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Guatemala Tras
los archivos de la muerte
ORLANDO ORAMAS LEÓN
Once años después de la firma de los acuerdos de paz en Guatemala,
el nuevo presidente Álvaro Colom decide abrir e investigar los
archivos militares, cual condición, afirma, para lograr una
conciliación que el cese del conflicto armado no ha conseguido.
Los
responsables de las masacres gozan de impunidad.
A primera vista esa decisión, anunciada durante el acto por el Día
Nacional de la Dignificación de las víctimas de aquella sangrienta
contienda, resulta valiente y loable, aunque no faltan escépticos que
la consideran poco viable.
La disposición de Colom de abrir los archivos de las hasta ahora
intocables fuerzas armadas, provoca reacciones positivas en la
sociedad guatemalteca, también rechazo de sectores oligárquicos y
militares, y declaraciones de prepotencia de algunos de los presuntos
implicados en aquellos crímenes.
Al respecto Granma conversó con Celso Humberto Morales,
secretario general adjunto de la ex guerrillera Unidad Revolucionaria
Nacional Guatemalteca (URNG), partido político que intenta, en
difíciles condiciones de inserción, conformar un frente político
social de izquierda, en favor de cambios estructurales y el
cumplimiento de los acuerdos de paz.
A Morales le conocí en aquellos días de guerra, cuando se
identificaba como el Comandante Tomás, y era el segundo jefe del
Ejército Guerrillero de los Pobres, una de las cuatro organizaciones
revolucionarias que conformaron y se unieron en la URNG.
El
Secretario General adjunto de la URNG afirma que han tenido tiempo
para destruir los archivos.
Fue un combatiente que confrontó de primera mano la represión y
política de tierra arrasada de gobiernos militares responsables de la
mayor parte de las muertes y desapariciones, cifradas en un cuarto de
millón de personas. De ahí que Morales resulte una fuente de consulta
sobre el tema:
"Es muy importante esa declaración del Presidente —opinó—, porque
esos archivos deberían contener información valiosísima para
esclarecer muchos de los crímenes durante la guerra, las masacres que
realizó el ejército contra la población indígena y más allá. Por ahí
podría conocerse el destino de muchos de los 250 000 muertos y
desaparecidos".
Sin embargo, el ex comandante Tomás no puede sustraerse al
escepticismo, dadas las circunstancias del caso:
"Al mismo tiempo, yo pondría un poco en duda que realmente el
presidente Colom consiga su propósito. Primero hay que ver si los
archivos existen, si están completos, porque los represores han tenido
suficiente tiempo y es dable sospechar que parte de esa información ha
sido destruida para impedir la verdad y la justicia.
"En Guatemala no ha terminado el entramado de la contrainsurgencia,
no se ha desactivado todo ese aparato que tenía el Estado y el
ejército. Parte de eso permanece oculto en lo que llaman los grupos
oscuros y ocultos, ejecutores de esa represión hoy selectiva, pero que
sigue asesinando.
"A ello no escapa la justicia, ante la cual esos crímenes siguen
impunes, a pesar de que los nombres de los responsables de las grandes
violaciones a los derechos humanos se conocen, están ahí: fueron los
gobernantes de facto, los ministros de defensa, gobernación, jefes de
estado mayor, de la policía".
SEGUIR EL RASTRO
Y aunque el ex general Efraín Ríos Montt, del Frente Republicano
Guatemalteco, aseguró que la apertura de los archivos demostrará que
siempre actuó "dentro del margen de la ley", lo cierto es que
acusaciones en su contra no prosperaron antes en los tribunales
locales.
A inicios del año pasado, quienes impulsan una demanda por
genocidio, recibieron copias del Plan Sofía, que detalla operaciones
del Ejército para "exterminar a elementos subversivos del área" de
Nebaj, Quiché, en 1982.
Estos datos, junto a declaraciones de testigos, vincularían al alto
mando del Ejército y al entonces jefe de Estado, Ríos Montt, a las
masacres entre 1982 y 1983.
Parte o copia de esa información debería ser rastreada en los
archivos de la Agencia Central de Inteligencia, en Langley, EE.UU. e
incluso en los del Departamento de Estado, en particular en los
ficheros referidos a la guerra sucia de la administración Reagan en
América Central. Allí tienen que existir pruebas de masacres como la
que enlutó a Rigoberta Menchú y otros muchos indígenas.
Un telegrama secreto (desclasificado) de la CIA, con fecha de
febrero de 1983, consigna que oficiales cercanos a Ríos Montt habrían
informado a agentes militares que tenían luz verde para "arrestar,
retener, in-terrogar y deshacerse de guerrilleros sospechosos, a su
conveniencia". Esa, quizás, es una buena pista por donde empezar.
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