Como en la superficie de la luna

MICHEL HERNÁNDEZ
michelher@granma.cip.cu

Foto: YORDANKA ALMAGUERKarmarouge aterrizó en los Jardines de La Tropical con una mezcla de trepidantes beats del más amplio driving minimal techno, capaz de generar electricidad para toda una ciudad. Y, por supuesto, derritió los huesos de los seguidores de la música electrónica que bailaron hasta avanzada la madrugada.

Casi las 10:00 p.m. y las tribus juveniles que se desplazan por la Avenida 51, poco (o nada) saben del DJ que responde a un alias tan enigmático como Karmarouge, digno de cualquier película de ciencia ficción.

Sin embargo, cuando Gabriel Ananda (su verdadero nombre)— con un sorprendente parecido al Kurt Cobain de los primeros tiempos y admirador del líder de Nirvana desde la adolescencia—, levantó las manos en medio de la profundidad de la noche y empezó a pinchar las primeras dosis de techno creativo y poliédrico, logró convertir al público, unas cientos de personas, en feligreses de la electrónica, haciendo honor a su categoría de "estrella de culto" de la música centroeuropea.

Y como buen juglar mesiánico, los libró de todo mal a través de un viaje hacia el interior de su filosofía experimental, repartida en más de una veintena de maxis editados en apenas tres años y plena de sonidos urbanos de las grandes metrópolis, en los cuales habitan afinidades conceptuales con intérpretes como el compositor estadounidense Stephen Michael Reich, padre del minimalismo, Jeff Mills, Armand van Helden, Kraftwerk o Joey Beltram cuando dejó con la boca abierta a más de uno con los ritmos incisivos de sus discos Places y Close Grind.

Enviado de la cultura alemana (vía Instituto Goethe) al XII Festival de Música Electroacústica Primavera en La Habana —evento que todavía no alcanza la atención que merece—, Ananda, quizás consciente de la responsabilidad que pendía sobre sus espaldas, lanzó ráfagas de disparos hipnóticos desde su altar, creados a su imagen y semejanza, y utilizó su osadía sonora para mover los hilos de un público que respondía tan eficazmente como los platos bajo sus manos y cuyos aceites corporales dejaron la pista semejante a la superficie de la luna. Lo más cercano a una fiesta rave (masivas concentraciones de amantes de la música electroacústica).

Y algunos hasta celebran la llegada de cada nuevo tema a modo de un gol de su equipo favorito. Y claro, agitaban sus cuerpos como cualquier delantero brasileño tras perforar la portería rival.

Pero aunque el diseño del espectáculo —respaldado por una pantalla gigante que estimulaba los sentidos (y los cuerpos), mediante una sensual imaginería cósmica—, nunca renunció a enseñar su costado más bailable al estilo de un mini-festival de música techno, el alemán dio cátedra también en el manejo de la línea menos electrónica y mistificada. Porque en este tipo de set, tal como en los asuntos de la propia vida, los silencios a veces dicen más que los sonidos y las palabras. Y eso él lo sabe.

Luego de casi tres horas de bailar al son de los ritmos que circulan en el subsuelo del pentagrama, el ejército de muchachos y muchachas empezaba a sufrir las consecuencias del agotamiento .

Pero Karmarouge todavía sonaba en el fondo, empeñado en entregar la pista cargada de energía para la sesión de los DJs locales ese mismo día, ocho horas después. Las dos de la madrugada y ya La Habana dormía como un bebé.

 

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