Entre
las iconografías reconocibles y perdurables de las artes visuales
cubanas de los últimos lustros, se halla indiscutiblemente la que ha
ido forjando Cosme Proenza (Holguín, 1947). Una nueva prueba de ello
se tiene cuando se recorren las paredes de la Galería Villa Manuela,
en la sede capitalina de la UNEAC, donde el artista despliega los
trazos de Divertimentos, parte de su más reciente creación.
Las pinturas y dibujos de Cosme seducen e inquietan; la pupila
del espectador queda atrapada por la explícita profusión de la línea
y el volumen y, a la vez, se sobrecoge por el poderoso impacto de la
figuración.
Ambos resultados, fundidos en imágenes capaces de perseverar en
la memoria más allá de la huella inicial que dejan en la retina,
tienen muchísimo que ver con la significación con que el artista
trabaja la alegoría como metáfora visual.
De la mística al mito se nos van revelando las zonas de culto de
un fabulador que ha sabido encontrar nuevas rutas para la
interpretación de temas universales, consagrados por la Historia del
Arte y por la experiencia humana más común.
Al desafiar la escala de la percepción humana, Cosme, esta vez
distante de los vasos comunicantes que lo relacionaban con la
herencia de El Bosco, nos propone otro tipo de compromiso con la
creación.
A fin de cuentas, sus composiciones rezumen un barroquismo más
cercano al Aleijadinho —en actitud, no en la forma— que al arte
ornamental europeo de los siglos XVII y XVIII: la luminosidad y la
franqueza en la exposición de los motivos en Cosme no comulgan con
el tenebrismo de Caravaggio ni con los perturbadores personajes
retratados por José de Ribera.
Por momentos, Cosme puede resultarnos suntuoso, pero nunca
descolocado ni falso. En una entrevista, le escuché declarar su
fidelidad a "esa desmesura de imágenes, esas posibilidades infinitas
de decir cosas y de recrearte muchos mundos paralelos". Esa es una
de sus conquistas.