Agresión perenne

 Los ataques aéreos norteamericanos contra Laos cesaron, pero sus consecuencias continúan

ARNALDO MUSA
musa.amp@granma.cip.cu

Es como una pelota de tenis, brillante y tentadora. Como parecía un juguete, Jom se acercó a ella para llevarla consigo y jugar con sus hermanos. Cuando la levantó, explotó, se desintegró en mil pedazos. Pero tuvo suerte. No falleció y aún conserva sus extremidades.

Cuando estalla la bomba de racimo se abre antes de tocar suelo y libera cientos de submuniciones; muchas de ellas no estallan y se convierten en minas antipersonales.

Y es que tres décadas y media después de que Estados Unidos cesara sus bombardeos indiscriminados contra Laos y saliera humillado de Indochina, sigue creciendo el número de víctimas de los explosivos sin detonar.

Entre 1964 y 1973 tuvo lugar en Laos la "guerra secreta" de EE.UU., donde se lanzaron unos dos millones y medio de toneladas de bombas de racimo y convencionales, y napalm contra una población de poco más de un millón de personas, es decir, unas dos toneladas por cada laosiano, más que las lanzadas por aviones estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

Muestra de diversos tipos de explosivos lanzados contra Saraván, una de las llamadas provincias mártires.

Una cuarta parte de los laosianos fue obligada a vivir como refugiados, en su mayoría en cuevas, y a los 350 000 muertos por los artefactos explosivos, se suman otros 12 000 a causa de las explosiones de bombas de racimo que quedaron sin estallar.

Las provincias de Saraván y Xian Juang recibieron el calificativo de mártires, porque durante nueve años, las 24 horas del día, fueron saturadas de explosivos por pasar por allí la Ruta Ho Chi Minh.

Expertos consideran que de los 90 millones de bombas de racimo que cayeron en la nación indochina, un 30% no estallaron, debido a que, confiesa su principal empresa fabricante, Honeywall, existía una política de asesinar civiles por acción retardada.

Esta fue solo una parte de la tecnología desplegada, la cual incluía avanzados misiles para penetrar las cuevas donde las familias buscaban refugios.

VIDA ENTRE BOMBAS

La agresión directa cesó, pero hoy día casi el 13% de la tierra laosiana esta virtualmente deshabitada, debido a la amplia saturación de bombas, y un 52% presenta algún peligro al respecto.

Así tienen que vivir los 5,2 millones que constituyen la población actual, un 45% niños y adolescentes.

Antes de preparar el terreno para construir una escuela o un hospital, hay que asegurarse de que el lugar esté libre de explosivos y tener en cuenta que a veces quedan al descubierto o cambiados de lugar por las aguas en la temporada de lluvias, luego de haber sido ubicados y marcados mediante un letrero con una calavera y dos tibias sobre fondo rojo, con el mensaje UXO (peligro, explosivo sin detonar).

Precisamente, la organización UXO-LAO, con un presupuesto menor a cuatro millones de dólares anuales, ha destruido 77 432 artefactos, entre ellos 30 000 "bombitas", 783 minas y 20 bombas de entre 100 y 1 250 kilogramos durante una década, pero es apenas una gota en el mar de constante peligro.

Mientras Washington se gasta unos 100 millones de dólares cada año en busca de restos de sus soldados caídos durante las distintas agresiones en todo el mundo, nunca ha dado ni un centavo de compensación a las víctimas laosianas de los bombardeos, ni una letra de información acerca de la posible ubicación de bombas de todo tipo que lanzó y no han explotado.

El director de UXO-LAO, Bounpone Sayasenh, explica que la mayoría de los estadounidenses no sabe nada de esta guerra: "Han oído sobre la de Vietnam, pero no de esta, porque fue una guerra secreta. Cuando vienen norteamericanos y les explico nuestra situación con las municiones que no han explotado, se quedan sorprendidos".

Hace unos días, un niño pereció y otros cuatro resultaron heridos a causa del estallido de una de las submuniciones de una bomba racimo.

Lamentablemente, no será el último caso, explica el responsable de la organización Handicap International, Stanislas Brabant, "porque ocurre cada vez que los pobladores regresan a sus hogares para retomar su vida y trabajo, que es cuando son más vulnerables".

"Querían destruirlo todo. Que no quedara nada vivo ni en pie que los comunistas puedan heredar", decía en 1970 el periodista australiano John Evengham.

Más de 35 años después, entre las municiones sin explotar, los campesinos no dejan de cultivar, ni los niños dejan de ir a las escuelas, hechos demostrativos de la recia voluntad del pueblo ante la perenne agresión.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir