La presencia de esta última manifestación en la muestra —aún en
ese estado virginal que es la maqueta, punto de partida para la
realización definitiva en gran formato— confirmó cómo el artista
apunta hacia la consolidación del volumen como medio de
representación simbólica de la metamorfosis del ser humano sometido
a las tensiones culturales, ambientales y existenciales de nuestros
días.
Lo interesante en este caso está en observar la coherencia entre
la noción escultórica del maestro y su definición plástica, sin que
por ello pueda hablarse de la primera como una mera prolongación de
lo ya logrado dentro del dibujo y el grabado, donde se le reconoce
como uno de los más convincentes exponentes del neofigurativismo en
América Latina.
Si bien la muestra, titulada A La Habana me voy, no fue
una retrospectiva de su obra, al menos dejó ver la espiral
ascendente de desarrollo de su labor artística y dio testimonio de
cuántos valores atesora el Museo que en la capital mexicana lleva el
nombre del creador. Sin lugar a dudas, lo visto aquí obedece a una
rigurosa selección de Beatriz del Carmen Bazán, directora de la
institución y esposa del pintor, y el curador Manuel Alegría.
Como se sabe, Cuevas (1934) comenzó a adquirir notoriedad
internacional a finales de los años cincuenta con exposiciones en
Washington, Nueva York y París y al conquistar el premio de dibujo
de la Bienal de Sao Paulo de 1959. Aunque cierta zona de la crítica
ha insistido en situarlo como el reverso del realismo social de la
pintura mexicana, lo cierto es que al reflejar las angustias y
preocupaciones de sus semejantes aporta, desde ese ángulo, un
sedimento humanista.
A Cuba debe regresar nuevamente a finales de este año,
específicamente a Sagua la Grande, ciudad del norte villaclareño
donde se encontró sus raíces familiares.