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La reciente escalada israelí contra la Franja de Gaza, que dejó más
de 450 muertos y heridos palestinos, echó por tierra la llamada
conferencia internacional de paz de Annapolis.
Para los que allí acudieron, el 27 de noviembre pasado, era una
nueva oportunidad de encontrar una solución a uno de los más
extendidos conflictos internacionales de la era moderna, pese al
descrédito de eventos similares anteriores.
La cita, convocada, promovida y organizada por Estados Unidos,
despertó esperanzas, pero fueron muchos más los escépticos, que
creyeron que Washington y su socio Israel tenían más fines espurios
que voluntad política para resolver el enmarañado problema.
A todo bombo y platillo terminó la reunión con el compromiso de
israelíes y palestinos de relanzar las negociaciones de paz apenas
días después del cierre del encuentro, y alcanzar acuerdos antes de
finalizar el 2008.
El primer ministro de Israel, Ehud Olmert, el presidente
palestino, Mahmoud Abbas, y el mandatario estadounidense, George W.
Bush, sostenidos de las manos y amplias sonrisas, posaron en una
instantánea que recorrió el mundo como un presunta mensaje de paz.
La conferencia abrió interrogantes en torno a la adopción de
decisiones de cómo implementar mecanismos que conduzcan a romper la
madeja de entuertos que atenazan al pueblo palestino en los últimos
60 años y que Israel ha sido remiso a solucionar.
Resolver asuntos como la creación de un estado palestino
independiente, el status de Jerusalén, el regreso de los refugiados,
la definición de las fronteras, la disolución de los asentamientos,
el agua, la seguridad y otros, son esenciales para avanzar.
Pero antes, Tel Aviv debía cesar la ocupación de los territorios
palestinos, la construcción del muro segregacionista que se expande
a lo largo de Cisjordania, terminar con el asedio económico a la
Franja de Gaza y liberar la totalidad de los miles de prisioneros.
Solucionar tales objetivos constituye una carga de mucho peso
para los israelíes, por lo que desde los primeros momentos
comenzaron a torpedear las reuniones entre los equipos negociadores
sin que hasta la fecha se haya obtenido resultado alguno.
Los acontecimientos devenidos durante y después de Annapolis
dejaron al descubierto la falsedad y el juego político de Estados
Unidos e Israel en la ciudad norteamericana.
Contrario a lo pactado allí, Tel Aviv licitó la construcción de
nuevas viviendas en los asentamientos de la ocupada Cisjordania,
arreció el bloqueo y las medidas de restricciones, e incrementó las
agresiones terrestres y aéreas contra la Franja.
Washington, por su parte, continuó con su política de apoyo
incondicional a su aliado e impidió nuevas resoluciones
condenatorias en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, por su
criminal asedio económico y de cerco.
En medio de ese panorama, los grupos de la resistencia palestina,
apelando al derecho de autodefensa, prosiguieron los disparos de
cohetes hacia los territorios israelíes de Netivot y Sderot, en el
sur, donde el miércoles último murió un hombre de 42 años.
La muerte del ciudadano israelí despertó la furia de las Fuerzas
de Defensa de Israel (FDI), y fue usado como justificación para dar
la orden de arrasar con la depauperada autonomía de 1,5 millones de
habitantes.
En apenas seis días de intensos ataques aéreos y de artillería
112 palestinos perdieron la vida, entre ellos 17 niños, uno de
apenas seis meses, y más de 300 sufrieron heridas, a la par que
fueron bombardeadas instalaciones hospitalarias y oficinas de Hamas.
El pasado sábado ocurrió la embestida más violenta de los últimos
ocho años al morir 54 palestinos y decenas resultar heridas, a la
par que dos militares israelíes caían también en los combates.
Ante los acontecimientos, el presidente de la Autoridad Nacional
Palestina, Mahmoud Abbas, responsabilizó a Israel por la ruptura del
proceso de paz y puso fin a todo contacto hasta tanto no se suspenda
la agresión, afirmó ayer su portavoz, Nabil Abu Rudeina.
Este lunes, las FDI se replegaron de Gaza con el argumento de que
detuvo el lanzamiento de cohetes contra su territorio, mientras
entre los residentes prevalecía la opinión de que los invasores
fueron derrotados.
La amenaza y el peligro del uso desproporcionado de la fuerza,
sin embargo, penden como espada de Damocles sobre la Franja en las
palabras de Olmert, quien el domingo en una reunión del gabinete
dijo que no detendrá las operaciones.
Seré claro, no tenemos intenciones de detener la lucha y
actuaremos de acuerdo con el plan diseñado por el gobierno con las
fechas y la intensidad que nosotros decidamos, manifestó.