Transfiguraciones de Aute

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Aunque diga que "cada etapa de mi pintura corresponde a diversos estados anímicos" y suscriba que le interesa "bucear, utilizar medios y formas distintas", lo cierto es que la gran verdad de la obra pictórica de Luis Eduardo Aute (Manila, 1943) pasa por "su curiosidad ante el misterio y el enigma que supone la existencia del ser humano".

En efecto, es el hombre el principio y fin de cada una de las composiciones que desde el jueves exhibe el Edificio de Arte Universal del habanero Museo Nacional de Bellas Artes bajo el título Transfiguraciones, la más completa retrospectiva del artista realizada fuera de España.

Se siente a lo largo de su evolución el mismo tiempo de curiosidad con que sus compatriotas Goya y Velázquez —dos influencias inevitables— sondearon al alma humana, a partir de no considerar la espiritualidad en abstracto, sino vinculada a los ardores existenciales de su época.

Tal vez esto explique cómo, a medida que transcurrieron los años, Aute se ha ido despojando del color y enfoca con mayor perspectiva y profundidad rostros y gestos, como para acentuar la densidad de los conflictos y hacer más tensa la relación entre el espectador y la obra, ya sea a través de una angustiosa apelación o desde esa zona erótica que cultiva con desgarradora fruición.

Quienes gustan de las etiquetas, seguramente querrán encasillar a Aute en las márgenes del neoexpresionismo. Pero, cuidado, porque nada más alejado de la estética de Die Neuen Wilden (los nuevos salvajes) alemanes al estilo de Baselitz y Lüpèrtz, y de la llamada New Image Painting que catapultó en los Estados Unidos de los setenta a Julian Schnabel, Jonathan Borofsky y Robert Longo. La vinculación expresionista de Aute habría que buscarla como mera referencia en el principio de su ejercicio pictórico en los comienzos de los sesenta y, más que todo, en su articulación con la tradición moderna española, la que parte de Goya y se extrema en el cercano Antonio Saura.

En Bellas Artes también se pueden ver esculturas fieles al cariz figurativo de Aute, y en una en particular aflora el principio constructivo de Marcel Duchamp, otro de los ángeles guardianes del autor.

Si se quiere resumir su experiencia, nada mejor que unas palabras dichas por el poeta Félix Grande, quien por cierto ganó en 1967 el Premio Casa de las Américas con Blanco Spirituals, poemario que formó parte de nuestras lecturas de juventud: "Desesperado y generoso, agrietado y fraterno, tentacular y prójimo, Aute es un artista arquetípico de la modernidad comprometida, esa modernidad que establece que un creador de nuestro tiempo es un sobreviviente desgarrado. En ese pavimento trágico es donde Aute desarrolla su libertad".

 

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