América Latina: usura contra integración

LIANET ARIAS SOSA

Cuando la pasada XX Cumbre del Grupo de Río rechazó la violación al territorio ecuatoriano, la crisis entre Quito y Bogotá parecía disiparse. Sin embargo, el ataque contra miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en suelo de Ecuador, tendría secuelas mayores. La historia lo muestra: no son pocas las fracturas que los vientos de guerra le han deparado al Sur, más de una vez insuflados desde el Norte.

USURA CONTRA INTEGRACIÓN

En Hispanoamérica, el caudillismo militar, la anarquía política y la debilidad de una burguesía en ciernes, melló la integración defendida por los líderes de la independencia, pero favoreció a otros.

Para entonces, "se habían adelantado prácticamente los banqueros de Londres que, con sus préstamos ––no por usurarios menos oportunos y eficaces––, habían financiado la fundación de las nuevas repúblicas", escribía José Carlos Mariátegui en su Siete ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana.

En Paraguay los intereses inversionistas no habían podido quebrar la nación erigida por Gaspar Rodríguez de Francia. El país no tenía mendigos ni hambrientos; pero sí, en cambio, una línea de telégrafos, un ferrocarril y fábricas de tejidos y materiales de construcción.

Brasil, Argentina y Uruguay, tentados por el auge económico de su vecino y las finanzas de Londres, enfilaron sus armas. La guerra de la Triple Alianza contra Paraguay se iniciaba en 1864. Tras la contienda, más de la mitad de la población había muerto y el territorio nacional era desgajado.

La Guerra del Pacífico, que estalló en 1879 e involucró a Chile, Perú y Ecuador también tuvo aliento externo. Al final cambió la geografía y Bolivia perdió su salida al mar. Inglaterra tuvo lo suyo. A fin de cuentas era un británico (John Thomas North), quien se erigía "rey del salitre".

EL FESTÍN PETROLERO

Años después, otra aventura, echada a andar por petroleras de Estados Unidos y Gran Bretaña, enfrentaba a Bolivia y Paraguay. La guerra duró tres años (1932-1935) y murieron en ella más de 90 000 personas.

La apetencia por el crudo disparó los fusiles entre Perú y Ecuador en 1941. La contienda fue extensión de los conflictos de intereses entre dos compañías ––inglesa una; de Estados Unidos, la otra.

Por ese entonces, América Latina había cambiado de árbitro. A lo largo del siglo XX, la llamada Guerra del Fútbol entre Honduras y El Salvador, o el conflicto del Beagle, que involucró a Chile y a Argentina, transcurrieron bajo la atenta mirada de Washington. Otros, como el diferendo entre Nicaragua y Colombia por las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, o entre Nicaragua y Costa Rica por el río San Juan, llegaron incluso hasta la Corte Internacional de Justicia, en La Haya.

No obstante, en 1982 la guerra de las Malvinas recordó al mundo que Gran Bretaña contaba aún en América Latina.

Los conflictos se han sucedido. Después del 1 de marzo, cuando se produjo el ataque contra el grupo de las FARC en territorio de Ecuador, se denunció que Estados Unidos, desde su enclave en Manta, apoyó la acción con medios logísticos.

Tal intervención ocurre cuando hoy se construye la Alternativa Bolivariana para las Américas y la integración se confirma. Por eso la Casa Blanca erige un culto a la discordia. La mano larga de EE.UU. financia y alienta a las oligarquías desplazadas del poder. Ocurre hoy en Bolivia, en Ecuador, Venezuela¼ Desde el Norte, como casi siempre, la estrategia es dividir.

 

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