Un cubano en Salzburgo

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

En medio de este último invierno, un cubano llegó a Salzburgo con una ofrenda en sus manos.

Ulises Hernández, quizá el pianista más audaz y aventurado de su generación, presentó en el Mozarteum, institución austriaca que atesora y promueve la obra del indiscutido genio de la escuela clásica europea, un estuche de tres discos, editados por el sello Colibrí, donde quedó registrada la totalidad de la producción pianística solista de quien inauguró un estilo reconocible y perdurable a escala universal.

Son tantos los homenajes a Mozart que la casa museo apenas da cabida a una parte de ellos. Ya el solo hecho de acceder a una presentación en el santuario salzburgués denota respeto. Pero ese día, coincidiendo con el aniversario del natalicio de Wolfgang Amadeus, sucedió algo singular: no solo estaban presentes las máximas autoridades de la ciudad y los organizadores de los festivales que hacen de ese lugar una meca internacional de la música de concierto, sino que literalmente volaron los ejemplares puestos a disposición de un público.

El crítico de arte vienés Werner Esemblum acotó al respecto: "No hay en los últimos tiempos precedentes de tanta avidez por adquirir una grabación mozartiana. Que se hayan agotado los ejemplares que Cuba trajo hasta aquí es índice de dos cosas: la sorpresa ante la calidad del material reunido y el hecho de que haya provenido de un país al que se le conoce por la salsa y sin embargo tiene grandes logros académicos".

Johannes Honsig-Erlenburg, presidente de la Fundación Mozarteum, había dado en la diana. Meses atrás, en una acción conjunta de la Oficina del Historiador de la capital cubana y de la Embajada de Austria en La Habana, había viajado a la Isla para inaugurar el monumento que la ciudad de Salzburgo donó para ser instalado en la casa de Carmen Montilla, frente a la Basílica Menor de San Francisco de Asís, a la vera de la Avenida del Puerto.

En esa ocasión supo cómo a lo largo de un año, un grupo de músicos cubanos, liderados por Ulises Hernández, se había propuesto, por primera vez en la Isla, repasar las 26 sonatas y fantasías escritas para piano por Mozart, hazaña que fue grabada en audio y video por Producciones Colibrí, bajo la dirección ejecutiva de Marta Bonet.

A un conocedor como Honsig-Erlenburg le llamó la atención esta empresa. En aquella oportunidad, este cronista le arrancó una confesión: "En formato de DVD esto es primera vez que se hace en el mundo. No tengo noticias de algún antecedente. Los fieles de Mozart deben conocer esta noticia".

Pero lo extraordinario de este caso no pasa solamente por la novedad del hecho, sino por los resultados artísticos. Sin perder de vista (ni de oído) las aportaciones individuales lo conseguido por Víctor Rodríguez, Ulises Hernández, Ileana Bautista, Roberto Urbay, Elvira Santiago, María Victoria del Collado, Marita Rodríguez, Pedro Rodríguez, Yanet Bermúdez, Leonardo Gell, Fidel Leal —registrados con fidelidad profesional en vivo por Julio Pulido y Argeo Roque en el 2006 en el Amadeo Roldán y la Basílica y con la eficaz puesta en imágenes de René Arencibia—, la producción Mozart en La Habana denota el fundamento de un ejercicio artístico y pedagógico de alto vuelo, que para suerte nuestra respira el aire de la creación colectiva y marca la pauta de una regla y no de una excepción.

Ulises fue el abanderado. A Mozart le puso de compañía a nuestro Cervantes en el recital de presentación. Pero junto a él estaban una escuela, una política cultural y la vocación universal de nuestra cubanía.

 

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