Karmarouge
aterrizó en los Jardines de La Tropical con una mezcla de
trepidantes beats del más amplio driving minimal techno,
capaz de generar electricidad para toda una ciudad. Y, por supuesto,
derritió los huesos de los seguidores de la música electrónica que
bailaron hasta avanzada la madrugada.
Casi las 10:00 p.m. y las tribus juveniles que se desplazan por
la Avenida 51, poco (o nada) saben del DJ que responde a un alias
tan enigmático como Karmarouge, digno de cualquier película de
ciencia ficción.
Sin embargo, cuando Gabriel Ananda (su verdadero nombre)— con un
sorprendente parecido al Kurt Cobain de los primeros tiempos y
admirador del líder de Nirvana desde la adolescencia—, levantó las
manos en medio de la profundidad de la noche y empezó a pinchar las
primeras dosis de techno creativo y poliédrico, logró
convertir al público, unas cientos de personas, en feligreses de la
electrónica, haciendo honor a su categoría de "estrella de culto" de
la música centroeuropea.
Y como buen juglar mesiánico, los libró de todo mal a través de
un viaje hacia el interior de su filosofía experimental, repartida
en más de una veintena de maxis editados en apenas tres años y plena
de sonidos urbanos de las grandes metrópolis, en los cuales habitan
afinidades conceptuales con intérpretes como el compositor
estadounidense Stephen Michael Reich, padre del minimalismo, Jeff
Mills, Armand van Helden, Kraftwerk o Joey Beltram cuando dejó con
la boca abierta a más de uno con los ritmos incisivos de sus discos
Places y Close Grind.
Enviado de la cultura alemana (vía Instituto Goethe) al XII
Festival de Música Electroacústica Primavera en La Habana —evento
que todavía no alcanza la atención que merece—, Ananda, quizás
consciente de la responsabilidad que pendía sobre sus espaldas,
lanzó ráfagas de disparos hipnóticos desde su altar, creados a su
imagen y semejanza, y utilizó su osadía sonora para mover los hilos
de un público que respondía tan eficazmente como los platos bajo sus
manos y cuyos aceites corporales dejaron la pista semejante a la
superficie de la luna. Lo más cercano a una fiesta rave
(masivas concentraciones de amantes de la música electroacústica).
Y algunos hasta celebran la llegada de cada nuevo tema a modo de
un gol de su equipo favorito. Y claro, agitaban sus cuerpos como
cualquier delantero brasileño tras perforar la portería rival.
Pero aunque el diseño del espectáculo —respaldado por una
pantalla gigante que estimulaba los sentidos (y los cuerpos),
mediante una sensual imaginería cósmica—, nunca renunció a enseñar
su costado más bailable al estilo de un mini-festival de música
techno, el alemán dio cátedra también en el manejo de la línea
menos electrónica y mistificada. Porque en este tipo de set, tal
como en los asuntos de la propia vida, los silencios a veces dicen
más que los sonidos y las palabras. Y eso él lo sabe.
Luego de casi tres horas de bailar al son de los ritmos que
circulan en el subsuelo del pentagrama, el ejército de muchachos y
muchachas empezaba a sufrir las consecuencias del agotamiento .
Pero Karmarouge todavía sonaba en el fondo, empeñado en entregar
la pista cargada de energía para la sesión de los DJs locales ese
mismo día, ocho horas después. Las dos de la madrugada y ya La
Habana dormía como un bebé.