Señor Presidente:
En esta misma sede, hace 12 años, la comunidad internacional
acordó erraadicar el hambre en el mundo. Se estableció entonces el
objetivo de reducir el número de personas desnutridas a la mitad
para el año 2015. Aquella meta, tímida e insuficiente, parecería hoy
una quimera.
La crisis alimentaria mundial no es un fenómeno circunstancial.
La gravedad de sus recientes manifestaciones, en un mundo que
produce suficientes alimentos para todos, es un claro reflejo de su
naturaleza sistémica y estructural.
El hambre y la desnutrición son consecuencias de un orden
económico internacional que sostiene y profundiza la pobreza, la
desigualdad y la injusticia.
Los países del Norte tienen una indiscutible responsabilidad en
el hambre y la desnutrición de 854 millones de personas. Ellos
impusieron la liberalización comercial entre actores claramente
desiguales y las recetas financieras de ajuste estructural.
Provocaron la ruina de muchos pequeños productores en el Sur y
convirtieron en importadores netos de alimentos a países que antes
se autoabastecían e, incluso, exportaban.
Los gobiernos de los países desarrollados se niegan a eliminar
los escandalosos subsidios agrícolas, mientras imponen sus reglas al
comercio internacional. Sus voraces transnacionales establecen
precios, monopolizan tecnologías, imponen injustas certificaciones y
manipulan los canales de distribución, las fuentes de
financiamiento, el comercio y los insumos para la producción mundial
de alimentos. Controlan, además, el transporte, la investigación
científica, los fondos genéticos y la producción de fertilizantes y
plaguicidas.
Lo peor es que si todo sigue como hasta hoy, la situación se hará
aún más grave. Los patrones de producción y consumo de los países
desarrollados aceleran el cambio climático, que amenaza la
existencia misma de la humanidad. Es preciso sustituirlos. La
pretensión irracional de perpetuar ese funesto consumismo, empujó la
siniestra estrategia de convertir granos y cereales en combustibles.
Los Países No Alineados llamamos en la Cumbre de La Habana a
establecer un mundo pacífico y próspero y un orden mundial justo y
equitativo. Este es el único camino para alcanzar una solución
verdadera a la crisis alimentaria.
La alimentación es un derecho humano inalienable. Por iniciativa
de Cuba, así quedó confirmado desde 1997 por sucesivas resoluciones
adoptadas en la antigua Comisión de Derechos Humanos y después en el
Consejo, y por la Asamblea General de Naciones Unidas. Nuestro país,
en representación de los países no alineados, y con el copatrocinio
de más de dos tercios de los miembros de Naciones Unidas, promovió
también la convocatoria de la séptima sesión extraordinaria del
Consejo de Derechos Humanos, que acaba de instar a la adopción de
medidas concretas para la solución de la crisis alimentaria global.
El hambre y la desnutrición no pueden ser erradicadas con la
adopción de medidas paliativas. Tampoco con donativos simbólicos
que, seamos honestos, no cubrirán las necesidades ni serán
sostenibles.
Se requiere al menos reconstruir y desarrollar la producción
agrícola de los países del Sur. Los países desarrollados cuentan
sobradamente con los recursos para ello. Lo que se necesita es la
voluntad política de sus gobiernos.
Si los gastos militares de la OTAN en un año, fueran reducidos en
solo un 10%, se liberarían casi 100 000 millones de dólares.
Si se condonara la deuda externa de los países en desarrollo, que
ya hemos pagado más de una vez, los países del Sur dispondrían de
345 000 millones de dólares anuales que hoy dedican a su servicio.
Si los países desarrollados cumplieran su compromiso de destinar
el 0.7 % de su Producto Interno Bruto a la Asistencia Oficial al
Desarrollo, los países del Sur dispondríamos de al menos 130 000
millones de dólares adicionales cada año.
Si se destinara a la producción de alimentos, solo una cuarta
parte del dinero que cada año se derrocha en publicidad comercial,
casi 250 000 millones de dólares podrían dedicarse a combatir el
hambre y la desnutrición.
Si se destinara al desarrollo agropecuario en el Sur, el dinero
que se utiliza para subsidios agrícolas en el Norte, nuestros países
dispondrían de alrededor de mil millones de dólares diarios para
invertir en la producción de alimentos.
Señor Presidente:
Este es el mensaje de Cuba, ferozmente bloqueada pero erguida en
sus principios y en la unidad de su pueblo: sí se puede enfrentar
con éxito esta crisis alimentaria, pero hay que ir a la raíz del
problema, abordar sus causas profundas y rechazar la demagogia, la
hipocresía y las falsas promesas.
Concluyo recordando las palabras de Fidel Castro ante la Asamblea
General de las Naciones Unidas, en Nueva York, en octubre de 1979:
"El ruido de las armas, del lenguaje amenazante, de la
prepotencia en la escena internacional debe cesar. Basta ya de la
ilusión de que los problemas del mundo se pueden resolver con armas
nucleares. Las bombas podrán matar a los hambrientos, a los
enfermos, a los ignorantes, pero no pueden matar el hambre, las
enfermedades, la ignorancia."
Muchas gracias