Las
primeras leyes revolucionarias se decretarían tan pronto estuviera
en nuestro poder la ciudad de Santiago de Cuba, y serían divulgadas
por todos los medios. Se llamaría al pueblo a luchar contra Batista
y a la realización concreta de aquellos objetivos. Se convocaría a
los obreros de todo el país a una huelga general revolucionaria por
encima de los sindicatos amarillos y los líderes vendidos al
gobierno. La táctica de guerra se ajustaría al desarrollo de los
acontecimientos. Caso de no poder sostenerse la ciudad con 1 000
armas que debíamos ocupar al enemigo en Santiago de Cuba,
iniciaríamos la lucha guerrillera en la Sierra Maestra.
Lo más difícil del Moncada no era atacarlo y tomarlo, sino el
gigantesco esfuerzo de organización, preparación, adquisición de
recursos y movilización, en plena clandestinidad, partiendo
virtualmente de cero. Con infinita amargura vimos frustrarse
nuestros esfuerzos en el minuto culminante y sencillo de tomar el
cuartel. Factores absolutamente accidentales desarticularon la
acción. La guerra nos enseñó después a tomar cuarteles y ciudades.
Pero si con la experiencia que adquirimos en ella se hubiese
planteado de nuevo la misma acción, con los mismos medios y los
mismos hombres, no habríamos variado en lo esencial el plan de
ataque. Sin los accidentes fortuitos que infortunadamente
ocurrieron, lo habríamos tomado. Con una mayor experiencia operativa
lo habríamos podido tomar por encima de cualquier factor accidental.
Lo más admirable de aquellos hombres que participaron en la
operación, es que habiendo entrado en combate por primera vez,
arremetieron con tremenda fuerza los objetivos que tenían delante,
creyendo que se hallaban ya dentro de las fortificaciones, cuya
configuración exacta ignoraban. Pero la lucha se había entablado por
desgracia en las afueras de la fortaleza. Con aquel ímpetu con que
descendieron de sus carros, ninguna tropa desprevenida los habría
podido resistir.
Pero la estrategia política, militar y revolucionaria, concebida
a raíz del Moncada, fue en esencia la misma que se aplicó cuando
tres años más tarde desembarcamos en el Granma y ella nos condujo a
la victoria (APLAUSOS). Aplicando un método de guerra ajustado al
terreno, a los medios propios y a la superioridad técnica y numérica
del enemigo, los derrotamos en 25 meses de guerra, no sin sufrir
inicialmente el durísimo revés de la Alegría de Pío, que redujo
nuestra fuerza a siete hombres armados, con los que reiniciamos la
lucha. Este increíblemente reducido número de efectivos con que nos
vimos obligados a seguir adelante, demuestra hasta qué punto la
concepción revolucionaria del 26 de Julio de 1953 era correcta.