Fusión de valores

Omar Vázquez
omar.vc@granma.cip.cu

La impronta africana en la creación musical cubana y afronorteamericana fue resaltada durante la gala inaugural de Cubadisco 2008, efectuada el domingo en el teatro Amadeo Roldán.

Roberto Valera en la gala de Cubadisco.

En el programa, que contó con la asistencia de Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y Abel Prieto, ministro de Cultura, ambos miembros del Buró Político, se entregó el Premio de Honor a Rogelio Martínez Furé, cuyo elogio hizo la también poeta y ensayista Nancy Morejón, quien destacó que entre los muchos méritos que él ha ido acumulando está su paciente consagración a estudiar ese infinito caudal de tesoros trasplantados a tierras americanas desde un África nunca lejana.

A la cabeza de esos méritos, subrayó Nancy, está su voz que es un don de todos los orishas, que confirma su condición de erudito y que le ha servido también para trasmitir sus conocimientos. Con esa voz y en lengua africana, Martínez Furé dio su agradecimiento: "Firme siempre, firme África, los tambores me hacen recordar¼ "

En el concierto propiamente dicho, Roberto Valera hizo triunfar sus saberes, su condición de compositor, músico y director al abordar La bella cubana (1859) en su versión para cuerdas, de José White, la suite del ballet La rebambaramba (1928), de Amadeo Roldán, y el Estudio rítmico (1962), de su autoría, que dedicara al desaparecido coreógrafo Alberto Alonso, lo cual subrayó en presencia de Fernando Alonso.

El virtuosismo colectivo de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional quedó patente también en Guaguancó, de Guido López–Gavilán, pues Enrique Pérez Mesa tuvo una vez más el talento para que en la improvisación cupieran toda clase de ocurrencias sin desvirtuar el discurso principal. Fue un gozo verlo a él y al resto de los músicos de la Orquesta disfrutando la actuación de Los Papines (solistas invitados).

El Teatro Auditórium Amadeo Roldán no le quedó grande al maestro Frank Fernández, en Rhapsody in blue, de George Gershwin, en la que exhibió el virtuosismo que lo caracteriza como uno de los grandes pianistas cubanos de todos los tiempos. A su vera brillaron, además, el clarinetista Antonio Dorta, el baterista Ruy López–Nussa y el guitarrista Luis Manuel Molina.

Ante tan merecida acogida, el encore se hizo obligado, con La comparsa, de Ernesto Lecuona. Fue un excelente programa, lo cual hay que agradecerle también a Daniel Alcolea, que lo supo hilvanar artísticamente.

 

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