El Moncada nos enseñó a convertir los reveses en
victorias (2)El discurso pronunciado
por el Comandante en Jefe Fidel Castro el 26 de julio de 1973 en
ocasión del XX Aniversario del asalto al Moncada, constituyó una
lección de historia y un llamado de alerta sobre los graves
problemas que acecharían a la humanidad. Por el conocimiento
histórico y político que aporta, Granma lo reproduce por partes en
homenaje al aniversario 55 de la gesta
Los
hombres que llevábamos en nuestras almas un sueño revolucionario y
ningún propósito de resignarnos a los factores adversos, no teníamos
un arma, un centavo, un aparato político y militar, un renombre
público, una ascendencia popular. Cada uno de nosotros, los que
después organizamos el movimiento que asumió la responsabilidad de
atacar el cuartel Moncada e iniciar la lucha armada, en los primeros
meses que sucedieron al golpe de Estado, esperaba que las fuerzas
oposicionistas se unieran todas en una acción común para combatir a
Batista. En esa lucha estábamos dispuestos a participar como simples
soldados, aunque solo fuese por los objetivos limitados de restaurar
el régimen de derecho barrido por el 10 de marzo.
Los primeros esfuerzos organizativos del núcleo inicial de
nuestro movimiento se concretaron a crear e instruir los primeros
grupos de combate, con la idea de participar en la lucha común con
todas las demás fuerzas oposicionistas, sin ninguna pretensión de
encabezar o dirigir esa lucha. Como humildes soldados de fila
tocábamos a las puertas de los dirigentes políticos ofreciendo la
cooperación modesta de nuestros esfuerzos y de nuestras vidas y
exhortándolos a luchar. Por aquel entonces, aparentemente, los
hombres públicos y los partidos políticos de oposición se proponían
dar la batalla. Ellos tenían los medios económicos, las relaciones,
la ascendencia y los recursos para emprender la tarea de los cuales
nosotros carecíamos por completo. Dedicados febrilmente al trabajo
revolucionario, un grupo de cuadros, que constituyó después la
dirección política y militar del movimiento, nos consagramos a la
tarea de reclutar, organizar y entrenar a los combatientes. Fue al
cabo de un año de intenso trabajo en la clandestinidad, cuando
arribamos a la convicción más absoluta de que los partidos políticos
y los hombres públicos de entonces engañaban miserablemente al
pueblo. Enfrascados en todo tipo de disputas y querellas intestinas
y ambiciones personales de mando, no poseían la voluntad ni la
decisión necesarias para luchar ni estaban en condiciones de llevar
adelante el derrocamiento de Batista. Un rasgo común de todos
aquellos partidos y líderes políticos era que, a tono con la
atmósfera maccarthista y con la vista siempre puesta en la
aprobación de Washington, excluían a los comunistas de todo acuerdo
o participación en la lucha común contra la tiranía. |