Temporada para el recuerdo y la reflexión

ISMAEL S. ALBELO

El lago de los cisnes es, quién lo duda, de los ballets más seguidos a partir de su estreno en 1895. El Ballet Nacional de Cuba, que desde 1954 lo tiene en su repertorio y desde 1965 con el sello creativo de Alicia Alonso, muestra una interesante versión cuya síntesis dramática ha sido imitada por otras compañías del mundo. Entre el 14 y el 17 de febrero pasados las presentaciones de este clásico en el coliseo de Prado y San Rafael revistieron matices especiales: los que asistimos a ellas notamos un nuevo público, joven y avezado en apreciar el buen arte, desbordante de entusiasmo sin muchos excesos; las filas del cuerpo de baile tenían rostros renovados, alumnos recién egresados de la Escuela Nacional de Ballet o en su periodo de adiestramiento, algunos de los cuales asumieron roles solistas; la presencia de la orquesta en casi todas las funciones –que siempre es de agradecer, aunque también siempre sea perfectible en su actuación–; y lo que todos buscan en El lago¼ : las interpretaciones protagonistas, que trajeron nuevos signos de recapitulación y madurez.

Foto: NANCY REYESVeingsay y Frómeta, soberbia ejecución.

Una crítica escénica no es completa si no refiere la iluminación, los diseños, la música, esos detalles que completan la producción. Pero atenido al espacio, debo centrarme en las ejecuciones de quienes encarnaron a Odette-Odile y el príncipe Sigfrido. Si bien nadie se estrenaba en estos roles, el novedoso enfoque asumido por los siete artistas en este caso merece comentarios especiales.

Anette Delgado y Joel Carreño abrieron el 14 con una función llena de delicadeza, buen gusto, detalles y, sobre todo, la ternura de un amor de cuentos de hadas. La Delgado, acostumbrada al control y la limpieza técnica, mostró esa noche su mejor concepto dramático del doble rol: poético y conmovedor en los actos blancos y calculadora en el fundamental "cisne negro". Por su parte, Joel exhibió el lirismo propio de su fisonomía y una hechura técnica a la altura de su rango.

Para la segunda noche, Sadaise Arencibia estuvo acompañada por Rómel Frómeta. Bailarina creada para ballets etéreos y volátiles, su cisne blanco resulta impecable. Mas en esta ocasión sus acentos dramáticos fueron más cuidados y se le vio mayor preocupación por generar la atmósfera y la armonía de su línea físico-somática. Para el tercer acto, lo técnico fue salvado con seguridad mientras apeló a una actuación gélida en su cisne negro. Frómeta, de manera inteligente, trabajó su Príncipe con el lirismo que la Arencibia brindaba y más tarde demostró que su nivel artístico está creciendo ante nuestros ojos.

El sábado, el cisne y su Príncipe fueron encarnados por Yolanda Correa y Javier Torres. La seguridad de la Correa en sus apariciones fue matizada esta vez por una mayor preocupación histriónica, plagada de acentos que enriquecieron su actuación; mientras Javier –con su físico principesco– exhibió todo lo posible para sus fuerzas técnicas y actorales.

Por último, Viengsay Valdés y nuevamente Rómel Frómeta se adueñaron del escenario. Conocida por su poderío técnico, Viengsay dulcificó su Odette a planos enternecedores y junto al virtuosismo apareció el arte. De su Odile poco hay que agregar: ella domina el rol, sobre todo por la pirotecnia. Frómeta en esa tarde dominical, fue más explosivo, impresionante en los saltos y virtuoso en la cuerda de su compañera, lo cual dio fe de su desdoblamiento en aras de la armonía artística.

¿Qué otras lecciones dejó esta temporada de El lago de los cisnes? Que el Ballet Nacional de Cuba sigue manteniendo sus niveles en grupos y estrellas; que no se puede hablar de relevo sino de continuidad; que esos jóvenes acabados de graduar tienen el privilegio de actuar con una de las grandes compañías del mundo en los ballets más preciados; que tienen garantizada la secuencia de sus años de estudio y la posibilidad real de asumir responsabilidades en la medida de sus esfuerzos y sus condiciones; que tendrán Lago, Giselle, Don Quijote sin preocuparse por mercados o agentes; y que bailan para un público que los quiere, los estimulan, les obligan a ser cada vez mejores y no dormirse en títulos o rangos.

Hay nombres a seguir en los intérpretes de pas de trois, pas de six, los cisnes y otros roles, que garantizan la escalera de la que ha hablado Alicia Alonso, la artífice de lo que se hace, con el más alto nivel internacional, en nuestra Patria.

 

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