No caben dudas acerca de la eficacia de la estructura de esta
novela, escrita en 1989 y dispuesta a manera de círculos
concéntricos a partir de la experiencia de su protagonista, el
redactor editorial Raimundo Silva, que viola por una vez la misión
de conservar íntegramente la sintaxis de los textos que pasan ante
sus ojos.
Esa intromisión desata una trama apasionante, en la que se
cuestionan las verdades históricas establecidas y se derrumba, de
algún modo, el muro de los convencionalismos con que se suele
encerrar muchas veces el pasado.
Junto a estas disquisiciones, la novela es también una indagación
acerca del vía crucis de la pasión amorosa, en este caso el tránsito
de lo imposible a lo posible en la relación entre Raimundo y María
Sara, que se da en el tiempo presente, y la del soldado Mogueime y
la hermosa Ourana. El paralelismo entre ambas relaciones es uno de
los logros más llamativos del relato.
Otros valores ostensibles son aquellos relacionados con la
descripción de la ciudad y con el juego entre la historia
propiamente dicha y la especulación ficcional. Este último
procedimiento se hizo luego común en otras obras de Saramago como
Ensayo sobre la ceguera y El Evangelio según Jesús, a
disposición también del lector cubano.
En una oportunidad, Saramago, explicó su gusto por asumir la
novela histórica desde una perspectiva diferente al canon literario
occidental. "En casi todas las novelas me dedico de una forma u otra
—dijo— a meditar sobre el error, compañero constante de los
hombres". Esa intención se exterioriza en Historia del cerco de
Lisboa. Pero, al mismo tiempo, trasciende su fe en la salvación
del hombre por sí mismo, en tanto ser hecho a luchar contra los más
tenaces obstáculos.
En el orden estilístico nos encontramos con un Saramago que le
presta oídos a la cadencia del lenguaje, que ha sabido encontrar los
hiatos de la respiración para dar cuerpo a un texto al que es
consustancial cierto barroquismo. Sin embargo, ello se expresa con
tal naturalidad en su integración a la trama, que el lector no halla
reposo ni pierde interés en el seguimiento del relato. He ahí una de
las claves de la maestría de un escritor que nos seduce tanto por la
honestidad de sus planteamientos como por su escritura.