Como alertara Fidel desde 1996, en la Cumbre Mundial sobre la
Alimentación: "El hambre, inseparable compañera de los pobres, es
hija de la desigual distribución de las riquezas y de las
injusticias de este mundo. Los ricos no conocen el hambre". "Por
luchar contra el hambre y la injusticia han muerto en el mundo
millones de personas".
La crisis alimentaria que hoy nos convoca, es agravada por los
altos precios del petróleo y por el impacto sobre ellos de la
aventura bélica en Iraq; por el efecto de estos precios en la
producción y el transporte de los alimentos; por los cambios
climáticos; por el creciente destino de importantes cantidades de
granos y cereales de EE.UU. y la Unión Europea para la producción de
biocombustibles, y por las prácticas especulativas del gran capital
internacional, que apuesta a los inventarios de alimentos a costa
del hambre de los pobres.
Pero la esencia de la crisis no radica en estos fenómenos
recientes, sino en la desigual e injusta distribución de la riqueza
a nivel global y en el insostenible modelo económico neoliberal
impuesto con irresponsabilidad y fanatismo en los últimos 20 años.
Los países pobres que dependen de la importación de alimentos, no
están en condiciones de resistir el golpe. Sus poblaciones no tienen
protección alguna y el mercado, por supuesto, no tiene la capacidad
ni el sentido de la responsabilidad de brindársela. No estamos ante
un problema de carácter económico, sino ante un drama humanitario de
consecuencias incalculables que, incluso, pone en riesgo la
Seguridad Nacional de nuestros países.
Adjudicar la crisis a un consumo progresivo de importantes
sectores de la población de determinados países en desarrollo con
crecimiento económico acelerado, como China y la India, además de
ser un planteamiento insuficientemente fundamentado, entraña un
mensaje racista y discriminatorio, que ve como un problema que
millones de seres humanos tengan acceso, por primera vez, a una
alimentación digna y saludable.
El problema, como se expresa en nuestra región, está
esencialmente ligado a la situación precaria de los pequeños
agricultores y de la población rural de los países subdesarrollados,
así como al papel oligopólico de las grandes empresas
transnacionales de la industria agroalimentaria.
Estas controlan los precios, las tecnologías, las normas, las
certificaciones, los canales de distribución y las fuentes de
financiamiento de la producción alimentaria mundial. Controlan
también el transporte, la investigación científica, los fondos
genéticos, la industria de fertilizantes y los plaguicidas. Sus
gobiernos, en Europa, Norteamérica y otras partes, imponen las
reglas internacionales con que se comercian los alimentos y las
tecnologías e insumos para producirlos.
Los subsidios a la agricultura en los EE.UU. y la Unión Europea
no solo encarecen los alimentos que estos venden, sino también
imponen un obstáculo fundamental para el acceso a sus mercados de
las producciones de los países en desarrollo, lo que incide
directamente sobre la situación de la agricultura y de los
productores del Sur.
Se trata de un problema estructural del orden económico
internacional vigente y no de una crisis coyuntural que pueda
resolverse con paliativos o medidas de emergencia. Promesas
recientes del Banco Mundial de destinar 500 millones de dólares
devaluados para aliviar la emergencia, además de ridículas, parecen
una burla.
Para atacar el dilema en su esencia y sus causas, se requiere
someter a examen y transformación las reglas escritas y no escritas,
las acordadas y las impuestas, que hoy gobiernan el orden económico
internacional; y la creación y distribución de riquezas,
particularmente en el sector de la producción y distribución de
alimentos.
Lo decisivo realmente hoy es plantearse un cambio profundo y
estructural del actual orden económico y político internacional,
antidemocrático, injusto, excluyente e insostenible. Un orden
depredador, responsable de que —como dijera Fidel 12 años atrás—
"Las aguas se contaminan, la atmósfera se envenena, la naturaleza se
destruye. No es solo la escasez de inversiones, la falta de
educación y tecnologías, el crecimiento acelerado de la población;
es que el medio ambiente se deteriora y el futuro se compromete cada
día más".
Al mismo tiempo, coincidimos en que la cooperación internacional
para enfrentar este momento de crisis, es impostergable. Se
requieren medidas de emergencia para aliviar con celeridad la
situación de aquellos países donde ya se producen disturbios
sociales. Se necesita también lograr un impulso en el mediano plazo
para estimular planes de cooperación e intercambio, con inversiones
conjuntas que aceleren en nuestra región la producción agrícola y la
distribución de alimentos, con un firme compromiso y una fuerte
participación del Estado. Cuba está dispuesta a contribuir
modestamente en un esfuerzo de esa naturaleza.
El Programa que hoy nos propone el compañero Daniel, en un empeño
por aunar el esfuerzo, la voluntad y los recursos de los miembros
del ALBA y los países de Centroamérica y el Caribe, merece nuestro
respaldo. Presupone el claro entendimiento de que la actual
situación alimentaria mundial no es una oportunidad como piensan
algunos, sino una crisis muy peligrosa. Entraña un reconocimiento
expreso a que nuestro esfuerzo debe dirigirse a defender el derecho
a la alimentación para todos y a una vida digna para los millones de
familias campesinas hasta hoy expoliadas, no a aprovechar la ocasión
para intereses corporativos o mezquinas oportunidades comerciales.
Hemos discutido con amplitud sobre el tema. Ahora lo que
corresponde es actuar unidos, con audacia, solidaridad y espíritu
práctico.
Si ese es el objetivo común, se puede contar con Cuba.
Concluyo recordando las previsoras palabras expresadas por Fidel
en 1996, que todavía resuenan por su actualidad y hondura: "Las
campanas que doblan hoy por los que mueren de hambre cada día,
doblarán mañana por la humanidad entera si no quiso, no supo o no
pudo ser suficientemente sabia para salvarse a sí misma."
Muchas gracias.