El vandalismo tiene su gen en la indisciplina social y es como un
cáncer que cuando llega a hacer metástasis se convierte en una
anarquía, algo incontrolable, pues comenzamos a convivir con ella
hasta que logra total impunidad. Es decir, se traduce en el vulgar y
peligroso sálvese quien pueda.
Nuestra sociedad posee una ventaja sobre las que engendran cada vez
más violencia, como expresión de ese cáncer. No sostiene su desarrollo
en modelos consumistas. Su organización no responde a una competencia
inescrupulosa entre empresas o firmas; tiene un solo objetivo lo que
se produce: el bienestar del pueblo. Es el trabajo, y sus frutos, y la
formación del individuo los puntales en los que hemos defendido las
ideas de la Revolución.
Pero nuestro modelo de sociedad requiere imprescindiblemente de la
disciplina, y del orden.
Resultan inaceptables las manifestaciones que intentan abrirse paso
en la vida cubana como los ataques al transporte público, la
destrucción de otros medios como está ocurriendo con los teléfonos
colectivos y los contenedores de basura; las carreras de autos en
principales vías de la ciudad en horas de la madrugada, que molestan e
interrumpen el sueño y ponen en peligro la vida de cualquier
transeúnte, o simplemente la música alta en un edificio en horas de la
noche o la falta de caballerosidad. Son hechos que flagelan la
tranquilidad ciudadana.
No es poco el deterioro que provoca la indisciplina de quienes
tienen la misión de servir a la sociedad. Una mala respuesta en una
tienda, una cafetería, un policlínico; un servicio que dejamos de dar
para obtener un beneficio personal y no social, irrita al igual que
desmoraliza la perniciosa costumbre de pedir o aceptar dinero a cambio
de algo que sencillamente debemos hacer como parte de nuestro deber.
Esas manifestaciones, además, le hacen el juego a un enemigo, ocupado
y preocupado hasta la saciedad por demostrar que es inviable el modelo
que escogimos.
Recordemos a Martí, no como un simple acto de evocación,
apliquémoslo cuando sentenció: Disciplina quiere decir orden, y
orden quiere decir triunfo. Puesto que el cubano hace a su patria la
ofrenda de su vida, hágala bien, y déle la vida de modo que le sirva,
por el orden de sus servicios, en vez de serle inútil o dañar, por su
desorden y torpeza en el instante de defenderla. La mejor disciplina
es el empleo incesante contra el enemigo. (1)
La ofrenda a la Patria nos ha de tocar a todos los cubanos, pues
este no es solo un problema de la policía, la que, por supuesto,
tampoco puede contemplar un hecho esperando por la denuncia ciudadana.
De la misma manera, la solución no ha de ceñirse únicamente a la
cárcel, ella solo es un recurso para cuando ya el mal está hecho.
Si una sociedad tiene los resortes, no solo para combatir la
indisciplina, sino incluso para impedir que ella aparezca es la
cubana, solo que han de funcionar esos resortes, es decir, las
instituciones, las organizaciones. Somos un país organizado
conscientemente entre los ciudadanos y esa fuerza no es para que se
plasme solo en registros nominales.
Hay mucho en juego con esta demanda de orden y disciplina. la
nación continúa luchando por su desarrollo y son cuantiosos los
recursos y todavía más los esfuerzos que se hacen para que vayan a
caer en saco roto, porque algunos permitan que no lleguen a su
destino. Si cada cubano exige que se haga lo que a cada quien le toca,
no contemplaríamos una indisciplina pasivamente.
Vital en este combate es la familia. De sobra conocida es la frase
de que la educación comienza en la cuna y termina en la tumba. Sin
embargo, el ejemplo perdura y ni la muerte es capaz de borrarlo, una
vida de enseñanza de buenas acciones no termina jamás. Se escucha
mucho también que los hijos se parecen más a su tiempo que a sus
padres, pero somos los padres los que tenemos la obligación de
guiarlos para que puedan actuar de acuerdo con el momento que les toca
vivir. Nadie nace indisciplinado, ni vándalo.
Desde nuestras raíces también nos viene una de las más nobles
cualidades del ser humano, la solidaridad. Nos ha caracterizado
compartir lo que tenemos, entonces cómo no ser capaces de acabar con
indisciplinados o vándalos prefabricados.
Hoy una indisciplina, un hecho vandálico, es un ataque a la paz, a
las aspiraciones personales de nuestros hijos, a la tranquilidad con
que nuestras abuelas conversan en los parques o en los mercados, en
fin, es una afrenta a la Revolución.
Permítasenos entonces volver a pedir que apliquemos al maestro:
Extraordinaria es la grandeza del corazón cubano: haga cada uno su
parte de deber, y nadie puede vencernos. (2)
(1) Obras Completas T.28-P.494
(2) Obras Completas T.II-P.362