Y es que tres décadas y media después de que Estados Unidos
cesara sus bombardeos indiscriminados contra Laos y saliera
humillado de Indochina, sigue creciendo el número de víctimas de los
explosivos sin detonar.
Entre 1964 y 1973 tuvo lugar en Laos la "guerra secreta" de
EE.UU., donde se lanzaron unos dos millones y medio de toneladas de
bombas de racimo y convencionales, y napalm contra una población de
poco más de un millón de personas, es decir, unas dos toneladas por
cada laosiano, más que las lanzadas por aviones estadounidenses
durante la Segunda Guerra Mundial.
Una cuarta parte de los laosianos fue obligada a vivir como
refugiados, en su mayoría en cuevas, y a los 350 000 muertos por los
artefactos explosivos, se suman otros 12 000 a causa de las
explosiones de bombas de racimo que quedaron sin estallar.
Las provincias de Saraván y Xian Juang recibieron el calificativo
de mártires, porque durante nueve años, las 24 horas del día, fueron
saturadas de explosivos por pasar por allí la Ruta Ho Chi Minh.
Expertos consideran que de los 90 millones de bombas de racimo
que cayeron en la nación indochina, un 30% no estallaron, debido a
que, confiesa su principal empresa fabricante, Honeywall, existía
una política de asesinar civiles por acción retardada.
Esta fue solo una parte de la tecnología desplegada, la cual
incluía avanzados misiles para penetrar las cuevas donde las
familias buscaban refugios.
La agresión directa cesó, pero hoy día casi el 13% de la tierra
laosiana esta virtualmente deshabitada, debido a la amplia
saturación de bombas, y un 52% presenta algún peligro al respecto.
Así tienen que vivir los 5,2 millones que constituyen la
población actual, un 45% niños y adolescentes.
Antes de preparar el terreno para construir una escuela o un
hospital, hay que asegurarse de que el lugar esté libre de
explosivos y tener en cuenta que a veces quedan al descubierto o
cambiados de lugar por las aguas en la temporada de lluvias, luego
de haber sido ubicados y marcados mediante un letrero con una
calavera y dos tibias sobre fondo rojo, con el mensaje UXO (peligro,
explosivo sin detonar).
Precisamente, la organización UXO-LAO, con un presupuesto menor a
cuatro millones de dólares anuales, ha destruido 77 432 artefactos,
entre ellos 30 000 "bombitas", 783 minas y 20 bombas de entre 100 y
1 250 kilogramos durante una década, pero es apenas una gota en el
mar de constante peligro.
Mientras Washington se gasta unos 100 millones de dólares cada
año en busca de restos de sus soldados caídos durante las distintas
agresiones en todo el mundo, nunca ha dado ni un centavo de
compensación a las víctimas laosianas de los bombardeos, ni una
letra de información acerca de la posible ubicación de bombas de
todo tipo que lanzó y no han explotado.
El director de UXO-LAO, Bounpone Sayasenh, explica que la mayoría
de los estadounidenses no sabe nada de esta guerra: "Han oído sobre
la de Vietnam, pero no de esta, porque fue una guerra secreta.
Cuando vienen norteamericanos y les explico nuestra situación con
las municiones que no han explotado, se quedan sorprendidos".
Hace unos días, un niño pereció y otros cuatro resultaron heridos
a causa del estallido de una de las submuniciones de una bomba
racimo.
Lamentablemente, no será el último caso, explica el responsable
de la organización Handicap International, Stanislas Brabant,
"porque ocurre cada vez que los pobladores regresan a sus hogares
para retomar su vida y trabajo, que es cuando son más vulnerables".
"Querían destruirlo todo. Que no quedara nada vivo ni en pie que
los comunistas puedan heredar", decía en 1970 el periodista
australiano John Evengham.
Más de 35 años después, entre las municiones sin explotar, los
campesinos no dejan de cultivar, ni los niños dejan de ir a las
escuelas, hechos demostrativos de la recia voluntad del pueblo ante
la perenne agresión.