Al
sur del occidente, la tierra arde. Debajo, el tizón oculto lentamente
cambia el color de la leña dispuesta en pináculos. El vapor brota y la
vara husmea. Varios días¼ la vigilia¼
el fuego fallece. Aire con olor a salitre y rastrillo en mano logran
dar la estocada final. El carbonero, fiel guardián de su horno,
comienza nuevamente su pequeño volcán.
Así han sido los días de Yosvany García en las zonas intrincadas de
la costa sur pinareña, del municipio Sandino. Durante 15 años esta
rutina lo ha hecho experto. Pero él añadió entrega y amor, y del
anonimato certero del bosque llegó a convertirse en el mejor carbonero
del país.
En el 2007 logró aportar 5 400 sacos de carbón. Detrás de esa
hazaña, incontables días de horno asoman y obligan a Yosvany al
recuento. Oyéndolo, sus 30 años de edad parecen multiplicados por
tres, de tanta maña y pericia.
"A los 15 ya yo andaba por los montes haciendo carbón. Estuve
trabajando hasta en la punta de San Antonio. ahora lo hago a unos 50
kilómetros de la casa, y me paso hasta un mes sin ir a ver a mi mujer
y a los hijos. Ellos están adaptados a verme poco, saben que ir a la
casa es descuidar el horno y eso me pone impaciente".
Dicho de esa forma pareciera un capricho o una costumbre de Yosvany
el apego a su madera quemada. Mas él habla de peligros e
imprescindibles cuidados.
"Debo pasar noches en vela porque el horno da ‘cañonazos’ y esos
palos encendidos me pueden quemar, llegar lejos e incendiar el monte.
También te puede dar una ‘boca’ y si se te hace un hueco arriba y el
aire penetra, se quema demasiado la leña. Al taparlo, si tiene fuerza,
hasta da cañonazos, y si te coge arriba del horno esa candela¼
"
Por eso Yosvany cuando duerme, tiene un sueño ligero. Aunque
asegura que solo lo hace de día y en pequeños ratos. El tiempo que
queda nunca resulta demasiado porque siempre encuentra algo que hacer.
Su vida allí es sencilla: piso de tierra, paredes de madera y techo
de fibrocén. El agua le llega en pipas y además de carbonero, devino
cocinero de los alimentos que la empresa forestal le garantiza. El
silencio lo acompaña.
Pero la soledad de las brasas no ha convertido a Yosvany en un
hombre aislado. En su barrio, allá por las cercanías de la comunidad
Manuel Lazo, la gente lo aprecia y nunca se ha sentido diferente por
ser carbonero, desempeño de muchos por allí.
"Una que otra vez, alguien se arrima y paso un rato agradable allá
en el monte, aunque hace como tres meses tengo un compañero de trabajo
y compartimos las horas. La cosa se complica en ocasiones porque falla
el transporte, o el combustible, o nos paramos por la madera. Si no
fuera por eso yo hiciera más carbón".
Y Yosvany García no parece desfallecer. Anhela más leña en el fuego
y se resiste a descansar. Sus vacaciones fueron "forzadas" y da
gracias porque nunca se enferma. Lo agradece más por la madera que ha
de ennegrecer, que por sí mismo.
No es un hombre extraño. Simplemente ama su labor, más allá de
beneficios monetarios que no siempre existieron.
Para él, "la vida del carbonero no es fácil, pero tampoco difícil".
Sabe que los días de horno trascurren lentos, pero él aviva su llama y
los hace más intensos.