Hipócrita ayuda

ARNALDO MUSA
musa.amp@granma.cip.cu

Cuanto más gasta un país subdesarrollado en armamentos, más ayuda oficial al desarrollo recibe de las naciones industrializadas y, en especial, de Estados Unidos.

Durante décadas, EE.UU. ha dominado ampliamente el comercio de armas, representando más del 50% de las exportaciones de ese renglón.

En ese contexto, un informe de Naciones Unidas dice que "la ayuda va más dirigida a los aliados estratégicos que a los países pobres¼ las naciones donantes consagraban en promedio una ayuda bilateral cinco veces más importante a las naciones con gastos militares elevados que a los que tenían gastos reducidos". Por ejemplo, Israel, que es un aliado estratégico de Washington en Oriente Medio, recibió hace tres años 176 dólares en ayuda estadounidense por cada persona pobre, mientras que Bangladesh no recibió más que 1,7.

Esas potencias disponen de un sector público de producción de armas o de multinacionales muy agresivas en materia de conquista de mercados. Mientras que se privatiza al máximo en otros sectores, la industria del armamento, en lo que a ella se refiere, no desdeña estar "bajo el manto" del Estado o, al menos, beneficiarse de su protección.

En efecto, los entes privados productores de armas se apoyan en la fuerza militar y económica de su Estado, con el fin de encontrar compradores para sus artefactos de muerte. Las empresas estadounidenses de armamento están muy concentradas, siete de ellas dominan el mercado: Lockheed Martin, Boeing, Raytheon, General Dynamics, Northrop, TRW y United Technologies.

La principal, Lockheed Martin, primer grupo mundial de producción de armas, obtuvo 855 millones de dólares de ayudas públicas del gobierno estadounidense, a fin de absorber Martin Marietta, otra de sus empresas de armamentos.

Hay que decir que los lazos entre los dirigentes de los grupos industriales y los responsables políticos norteamericanos son tanto más estrechos en la medida en que los primeros financian generosamente a los segundos. En la campaña presidencial de 1996, se alcanzó el récord con 13 900 millones de dólares entregados por los grupos de armamentos, de ellos 9 100 millones de dólares a los republicanos y 4 800 millones a los demócratas. Los cinco primeros grupos reciben casi la mitad de las sumas millonarias de pedidos anuales del Departamento de Defensa y alrededor de un tercio están consagrados a la investigación y desarrollo militares.

En contraste con una idea muy difundida, no son los países del Tercer Mundo los que más gastan en armamento. En el año 2001, los gastos militares de EE.UU. representaban el 36% de los gastos militares mundiales, los del G7, 63%, y la Federación de Rusia y China el 3%.

Es significativo que los estados que consagran elevadas sumas al sector militar se vean favorecidos con una ayuda por habitante casi dos veces superior a la que reciben las naciones que gastan en el sector sumas más modestas.

Esto, por supuesto, pone al descubierto la doble moral de los gobiernos de los países industrializados: "Algunos donantes, dice la ONU, arguyen que una discriminación con los países cuyos gastos militares son elevados, constituiría una violación de la soberanía nacional de los beneficiarios", pero esto es tan sorprendente como hipócrita, cuando se observa que los donantes no tienen escrúpulos para violar la soberanía nacional.

Basta citar, como ejemplo, la exigencia hecha a los que reciben la ayuda, de cesar de subvencionar los artículos alimentarios, devaluar sus monedas y privatizar sus empresas públicas, con lo cual comprometen las vidas humanas y evitan que se reduzcan sus gastos en armamentos.

 

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