Cinco
años y medio más tarde, el primero de enero de 1959, desde la ciudad
de Palma Soriano, rodeada ya Santiago de Cuba y los 5 000 hombres de
su guarnición por nuestras fuerzas, lanzamos la consigna de huelga
general revolucionaria a los trabajadores. El país entero se paró de
modo absoluto pese al control gubernamental del aparato oficial del
movimiento obrero, y en horas de la tarde las vanguardias rebeldes
ocupaban el Moncada sin disparar un tiro (APLAUSOS). El enemigo
estaba vencido. En 48 horas todas las instalaciones militares del
país fueron dominadas por nuestras tropas, el pueblo ocupó las
armas, y el golpe militar en la capital, instigado por la embajada
yanki, con que pensaban escamotear el triunfo, quedó deshecho. Los
asesinos aterrorizados vieron surgir de los cadáveres heroicos de
los hombres asesinados en el Moncada el espectro victorioso de sus
ideas (APLAUSOS). Era la misma consigna de huelga general que
pensábamos lanzar el 26 de Julio de 1953, después de tomada la
ciudad de Santiago de Cuba. Es cierto que esta vez ya en posesión
del poder revolucionario, fue que procedimos a aplicar el programa
del Moncada, pero la concepción de que la lucha misma forjaría en
las masas la conciencia política superior que nos llevaría a una
revolución socialista, ha demostrado en las condiciones de nuestra
patria su absoluta justeza.
Las leyes revolucionarias enfrentaron a los explotadores y
explotados en todos los terrenos. Latifundistas, capitalistas,
terratenientes, banqueros, grandes comerciantes, burgueses y
oligarcas de todo tipo y su incontable cohorte de servidores,
reaccionaron inmediatamente contra el poder revolucionario en
contubernio con el imperialismo, privilegiado propietario en Cuba de
grandes extensiones de tierra, minas, centrales azucareros, bancos,
servicios públicos, casas comerciales, fábricas, amo y señor de
nuestra economía, que ya no tenía un ejército a su servicio.
Comenzaron entonces las conjuras, los sabotajes, las grandes
campañas de prensa, las amenazas exteriores.
Pero el pueblo no había recibido solo los beneficios de las leyes
revolucionarias. Había conquistado ante todo y por primera vez en la
historia de nuestra patria, el sentido pleno de su propia dignidad,
la conciencia de su poder y de su inmensa energía.