Cuanto más gasta un país subdesarrollado en armamentos, más ayuda
oficial al desarrollo recibe de las naciones industrializadas y, en
especial, de Estados Unidos.
Durante décadas, EE.UU. ha dominado ampliamente el comercio de
armas, representando más del 50% de las exportaciones de ese
renglón.
En ese contexto, un informe de Naciones Unidas dice que "la ayuda
va más dirigida a los aliados estratégicos que a los países pobres¼
las naciones donantes consagraban en promedio una ayuda bilateral
cinco veces más importante a las naciones con gastos militares
elevados que a los que tenían gastos reducidos". Por ejemplo,
Israel, que es un aliado estratégico de Washington en Oriente Medio,
recibió hace tres años 176 dólares en ayuda estadounidense por cada
persona pobre, mientras que Bangladesh no recibió más que 1,7.
Esas potencias disponen de un sector público de producción de
armas o de multinacionales muy agresivas en materia de conquista de
mercados. Mientras que se privatiza al máximo en otros sectores, la
industria del armamento, en lo que a ella se refiere, no desdeña
estar "bajo el manto" del Estado o, al menos, beneficiarse de su
protección.
En efecto, los entes privados productores de armas se apoyan en
la fuerza militar y económica de su Estado, con el fin de encontrar
compradores para sus artefactos de muerte. Las empresas
estadounidenses de armamento están muy concentradas, siete de ellas
dominan el mercado: Lockheed Martin, Boeing, Raytheon, General
Dynamics, Northrop, TRW y United Technologies.
La principal, Lockheed Martin, primer grupo mundial de producción
de armas, obtuvo 855 millones de dólares de ayudas públicas del
gobierno estadounidense, a fin de absorber Martin Marietta, otra de
sus empresas de armamentos.
Hay que decir que los lazos entre los dirigentes de los grupos
industriales y los responsables políticos norteamericanos son tanto
más estrechos en la medida en que los primeros financian
generosamente a los segundos. En la campaña presidencial de 1996, se
alcanzó el récord con 13 900 millones de dólares entregados por los
grupos de armamentos, de ellos 9 100 millones de dólares a los
republicanos y 4 800 millones a los demócratas. Los cinco primeros
grupos reciben casi la mitad de las sumas millonarias de pedidos
anuales del Departamento de Defensa y alrededor de un tercio están
consagrados a la investigación y desarrollo militares.
En contraste con una idea muy difundida, no son los países del
Tercer Mundo los que más gastan en armamento. En el año 2001, los
gastos militares de EE.UU. representaban el 36% de los gastos
militares mundiales, los del G7, 63%, y la Federación de Rusia y
China el 3%.
Es significativo que los estados que consagran elevadas sumas al
sector militar se vean favorecidos con una ayuda por habitante casi
dos veces superior a la que reciben las naciones que gastan en el
sector sumas más modestas.
Esto, por supuesto, pone al descubierto la doble moral de los
gobiernos de los países industrializados: "Algunos donantes, dice la
ONU, arguyen que una discriminación con los países cuyos gastos
militares son elevados, constituiría una violación de la soberanía
nacional de los beneficiarios", pero esto es tan sorprendente como
hipócrita, cuando se observa que los donantes no tienen escrúpulos
para violar la soberanía nacional.
Basta citar, como ejemplo, la exigencia hecha a los que reciben
la ayuda, de cesar de subvencionar los artículos alimentarios,
devaluar sus monedas y privatizar sus empresas públicas, con lo cual
comprometen las vidas humanas y evitan que se reduzcan sus gastos en
armamentos.