El clima de relativa calma logrado en el último trimestre del
2007 en Iraq no tuvo como causa fundamental el incremento de las
fuerzas invasoras ni la aplicación de nuevas tácticas militares
contrainsurgentes. Fue la combinación de estas con una fuerte
actividad política de EE.UU. la que permitió lograr tenues acuerdos
de alto el fuego con diferentes grupos confesionales iraquíes junto
al compromiso de ayuda de países vecinos preocupados por el
incremento de la violencia en ese país.
Con dinero y promesas sobre la base de la explotación del
petróleo iraquí la Casa Blanca creyó que podría comprar la ayuda, o
al menos la neutralidad, de algunos grupos de la resistencia.
Sin embargo, aunque muchos han negociado con EE.UU. en busca de
diversos objetivos, el rechazo que experimentaron los ocupantes en
enero ratifica que existe una resistencia dispuesta a combatir al
agresor extranjero y a sus colaboradores.
Pero EE.UU. no solo busca la estabilidad y la disminución de las
bajas. La Casa Blanca está preocupada por la nueva reconfiguración
geopolítica que se asoma en el horizonte del Oriente Medio. La
consolidación de Irán como potencia emergente en la zona mantiene en
vilo a la superpotencia que teme que se dañe la hegemonía en esa
estratégica región.
Por esta razón, la administración Bush y sus aparatos de
inteligencia, se emplearon a fondo para intentar lograr dentro de
Iraq un equilibrio de fuerzas entre los grupos confesionales que le
permita frenar amenazas, mantener el control de la situación y
seguir siendo el centro en torno al cual giren todas las decisiones.
Entre las medidas impulsadas está la creación de las llamadas
Fuerzas del Despertar, milicia de corte tribal que cuenta, según el
Pentágono, con cerca de 80 000 efectivos de mayoría sunita que
reciben, cada uno, cerca de 300 dólares mensuales del contribuyente
estadounidense.
El gobierno de mayoría chiita de Nuri Al Maliki, que en noviembre
del 2007 integró a 18 000 milicianos chiitas y kurdos a las unidades
oficiales, manifestó su rechazo a las Fuerzas del Despertar,
mientras que el ministro de Defensa, Abdul Qadir Al Obaidi, afirmó
que no se le dará legitimidad ni se le permitirá contar con
infraestructura.
De forma paralela, y en clara muestra de su empeño, Washington
impuso la aprobación en el Parlamento iraquí de la Ley de Justicia y
la Transparencia que permite a ex miembros del partido BAAS y a ex
funcionarios del antiguo gobierno del presidente Saddam Hussein,
mayoritariamente sunitas, volver a ocupar cargos públicos si están
libres de acusaciones por crímenes.
Esta situación, lejos de garantizar la paz, aviva los
enfrentamientos inter e intraconfesionales en los planos político y
militar. Así lo demuestran los atentados contra objetivos civiles y
religiosos y los atropellos que determinadas milicias cometen bajo
el amparo de los soldados estadounidenses.
En lo inmediato no se vislumbra un declive de la violencia. Las
pugnas confesionales con el fin de ganar espacios de poder
continuarán, así como el enfrentamiento directo a los ocupantes.
Por su parte, EE.UU. mantiene su accionar a favor de la guerra.
Recientemente el presidente Bush pidió al Congreso una partida
millonaria para financiarla y ya suman 440 000 millones lo gastado
en ese conflicto, más del doble de lo previsto, sin valorar lo más
lamentable, la estela de destrucción y muerte que ha dejado.
Es por ello que sonó hueca y electorera la promesa hecha por Bush
durante su gira por la región sobre la posibilidad de retornar al
territorio norteamericano a 20 000 soldados, siempre que los
"progresos" lo permitieran.
Iraq es un pantano para EE.UU. y aunque algunos grupos de poder
están conscientes de la imposibilidad de ganar la guerra, la
retirada total de las tropas de esa petrolera región es una solución
impensable para ellos. Los intereses imperiales y sus proyectos para
el Oriente Medio tienen prioridad, incluso, por encima de la vida de
sus propios hijos.