De un tirón, entre noche y madrugada, leí los dos títulos de la
Editorial Ciencias Sociales que se presentan en este Sábado del
Libro del día 26. Nada de terminar con visión borrosa porque se
trata de dos fragmentos extraídos de obras mayores, una excelente
manera de adelantar al lector parte imprescindible del pensamiento
progresista —sin asomo de encartonamiento, problematizador—que hoy
día entrecruza espadas en la arena internacional.
Cuarenta y ocho páginas en pequeño formato conforman
Recordando a Lenin, del esloveno Slavoj Zixek, y 58 La
función pública de los escritores e intelectuales, del palestino
Edward W. Said.
Pudiera pensarse que Recordando a Lenin, por su título, es
un homenaje a la nostalgia, y no habría error mayor. Zizek es un
sociólogo que, afincado en una filosofía multidisciplinaria, se dio
a conocer en el ámbito psicoanalítico y en unos pocos años se ha
convertido en una vía importante para la regeneración de la
izquierda, a partir de una revisión de la historia sin melancolías y
con las miras puestas en un vacío ideológico que se hace
imprescindible ocupar.
Zizek ha sido colaborador en universidades de París y Estados
Unidos, es el autor de más de cincuenta títulos y asistido, entre
otros, del pensamiento de Marx y de Jacques Lacan (el lenguaje y el
valor de lo simbólico), se interesa en el mensaje de las industrias
culturales y mediáticas y, en especial, el cine, donde "se puede
encontrar la ideología en su estado de máxima pureza".
De la filosofía al psicoanálisis, de la sociología a la
comunicación, de la economía a la política, analiza el mundo
postmoderno y el concepto de "lo postideológico" tan caro a los
desarticuladores de la izquierda. Y reivindica el papel de la
ideología, la política y la historia para reavivar el discurso de
izquierda, frente al neoliberalismo y el engañoso concepto de "lo
multicultural".
Los títulos de las obras de Zizek descubren que su peculiaridad
radica en analizar cualquier producto masivo, desde Hitchcock hasta
La guerra de las galaxias, sin olvidar el cine policíaco y
los melodramas. Exige la reinvención de una ética de izquierda capaz
de hacer frente al desenfreno de la tecnología y la biomedicina y
resalta, en el título que nos ocupa, que "el primer elemento del
legado de Lenin que habría que reinventar es la política de la
verdad".
El palestino Edward W. Said, que vivió en el exilio de los dos
mundos a los que pertenecía, Oriente y Occidente, falleció en el
2003 y era considerado uno de los pensadores más importantes de
nuestro tiempo, en campos que abarcan la filosofía, la literatura,
la política, la música y la historia. Como indica su título, La
función pública de los escritores e intelectuales, se adentra en
ese fascinante mundo de la responsabilidad en relación con la verdad
—tan subrayado por Gramsci— y lo hace desde el revuelto panorama de
nuestros días en que la ética suele desviarse de la responsabilidad:
"¼ aun cuando Estados Unidos esté en
realidad abarrotado de intelectuales que se esfuerzan sobremanera
por ocupar con sus efusiones los medios de comunicación audiovisual,
los medios impresos y el ciberespacio, la esfera pública está tan
vinculada a cuestiones oficiales y administrativas que resulta
difícil concebir durante más de dos o tres segundos la sola idea de
que un intelectual no se vea empujado por cierta pasión por un cargo
o por la ambición de hacerse oír por alguien que ocupe un puesto de
poder. Los beneficios económicos y la fama son estímulos muy
poderosos"
En su vasto recorrido, incluso geográfico, sobre la función del
escritor y el intelectual, Said recalca que no obstante estar
controladas las principales fuentes de información por los más
poderosos, hay una energía intelectual relativamente móvil que puede
beneficiarse de las plataformas disponibles (Internet en ellas)
hasta conseguir multiplicarlas.
¿La función pública de los escritores e intelectuales? Un vasto
tema por el que se desplaza Edward W. Said, ofreciéndonos puntos de
vista como incentivos para el razonamiento¼
y una aproximación a la interrogante muy parecida a la del francés
Michel Foucault: El trabajo de un intelectual no es modular la
voluntad política de los otros; es, por los análisis que lleva a
cabo en sus dominios, volver a interrogar las evidencias y los
postulados, sacudir los hábitos, las maneras de actuar y de pensar;
disipar las familiaridades admitidas, recobrar las medidas de las
reglas y de las instituciones y, a partir de esta reproblematización
(donde el intelectual desempeña su oficio específico), participar en
la formación de una voluntad política (donde ha de desempeñar su
papel de ciudadano).