Cuevas, una buena compañía

VIRGINIA ALBERDI

Ha sido una verdadera fiesta haber tenido durante estos primeros meses del 2008 a José Luis Cuevas instalado en Casa de las Américas, puesto que ha dado la posibilidad a los cubanos de admirar no solo la proverbial maestría del artista mexicano en el dibujo y el grabado, sino también de acercarnos a su original concepción de la escultura.

En gran formato, una de las piezas de la serie Animales impuros, de Cuevas, cobró vida en una plaza de Guanajuato.

La presencia de esta última manifestación en la muestra —aún en ese estado virginal que es la maqueta, punto de partida para la realización definitiva en gran formato— confirmó cómo el artista apunta hacia la consolidación del volumen como medio de representación simbólica de la metamorfosis del ser humano sometido a las tensiones culturales, ambientales y existenciales de nuestros días.

Lo interesante en este caso está en observar la coherencia entre la noción escultórica del maestro y su definición plástica, sin que por ello pueda hablarse de la primera como una mera prolongación de lo ya logrado dentro del dibujo y el grabado, donde se le reconoce como uno de los más convincentes exponentes del neofigurativismo en América Latina.

Si bien la muestra, titulada A La Habana me voy, no fue una retrospectiva de su obra, al menos dejó ver la espiral ascendente de desarrollo de su labor artística y dio testimonio de cuántos valores atesora el Museo que en la capital mexicana lleva el nombre del creador. Sin lugar a dudas, lo visto aquí obedece a una rigurosa selección de Beatriz del Carmen Bazán, directora de la institución y esposa del pintor, y el curador Manuel Alegría.

Como se sabe, Cuevas (1934) comenzó a adquirir notoriedad internacional a finales de los años cincuenta con exposiciones en Washington, Nueva York y París y al conquistar el premio de dibujo de la Bienal de Sao Paulo de 1959. Aunque cierta zona de la crítica ha insistido en situarlo como el reverso del realismo social de la pintura mexicana, lo cierto es que al reflejar las angustias y preocupaciones de sus semejantes aporta, desde ese ángulo, un sedimento humanista.

A Cuba debe regresar nuevamente a finales de este año, específicamente a Sagua la Grande, ciudad del norte villaclareño donde se encontró sus raíces familiares.

 

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