A Psicosis se le puede considerar como el pistoletazo de
arrancada de una carrera plagada de esas historias y que terminaría
convirtiendo al psicópata criminal en un verdadero género
cinematográfico, hoy día desbordado.
Norman Bates asesinaba principalmente a las mujeres objetos de
sus deseos. Pero con los años el móvil agresor iría cambiando. En
los setenta predominaron las víctimas jóvenes de ambos sexos. En los
ochenta, con la vuelta a un reinado conservador, llegan los enfermos
mentales empeñados en destruir la placidez del hogar. El mejor
ejemplo sea quizá Atracción fatal (1987), en la que el
personaje de Michael Douglas pagaba caro el "salirse del plato"
frente a una devoradora Glenn Close.
En los años noventa explota el asesino en serie, ese serial
killer que se convierte en un favorito de la taquilla a partir
de un fundamento sexual. Son los tiempos del thriller erótico al
estilo de Instinto Básico, de Paul Verhoeven, y también de
historias más empeñadas en dilucidar las motivaciones mentales del
asesino, que en ocuparse de sus pobres víctimas. ¿Quién no recuerda
el Hannibal Lecter de Anthony Kopkins en El silencio de los
corderos?
Cuarenta años de psicópatas en el cine hasta que en esta vuelta a
la esquina del XXI el tema, a juzgar por su peso numérico en
pantalla, se convierte en una verdadera obstinación, pero por
primera vez con unos ribetes que parecen responder a un escenario
socio político de trascendencia mundial.
El horror y el mal encarnándose en una serie de personajes
antihéroes (¿o acaso una nueva variante del héroe?): Daniel Day
Lewis en Petróleo sangriento, Javier Bardem en Sin lugar
para los débiles (ambos ganadores del Oscar de este año) los
soldados trastornados de Brian de Palma en Redacted, Johny
Deep convertido en un carnicero vengador¼
y mucha otras que evitan a todo trance el dibujo del superhombre
inmaculado, tan ajeno a los días sangrientos que se viven.
Para Jonathan Rosenbaum --prestigioso crítico de cine
norteamericano y autor de un excelente libro donde se demuestra por
qué Hollywood evita a todo trance que en Estados Unidos se conozcan
comercialmente películas con estéticas renovadoras— esta marea de
asesinos psicópatas se entrelaza con el escenario bélico actual, y
recuerda él cómo la salida de Hannibal (el caníbal) Lecter coincidió
con la primera guerra en Irak.
Otro especialista del medio, Jim Hoberman, saca a relucir una
buena cuota de ironía al señalar que no debe ser casualidad que
tanto Petróleo sangriento como Sin lugar para los débiles
se rodaran en el mid-Texas, "la tierra de Bush".
Y pone sobre el tapete una tesis digna de ser pensada: ¿Estarán
esos asesinos de la pantalla deseosos de proclamar el desasosiego y
la inquietud de un país sumido en violentas tensiones sociales y
políticas?
O lo que resulta muy parecido: ¿Será acaso que nos encontramos
ante el síntoma de una Norteamérica desorientada, de una sociedad
que en su afán de exponerse mediante el cine encuentra en la figura
del psicópata un portavoz del vacío moral que corroe sus cimientos?