Ante la terrible inclemencia
natural que ha clavado una punzante daga en el flanco suroeste de la
República Popular China, ningún visitante puede sustraerse al
momento de inmenso dolor que vive este pueblo por la pérdida de
tantas vidas humanas.
Aunque uno se encuentre a miles de kilómetros, como en nuestro
caso en Beijing, la populosa capital olímpica del presente 2008,
resultan tan conmovedoras como desgarrantes las escenas de las zonas
afectadas que a cada minuto pueden observarse mediante las
transmisiones de televisión.
¡Toda China está de luto!
Este lunes, exactamente una semana después de haberse producido
el devastador sismo de categoría 8 que asoló principalmente a la
provincia de Sichuan, la gigantesca nación asiática de 1 300
millones de habitantes mostró su solidaria unidad al guardar tres
evocadores minutos de silencio, con el torso en reverencia y la
mirada clavada en el suelo, mientras las sirenas del país dejaban
escapar sus habituales señales sonoras, en esta oportunidad a manera
de lamento luctuoso.
Eran las 2:28 del mediodía, exactamente la hora en que siete
fechas antes se produjera la embestida telúrica que segó casi 40 000
vidas, según cifras que continúan aumentando. Era el primero de tres
días de duelo nacional.
¡Toda China está conmovida!
Mas, en medio de la congoja y el sufrimiento, de esa gran
conmoción, desde las primeras horas de la catástrofe el pueblo chino
ha dado muestras de su unidad, de la cohesión que lo convierte en
bastión inexpugnable.
Está volcado masivamente —con la laboriosidad de una gigantesca
colmena—, hacia la zonas de desastre, ya sea en labores de rescate y
salvamento, de socorrismo con los heridos y cientos de miles de
damnificados, en faena de transportación de suministros esenciales
por tierra y por aire, en trabajos de limpieza de escombros, también
en la expedita creación de facilidades temporales a fin de restituir
el curso normal de la vida lo antes posible.
Las autoridades del Partido y del Gobierno han estado al frente
desde los primeros instantes. También el Ejército con toda su
logística.
La recuperación se garantizará, sin dejar de cumplir compromisos
como los Juegos Olímpicos de agosto venidero. Su seguro andar
organizativo se mantiene cronológicamente, como perfecto mecanismo.
Como paradigma que resulta tanto en admiración por parte de la
familia olímpica, como deriva en incontenible cólera para los
enemigos de la nación asiática que en vano han intentado desviar la
atención de ese ejemplo.
Sacudido el país en sus fibras más sensibles por la tragedia,
resulta incalculable el número de quienes se han ofrecido como
voluntarios, igual se cuentan por cientos de millones los que han
proporcionado su contribución económica, desde apreciables
cantidades por parte de las grandes empresas, hasta el humilde
trabajador o ama de casa que donó todos o gran parte de sus ahorros
o de su salario.
Sin olvidar todos esos niños —el futuro—, que en las escuelas se
abalanzan hacia las cajas de donativos para concretar un aporte cuyo
valor más pleno no radica en la cuantía casi simbólica, sino en la
forja de la solidaridad humana en sus mentes infantiles y en su
individualidad.
Muy pocos países en el mundo pueden enfrentar con tantas
posibilidades de vencer un fenómeno natural tan despiadado. Y salir
fortalecido.
¡Toda China está más unida que nunca!