La represión abierta a sus partidarios por el ejército, una
propaganda adversa de los principales medios masivos de comunicación e
intrigas alentadas por servicios de inteligencia exteriores para
lograr alianzas de la derecha y la división de las fuerzas
progresistas, no pudieron evitar el triunfo popular de la organización
que inició en 1996 la lucha armada a favor de la República y la
justicia social.
Además, el Partido Comunista de Nepal-Unificación Marxista
Leninista (PCN-UML) no quiso llevar candidatura conjunta con los hoy
ganadores en la inmensa mayoría de los distritos.
El control de la Asamblea Constituyente deberá llevar el fin de la
monarquía que durante más de 200 años ha regido el país más pobre de
Asia. El principio sustantivo de lo que debería ser una nueva
república, tuvo lugar el 28 de diciembre último, cuando el Parlamento
nepalés la aprobó, mediante un acuerdo de 27 puntos en el que el
gobernante Congreso y otros partidos tradicionales aceptaban en su
mayor parte los planteamientos del PCN (M).
Para llegar a ello hubo que pasar por una insurrección armada
iniciada hace 12 años por los maoístas, quienes llegaron a controlar
una gran parte del país. Esto obligó al Gobierno a iniciar
conversaciones que fracasaron ante la negativa del rey Gyanendra a que
se celebraran elecciones para un Parlamento constituyente. En octubre
del 2005, la dirección del PCN (M) decidió impulsar un acuerdo con
otros partidos como el Congreso y el PCN-UML para conseguir la
abolición de la monarquía.
En abril del 2006, tras grandes manifestaciones de protesta de
todos los sectores políticos, brutalmente reprimidas por la policía,
el monarca se vio forzado a restaurar el Parlamento. Fue entonces que
una alianza política de siete partidos, sin los comunistas, formó un
nuevo Gobierno, con la intención de calmar la agitación popular, pero
ni así logró el apoyo de Estados Unidos y Gran Bretaña, que se
mostraban contrarios a la anulación de los poderes del monarca y a una
situación donde los comunistas emergieran como la principal fuerza
política.
La diplomacia norteamericana aseguró al rey que su papel
continuaría siendo central, mientras sus servicios secretos intentaban
fortalecer al Partido del Congreso, financiaban medios de comunicación
afines e impulsaban campañas de desprestigio contra el PCN (M), hasta
el punto de organizar grupos paramilitares para asesinar a dirigentes
comunistas.
La derecha no pudo conseguir sus objetivos y, tras las
movilizaciones populares y los acuerdos de los siete partidos
políticos con los maoístas, Gyanendra renunció a las funciones de jefe
de Estado.
En ese mismo 2006, la guerrilla detenía la lucha armada y se
incorporaba al Parlamento y a un gobierno provisional, mientras se
abría un periodo de transición de seis meses hasta la elección de un
legislativo constituyente.
La insurgencia confiaba en conseguir la proclamación de la
república a corto plazo, mientras arraigaba aún más su prestigio entre
los sectores más pobres de Nepal: el campesinado, los trabajadores
urbanos y las minorías étnicas.
Hace menos de un año, el secretario general y fundador en 1994 del
PCN (M) Pushpa Kamal Dahal, conocido como Prachanda, se dirigió por
primera vez públicamente a centenares de miles de personas congregadas
en Katmandú, la capital, para celebrar el inicio de la rebelión contra
la monarquía y el inicio del proceso de paz, pero no fue hasta
diciembre último que su partido, que había retirado a sus ministros,
regresó al Gobierno provisional dirigido por Girija Prasad Koirala,
luego de conseguir un compromiso sobre la creación de una república
democrática y una mayor proporcionalidad en la elección de diputados:
240 electos directamente y 335 a través de las listas presentadas por
los partidos políticos, junto a 26 nombrados por el Gobierno.
Finalmente, el 28 de diciembre pasado, el Parlamento aprobó una
enmienda constitucional por la que Nepal pasaba a ser una República,
con el voto favorable de 270 de los 329 diputados.
Aún falta mucho por hacer y enfrentar: desde las intrigas
imperialistas hasta el represivo ejército de 100 000 hombres. Pero la
amplia victoria electoral es un primer paso para crear bases de
justicia social, al tiempo que le puede dar un definitivo adiós a la
monarquía.