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El asalto al cuartel de Mayarí Arriba
Fragmentos del relato del entonces teniente del
Ejército Rebelde Raúl Menéndez Tomassevich
Salimos
del campamento de Joturo el 3 de marzo de 1958 por la noche. Se
imponía dejar varios compañeros que custodiaran a un policía apodado
Tigre —a quien habíamos capturado días antes—, y que
permaneciera en el campamento para evitar sorpresas al regreso.
Nuestra fuerza, al salir de Joturo rumbo al objetivo del ataque,
era la de un pelotón formado por cuatro escuadras de siete a ocho
hombres cada una. Yo con el grado de teniente era el jefe; mi segundo
al mando era Armando Venzant, con el grado de sargento, y los jefes de
escuadras eran Michel, Waldemar, Miguel Ramos y Fernando Curí. En
total éramos 34.
El recorrido lo hacíamos a pie. Después de atravesar la Loma de la
Salchicha, llegamos a la Ensenada, donde nos sorprendió el día y
tuvimos que ocultarnos en una nave destinada a almacén de café.
Estuvimos todo el día amontonados entre aquellas paredes, con un calor
insoportable y sacando paciencia para esperar las sombras de la noche.
Habíamos tomado precauciones para no ser sorprendidos y situamos
postas convenientemente hasta el oscurecer, en que partimos de nuevo
para llegar a Loma Blanca a eso de las diez.
Tomamos un camión en este punto, pero no nos conduciría por mucho
tiempo porque lo tuvimos que dejar en el arroyo de Seboruco al
presentársele varios desperfectos. Había que ganar tiempo y seguimos a
pie hasta la casa de Chicho Cardero; quien tenía una zapa de seis
ruedas; le pedimos nos entregara el citado vehículo, y Chicho,
previendo justificadamente que después que nos lleváramos la zapa
vendría el ejército a detenerlo e interrogarlo, planteó que le
permitiéramos decir que el carro le había sido ocupado por la fuerza.
Nosotros accedimos a la petición.
Seguimos en la zapa, que conducía Antonio Botey, "Chiquitín", y nos
dirigimos a un punto entre San Benito y Mayarí arriba, donde debíamos
recoger al Gallego Barreras, miembro de nuestra tropa, que había sido
enviado por nosotros a indagar con algunas familias simpatizantes con
nuestra causa y que él conocía datos exactos del número de soldados
destacados en el cuartel, cómo y dónde situaban las postas, etcétera.
Fuimos con el Gallego a la primera casa, y la familia no pudo
darnos informes al conocer lo que nos interesaba; decidimos ir a
preguntar a otros vecinos y cada vez eran más contradictorios los
informes: unos decían que el número de soldados era aproximadamente de
cien; otros que no pasaban de quince. Alguien de los vecinos me dijo
que en días anteriores había descendido un avión de transporte para
dejar refuerzos.
En vista de la diversidad peligrosa de datos y, sobre todo, el
tiempo que nos tomaban tantas averiguaciones cuando el día nos venía
encima por la posibilidad de que aviones de la tiranía merodearan la
zona y dieran al traste con nuestros planes, decidí atacar el cuartel.
El camino por donde íbamos era poco frecuentado por este tipo de
vehículo a tan temprana hora y, además, por ese rumbo entraríamos de
costado al cuartel, desde donde nos divisarían perfectamente. Por
tanto dimos marcha atrás para tomar por el camino de San Benito al
"Camino del Puerto" y así entrar por la curva en el paso del río
Mayarí.
EL ATAQUE
La zapa estaba cubierta a los lados con la lona y hojas de
plátanos. Sentados en la parte de atrás, completamente ocultos para no
ser vistos, estaban todos los compañeros, excepto Chiquitín —que
conducía el vehículo.
La señal para el ataque sería un pitazo de claxon. Seguidamente yo
haría los primeros disparos. Se proyectaría la zapa contra la entrada
del cuartel. todos los hombres, sincronizadamente, dispararían y, de
acuerdo con las misiones de cada escuadra irrumpiríamos en el interior
por el frente y por los lados del cuartel.
Justamente al tomar la curva, por el río, divisamos la bandera del
4 de septiembre ondeando en una de las astas de la casa de madera que
servía de cuartel. Yo conocía el lugar simplemente por el croquis que
había hecho para dirigir el ataque. En las proximidades se levantaba
un caserío y en derredor del portal del cuartel unos bajos muros
cubiertos con sacos de arena eran las trincheras levantadas por el
enemigo. Apreciamos que estaban allí el soldado de posta y el
sargento-jefe del puesto. Este último ostentaba medalla de buen
tirador.
A menos de 300 metros, cuando ya la zapa estaba enfilada de frente
por el camino, los guardias miraron hacia el carro, pero no expresaron
sospecha alguna, puesto que estaba camuflado de manera que pareciera
estar cargado de viandas.
Llegamos frente a la puerta. Chiquitín apretó el claxon y lanzó la
zapa contra la entrada; en fracciones de segundo hice los primeros
disparos que fueron seguidos de los que hicieron los demás compañeros,
quienes, como un solo hombre, pusieron pie en tierra.
Con los primeros disparos fueron heridos el sargento y el soldado,
que dispararon hacia la zapa. Una de las balas alcanzó en la frente a
nuestro compañero Gilberto Domínguez, que quedó instantáneamente
muerto.
Todos nuestros compañeros, bisoños en el combate, enardecidos,
disparaban aunque no todos lo hacían con éxito, pues de los
mosquetones solo tres fueron efectivos a ratos. Una bala rozó mi labio
superior. Fue una herida leve. Los guardias se lanzaban en
calzoncillos hacia el patio en busca de la manigua, y como los fusiles
estaban deficientes no pudimos hacer mayor número de bajas en las
filas enemigas que en su huida se ponían a buen blanco de nuestros
compañeros.
Verde Olivo, 15 de marzo de 1964. |