Ese día, en horas de la mañana, la escuadra española, comandada
por el contralmirante Pascual Cervera, que se encontraba en Santiago
de Cuba, fue obligada a salir, por órdenes del gobernador y capitán
general de Cuba, Ramón Blanco, para enfrentar a la escuadra
estadounidense, muy superior en número, en alcance y calibre de su
artillería, en blindaje, y que ocupaba una posición táctica muy
favorable.
Esta salida constituía el trágico final de una dramática
situación que había comenzado cuando el mando naval de Madrid,
desoyendo las advertencias de Cervera, lo había enviado a Cuba, a
enfrentar, en condiciones desventajosas, a fuerzas mayores. A través
del tiempo, historiadores y estudiosos han especulado sobre las
verdaderas motivaciones de ese traslado, siendo al parecer una de
las más poderosas el reclamo del gobierno colonial y de intereses
proespañoles de contar con un respaldo naval. En esta decisión
influyó también, un cierto menosprecio, por ignorancia, de las
posibilidades combativas del adversario.
La denominada Escuadra de Operaciones en las Antillas, compuesta
por cuatro cruceros acorazados y dos destructores de torpederos, se
había reunido en Cabo Verde y se le dio orden de partida el 26 de
abril, recién comenzadas las hostilidades. Después de una azarosa
travesía, logró arribar a Santiago de Cuba el 19 de mayo, sin haber
sido detectada por los buques estadounidenses de exploración.
El mando naval norteamericano confirmó el 29 de mayo la presencia
de Cervera en Santiago de Cuba y estableció desde ese momento un
férreo bloqueo de la bahía. Días después, con la decisiva
cooperación de fuerzas del Ejército Libertador, tropas
estadounidenses desembarcaron al este de Santiago y avanzaron sobre
la ciudad.
El día 2 de julio, después de los combates de San Juan y El
Caney, y del avance de las tropas cubanas, el cerco a la capital
oriental se estrechó y tanto al gobierno de Madrid como a su
representante en La Habana les preocupaba que la escuadra fuera
capturada lo que —decían— pondría en entredicho el honor de la
Metrópoli. Cervera, por su parte, había propuesto en varias
ocasiones emplear el personal y armamento de sus buques en la
defensa terrestre de la ciudad, donde tenían posibilidad de oponer
una tenaz resistencia. Estas propuestas no fueron escuchadas y se le
ordenó salir.
La escuadra estadounidense estaba formada por cuatro acorazados,
un crucero acorazado y dos yates artillados, situados en forma de
semicírculo a unas 3 o 4 millas del Morro. Los buques españoles
tenían, necesariamente, que salir de la bahía en columna e irse
enfrentando, uno a uno, con todos los navíos del adversario.
El primero en salir fue el crucero Infanta María Teresa, buque
insignia de Cervera, que avanzó resueltamente sobre la formación
enemiga para atraer sobre sí todo el fuego y permitir la salida de
los que venían detrás. Dada su posición, solo podía disparar con los
tres cañones de proa, contra él podían hacerlo 45 piezas de grueso
calibre. Avanzó así durante más de diez minutos, soportando un
tremendo castigo, hasta que, incendiado y con numerosas bajas, fue
lanzado contra la costa para evitar su captura y salvar lo que
quedaba de la tripulación.
El segundo buque en salir, el Vizcaya, y el tercero, Cristóbal
Colón, pudieron, gracias al sacrificio del Teresa, ir más lejos.
Alcanzados finalmente por sus perseguidores, fueron hundidos. El
cuarto de los buques en salir, el Almirante Oquendo, corrió igual
suerte que el Teresa. Los dos destructores fueron hundidos casi en
la boca de la bahía.
El éxito estadounidense, basado en su superioridad numérica y
tecnológica y en la ventajosa posición táctica, se alcanzó con una
sola baja mortal y un herido. Los españoles tuvieron 350 muertos,
160 heridos graves y 1 720 prisioneros.
Hace diez años, cuando estaba próxima la conmemoración del
centenario de aquellos hechos, el líder de la Revolución cubana
expresó: "¼ creo que una de las
páginas más heroicas de la historia de España la escribió la
escuadra de Cervera, y la más grande victoria moral¼
".