Aquí ha hecho vida y no solo periodismo. No ha podido ser de otro
modo para quien ama los rincones, defiende su palabra, y hace amigos
a la misma velocidad con que camina, que es decir¼
muy rápido.
Detrás de un buró, en las madrugadas, en sus decisiones, siempre
con su tino y maestría, Marta Rojas ha sido grande.
No ha podido ser jamás periodista de rutinas, y la gloria le ha
valido quizás, poco menos que las costuras de casa porque es
sencilla, y con añadiduras de optimismo, sensibilidad, rebeldía e
innegable talento ha podido llegar a sus 80, siendo venerada, y lo
que es más importante: amada.
En estos días del Granma, que suman casi medio siglo, no
han faltado sus recuerdos, sus anécdotas publicables y "censuradas",
solo por la gracia de lo humano. Ese ángel tutelar que le adjudicara
otro de sus grandes amigos, ha llegado no solo a sus contemporáneos,
que parecen abuelos a su lado, sino a los más jóvenes que intentan
imitarla, sin acerco de victoria.
Por infinitas razones es imposible e infructuoso evocar en breves
palabras sus días de Granma, como de injusto sería mencionar
solo algunos cuando todos, con ella, han sido orgullo e historia.
Sus novelas, sus héroes, sus premios y medallas¼
su periodismo de compromiso y riesgo la han convertido en una Marta
Rojas sin comparaciones. Admiradores no han faltado, como no
faltarán nunca periodistas que hagan de su ejemplo, camino
imprescindible.
De no haber estado en aquella conga santiaguera, no habría quizás
eternizado al Moncada¼ y de no estar aquí
hoy, Granma sería menos privilegiado, más vacío. Y aunque
Carpentier la situara en la raza de los reporteros a los que
Hemingway rendía homenaje, y Guillén la dibujara con la sustancia
con que amasamos una estrella¼ Marta, sin
pretender adjetivarla, es sustantivo incomparable que a sus 80 años
continúa honrándonos.