, ya sean de alcaldes o Comisionados de las distintas
ciudades que integran el populoso Condado Miami-Dade.
Si se le pregunta a un empresario local, o a cualquier dirigente
cívico de la comunidad preocupado por la situación política de Miami
plagada de corrupción rampante y malos manejos de la cosa pública,
si estaría en disposición de saltar a la vida política para tratar
de poner remedio a la situación, la respuesta será negativa, como ha
sucedido siempre en la mayoría de los casos.
¿Para qué? ¿Acaso para que le suceda lo que al empresario
norteamericano Norman Braman que por oponerse a la pretensión de los
políticos profesionales del Gran Miami, interesados en que se
apruebe un proyecto escandaloso con tufo de negocio sucio de 3 000
millones de dólares, lo que se ha ganado, en lugar del
reconocimiento ciudadano, ha sido toda una campaña de difamación
contra su persona?
El ejemplo de Norman Braman es más que elocuente. Por pretender
salvar a la ciudad de otro escandaloso negocio inmoral, que bien
caro le va a costar a los miamenses, lo que ha ganado el señor
Braman es que lo llenen de insultos e improperios. Luego que no se
queje nadie cuando se diga que Miami es una ciudad podrida. Huele
mal. Tan mal como el olor de una cloaca. ¡Fo! ¡Qué peste!