También Tato era buscado por las fuerzas represivas desde que
supieron que estaba en Cuba.
Para Pedro Martínez Brito ("Pájaro loco") y José Rodríguez Vedo
("Tato"), estudiantes miembros del Directorio Revolucionario, la
tarea principal consistía en descabezar a la tiranía de Batista. No
obstante su juventud (23 y 19 años, respectivamente), acumulaban una
rica hoja de servicios como combatientes en la clandestinidad y
preferían morir como héroes antes que vivir bajo aquel régimen
opresivo.
José
Rodríguez Vedo.
Pedro sobresalía como estudiante del Instituto de Segunda
Enseñanza en Ciego de Ávila. De carácter afable, alegre, dinámico y
rebelde ante la injusticia, estaba siempre en la vanguardia
estudiantil. Fue dirigente de la Federación Estudiantil
Universitaria y uno de los asaltantes a Radio Reloj.
"Tato" era chispeante, generoso y buen amigo. Sus energías e
inteligencia las puso a disposición de la lucha revolucionaria como
soldado de primera fila, y participó, en su natal Camagüey, en la
Huelga del 9 de Abril.
La imprudencia de un compañero de ambos, detenido por los
sicarios cuando portaba varias direcciones escritas en una caja de
fósforos, posibilitó el acoso a los combatientes clandestinos. El 10
de julio de 1958 fueron sorprendidos por los esbirros; ese día se
refugiaban en el tercer piso de un edificio de la calle B, en el
Vedado. Al llegar las fuerzas represivas se ven obligados a saltar a
las azoteas vecinas para intentar salir con vida del cerco enemigo.
"Tato" es descubierto, y cae a un pasillo con las dos piernas
fracturadas y desgarraduras en el cuerpo. Lo arrastran hasta la
calle y lo acribillan a balazos.
Pedro logra alcanzar una azotea y salir a la calle, pero dan con
él cuando trataba de orientarse. Lo torturaron, pero de sus labios
no salió una sola palabra. Tanta firmeza y rebeldía enfureció a sus
captores y también lo asesinaron.
Los cuerpos sin vida de los dos revolucionarios fueron tirados en
el interior de un automóvil.
Las muertes de Pedro Martínez Brito y José Rodríguez Vedo
demostraron una vez más cuánto terror fue capaz de sembrar la
tiranía batistiana en su afán de aplastar la acción revolucionaria
de los mejores hijos del pueblo.