Tomás González a proscenio

Vida, pasión y muerte de un hombre de teatro

Pedro de la Hoz
pedro.hg@granma.cip.cu

Unos le recordarán como un dramaturgo fértil, otros como una sombra tutelar que atraviesa excelentes momentos del cine cubano, y allá en Santa Clara, o aquí en La Habana —Bobby Carcassés o Héctor Téllez— habrá quienes den testimonio de su pasión por el filin.

La enfermedad de Parkinson, agravada por una tumoración maligna, vencieron a Tomás González este último fin de semana. Ayer recibió sepultura en la Necrópolis de Colón. Había nacido 70 años atrás en Santa Clara donde desde muy joven dio muestras de una inquietud creadora que lo llevó a interesarse no solo por el teatro, sino también por la canción, las artes plásticas y las raíces de la cultura popular.

Con los renovados aires que la Revolución trajo a la cultura nacional, Tomás, ya instalado en La Habana, encauzó su vida profesional hacia la escena como actor, director y dramaturgo. Hizo estancia en el Teatro Nacional y luego dedicó años a la docencia en la formación de actores e instructores de arte. También dejó su impronta en los grupos Teatro Cubano y Teatro Latinoamericano en los setenta y más tarde como asesor del complejo cultural del teatro Mella.

Sus textos teatrales comenzaron a ser reconocidos a partir de Yago tiene filin (1962). Fue prolífico en su escritura para la escena, con títulos apreciables como Delirio y visiones de José Jacinto Milanés, El bello arte de ser y el laureado monólogo La artista desconocida.

En cuanto al cine, Tomás, como guionista, se vinculó a dos de los más reveladores filmes cubanos de la segunda mitad del siglo XX: De cierta manera, de Sara Gómez, y La última cena, de Tomás Gutiérrez Alea.

Durante los últimos tiempos, Tomás realizó una intensa labor como profesor en universidades y academias de las Islas Canarias. "Estoy cerca de África, pero no tanto como lo siento en Cuba, donde la africanía es parte de nuestra naturaleza humana", dijo en medio de la presentación de un ciclo de obras suyas publicadas en La Habana. "En Cuba nuestros ancestros cobran sentido, como solo es posible cuando se respiran estos vientos de libertad".

 

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