Dmitri Medvedev se convirtió hoy
en el tercer y más joven de los presidentes rusos, al jurar lealtad
y fidelidad con su mano sobre la Constitución, uno de los atributos
del poder aquí.
En su discurso de investidura en el Gran Palacio del Kremlin, el
flamante presidente ruso, reconoció el potencial económico forjado
en los últimos años como recurso de partida para materializar las
aspiraciones de situar al país entre los líderes mundiales y subrayó
que resulta una oportunidad única para que Rusia se convierta en una
nación de avanzada, a partir del potente fundamento económico y
desarrollo estable.
Medvedev prometió, de otro lado, que garantizará la seguridad del
país no sólo por medio de la ley sino con el cumplimiento real por
parte del Estado. Y refirió como tarea importante desde su cargo de
dignatario el fomento de las libertades cívicas y económicas: los
derechos y las libertades, reconocidos como los más altos valores,
determinan el sentido de la actividad gubernamental, opinó.
Al concluir la breve intervención ante más de mil invitados
nacionales y extranjeros, Medvedev agradeció al ex presidente
Vladimir Putin a quien conoce hace más de 17 años-, la ayuda
personal y aseguró confiar en que será así en lo adelante.
Prometió trabajar con total consagración de fuerzas como
presidente y persona, en pos del esplendor de su patria, dijo.
Con un corto aval como político, el abogado de 42 años pasa a la
lista de los estadistas de la Rusia moderna como un típico
representante de una generación que quiere marcar distancia con el
período de transición de la década de los años 90.
Procede como su antecesor, Vladimir Putin, del círculo cercano a
los hilos del poder en la segunda urbe más importante, San
Petersburgo, donde nació y cursó sus estudios superiores. Recibió
allí en 1990 el grado de candidato en ciencias jurídicas.
En su caracterización personal destacan cualidades de competente,
rígido, organizado, enérgico y de iniciativas.
Conjugó funciones gubernamentales con el perfil de jurista
corporativo en el monopolio Gazprom, donde fue hasta hace poco el
presidente del consejo de directores.
En sentido general ha dicho que será fiel a la continuidad, la
divisa enarbolada por el oficialismo, cuya cúpula depositó en
Medvedev todas las cartas del rumbo inmediato de Rusia.
Dijo considerarse absolutamente apegado a continuar el curso
elegido y mantener la estabilidad, pues en su opinión, el país no
necesita convulsiones de ningún tipo.
Llegó al Kremlin tras apoyar la campaña presidencial de Putin en
2000 como parte del séquito de allegados de San Petersburgo y hasta
2005 ocupó varios puestos dentro de la Administración.
En 2006 pasó a integrar el consejo estatal para los proyectos
nacionales prioritarios y luego se ocupó de dirigirlos
personalmente.
Algunas de sus tesis de gobierno están enfiladas a democratizar
el sistema Judicial y lograr su independencia de los poderes
Ejecutivo y Legislativo. Además de menos impuestos y lucha contra la
corrupción.
En el terreno económico proyecta la edificación de un sistema de
finanzas, con Rusia entre uno de los centros financieros mundiales;
y dotar al rublo (la moneda local), del estatus de divisa regional.
Dentro de la proyección externa se inclina por mantener la imagen
del país abierto al diálogo y a la cooperación con la comunidad
internacional.
La elevada credibilidad popular ganada en los últimos meses en el
entorno del 70 por ciento es atribuida por analistas a su condición
de sucesor de la política de Putin. Incluso algunos afirman que es
gestor también de la senda de transformación moderna de Rusia.