Quizás fue cierto. Aunque manos encubiertas tras las del chivo
expiatorio pudieron haberle cobrado a Martin Luther King por "otras
culpas".
Cuando el "sueño americano" era para los negros en Estados Unidos
uno más de los ítems segregacionistas de las leyes, Jim Crow,
el ministro de la iglesia bautista, se atrevió a imaginar el día en
que su nación viviría en el verdadero significado de la igualdad de
los hombres.
"I have a dream" (tengo un sueño), exclamó una y otra vez en su
discurso de 1963 en Washington, ante el Monumento a Lincoln y frente
a más de 200 000 hermanos de aspiraciones, congregados en reclamo de
sus derechos civiles; afroamericanos a los que las legislaciones y
"las buenas costumbres sureñas" trataban de escamotear la dignidad.
Por entonces, y a casi un siglo de abolida la esclavitud, la
discriminación "adornaba" la gran mayoría de las fachadas públicas,
legitimada por rótulos perpetuos al estilo "solo para blancos" o
"prohibida la entrada de negros". King, devenido líder del
movimiento nacional por los derechos civiles, dotó a los excluidos
de una filosofía de protesta, pacífica pero enérgica, de una
estrategia de resistencia que sus verdugos no pudieron perdonarle.
A cuarenta años de su muerte, la comunidad negra norteamericana
se debate entre anhelos pospuestos e incumplidos; y la segregación,
parapetada tras los eufemismos, adopta el camino más sutil de las
asimetrías. Mientras, desde lo onírico, la justicia social hace
guiños a las minorías para que no dejen de soñar.