ROMA,
4 de junio.— Un controvertido tema del que mucho se habla en la
actualidad es el del biocombustible.
Por tal motivo, y debido a su influencia directa en la seguridad
alimentaria, ha sido motivo de debate y de posiciones contrapuestas en
la presente Cumbre de la FAO.
En discursos de dignatarios, conferencias de prensa y otros
momentos de esta reunión, cuando se habla de la crisis actual,
aparecen los biocombustibles entre una de sus causas.
No puede ser un secreto para nadie que, producir gasolina para el
mundo de la opulencia en detrimento de las masas empobrecidas que no
tienen nada para comer o con qué adquirir los cada vez más caros
alimentos, es un crimen.
Documentos a los que ha tenido acceso la prensa en esta reunión se
refieren a la bioenergía como un aspecto que presenta tanto
oportunidades como riesgos.
Usar alimentos como el maíz, azúcar, aceite de palma y otros, que
son componentes básicos para la subsistencia de las poblaciones más
vulnerables, y convertirlos en combustibles gracias al apetito de
consumo del mundo rico, que es a la vez el que cuenta con la
tecnología para esa conversión, es un aliciente para el agotamiento de
esos productos y la elevación de sus precios para hacerlos
inaccesibles a las personas más pobres.
Es como si el agotamiento del petróleo y su encarecimiento actual,
debido a las guerras y la inestabilidad creada por las mismas, fuera
una carga más a pagar por quienes ni poseen el crudo ni pueden tener
autos que cambiar cada año.
Un ejemplo sería suficiente: para este año, Estados Unidos tiene
planificado destinar un 27% de su producción de maíz a la elaboración
de etanol.
Las altas subvenciones agrícolas, a su vez, desplazan cualquier
oferta del mismo maíz, llegado de México, por ejemplo, lo que a la vez
arruina a los productores locales aztecas y encarece en más de un 70%
un alimento básico en la dieta de ese país.
En este caso, además del componente del biocombustible, el entorno
está viciado por la aplicación de políticas neoliberales de libre
mercado y de un Tratado de Libre Comercio que las avala.
La obtención de la llamada por algunos "energía limpia", tiene
además el peligro de la extinción de bosques, reducción de fuentes
acuíferas y, por tanto, desequilibrio ecológico, que complicaría aún
más un medio ambiente lleno de gases contaminantes.
No es casual entonces que en esta Cumbre se hayan escuchado voces
de mandatarios que advierten sobre la implícita contradicción entre
los que afirman que esos gases pueden ser un factor que mitigue el
cambio climático, y los que apuntan su dedo acusador hacia los bosques
que se eliminan o las producciones de alimentos que se desplazan hacia
esa meta, en detrimento de las masas empobrecidas, que ya no pueden
pagar sus altos costos.
De ninguna manera, en un mundo con casi 1 000 millones de
hambrientos, el maíz, la soya, el azúcar, entre otros, pueden
desaparecer de la mesa en las familias para convertirse en combustible
que estimule la opulencia y las sociedades de consumo.