No es fácil para el gobierno
de Estados Unidos el problema que le plantea la Revolución cubana,
vista desde el campo popular de América Latina. Puede Washington
alinear ‘betancures’ (*) a su lado, y así lo hace, ¿pero pueden los
‘betancures’ ya alineados, alinear también sus pueblos junto al
imperialismo?" Es Nicolás Guillén quien escribe ese concepto
revolucionario en 1962, que se aviene tanto a los tiempos que
corren, donde nuevos actores políticos y sociales en el continente
desafían a la hegemonía imperial.
El mismo Nicolás que 30 años antes a esa fecha había salido a la
palestra con la voz nueva de Motivos de son, primera estación
de un recorrido poético de extraordinario valor: Sóngoro Cosongo;
West Indies Ltd., las Elegías, El son entero y
La paloma de vuelo popular. Y qué decir de toda su obra, tan
amplia como elevada tanto en la poesía como en la prosa.
Es el intelectual al que todos querríamos parecernos para merecer
un lugar en la UNEAC que él fundó, pensó y dirigió por muchos años:
combativo, rebelde, fecundo, comprometido y fiel a la Revolución.
Miguel Barnet, presidente de la Comisión Organizadora del VII
Congreso, se ha referido a la necesidad de convertir a la
institución en un espejo cóncavo de la riqueza cultural y artística
de nuestro país, y a la importancia de una elevada función creativa
de todos sus miembros. Y evocó a Nicolás al frente del magnífico
grupo de intelectuales y artistas que dieron vida a la UNEAC.
Ningún medio, ni género o modo literario fue ajeno a la obra de
Guillén, a la hora de exteriorizar su vocación de servicio. Hace
unos días encontré un libro extraordinario en su contenido y forma,
aunque pequeño de tamaño y magro en grosor. Con él Guillén quiso
privilegiar un proyecto del entonces Historiador de la Ciudad,
Emilio Roig de Leuchsenring, bajo el rótulo de Cuadernos de la
Historia Habanera. Entonces —era 1935— escribió una biografía
excelente, tanto por la exhaustiva investigación que contiene como
en el sagaz estudio psicológico del personaje que no era otro que
Claudio Brindis de Salas, el rey de las octavas, o el Paganini
negro, "quien con José White y Díaz Albertini, fue uno de los tres
grandes violinistas dados por Cuba". Se trataba, en suma, de una
contribución para nada menor a la difusión de los valores auténticos
de nuestra cultura, que puede servir de paradigma para empeños
similares en esta época, cuando nos orienta el proyecto fidelista de
promover una cultura general e integral.
El merecido título de Poeta Nacional a veces nos hace olvidar
otras grandes vertientes intelectuales y artísticas de Nicolás
Guillén, como su perfección en el lenguaje, la fina y a veces
cáustica interpretación de las artes plásticas, sus empeños
vindicatorios de la cultura musical popular, y una impresionante
labor periodística en la que nada humano le fue ajeno.
Pero sobre todo, tengamos en cuenta, junto a su caudal poético,
su visión política y su comprensión de la historia nacional desde
nuestras raíces hasta la contemporaneidad. En su artículo
periodístico Los días de Martí escribió: "La primera
enseñanza que se desprende de esta tremenda lucha —en la que al fin
junto a los jóvenes tomó parte Cuba entera— es que nuestro pueblo, a
pesar del doble impacto de la tiranía y del imperialismo, demostró
tener un tesoro de reservas inagotables (¼
) El enemigo no se deja vencer fácilmente. La Revolución sigue en
marcha. Estamos viviendo los días que nos anunció Martí".
Hermosa premonición: estos momentos de la Patria, y de la cultura
en Congreso, deben hacernos recordar, junto a Guillén, que también
vivimos estos días bajo la advocación de nuestro Martí.
(*) Se refiere a Rómulo Betancourt, mandatario venezolano de la
época, aliado al imperialismo.