Historia del cerco de Lisboa

FABIÁN ALFONSO

La extraordinaria garra narrativa, no exenta de densidad ni de determinados acentos prolijos, vuelve a asomarse para el lector cubano en Historia del cerco de Lisboa, del Premio Nobel portugués José Saramago, novela que ingresó este año en el catálogo de la editorial Arte y Literatura, del Instituto Cubano del Libro.

José Saramago.

No caben dudas acerca de la eficacia de la estructura de esta novela, escrita en 1989 y dispuesta a manera de círculos concéntricos a partir de la experiencia de su protagonista, el redactor editorial Raimundo Silva, que viola por una vez la misión de conservar íntegramente la sintaxis de los textos que pasan ante sus ojos.

Esa intromisión desata una trama apasionante, en la que se cuestionan las verdades históricas establecidas y se derrumba, de algún modo, el muro de los convencionalismos con que se suele encerrar muchas veces el pasado.

Junto a estas disquisiciones, la novela es también una indagación acerca del vía crucis de la pasión amorosa, en este caso el tránsito de lo imposible a lo posible en la relación entre Raimundo y María Sara, que se da en el tiempo presente, y la del soldado Mogueime y la hermosa Ourana. El paralelismo entre ambas relaciones es uno de los logros más llamativos del relato.

Otros valores ostensibles son aquellos relacionados con la descripción de la ciudad y con el juego entre la historia propiamente dicha y la especulación ficcional. Este último procedimiento se hizo luego común en otras obras de Saramago como Ensayo sobre la ceguera y El Evangelio según Jesús, a disposición también del lector cubano.

En una oportunidad, Saramago, explicó su gusto por asumir la novela histórica desde una perspectiva diferente al canon literario occidental. "En casi todas las novelas me dedico de una forma u otra —dijo— a meditar sobre el error, compañero constante de los hombres". Esa intención se exterioriza en Historia del cerco de Lisboa. Pero, al mismo tiempo, trasciende su fe en la salvación del hombre por sí mismo, en tanto ser hecho a luchar contra los más tenaces obstáculos.

En el orden estilístico nos encontramos con un Saramago que le presta oídos a la cadencia del lenguaje, que ha sabido encontrar los hiatos de la respiración para dar cuerpo a un texto al que es consustancial cierto barroquismo. Sin embargo, ello se expresa con tal naturalidad en su integración a la trama, que el lector no halla reposo ni pierde interés en el seguimiento del relato. He ahí una de las claves de la maestría de un escritor que nos seduce tanto por la honestidad de sus planteamientos como por su escritura.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir