Nada tiene que ver con el deporte, ni mucho menos con la cultura
que en esta esfera tiene todo nuestro pueblo, lo ocurrido en la noche
del martes en el estadio Latinoamericano en el primer juego de la
subserie entre los conjuntos Santiago de Cuba, campeón, e
Industriales, actual subtitular.
Los propios mentores de ambos equipos habían definido este
enfrentamiento como un gran compromiso con la afición, no solo
capitalina o santiaguera, sino con la de todo el país, pues sabían de
lo esperado del duelo.
Granma publicaba la víspera de ese de-safío: "significa mucho
cada juego contra Santiago, es el clásico del béisbol cubano y todo el
mundo lo disfruta¼ estoy seguro que tanto
Santiago como nosotros saldremos al terreno a dar lo mejor en cada
jugada, por respeto a la afición que tanto espera de nosotros. Vamos a
pelear en cada turno al bate¼ Ellos tienen
un equipo grande, nosotros también¼ ",
expresó el director de Industriales, Rey Vicente Anglada.
Y así fue, la tropa de Pacheco, tan modesta como brava, abrió fuego
en casa del rival, que no se amilanó y supo darle alcance,
protagonizando ambos uno de los partidos más emocionante de la actual
campaña, que dicho sea de paso se ha visto respaldada por el público
en todos los escenarios, síntoma inequívoco de aceptación.
Esa sola razón bastaría para tratar al choque y a sus protagonistas
con el mismo respeto que ellos, mediante su esfuerzo, expresan en cada
jugada o cuando nos hacen palpitar nuestros corazones con cada batazo.
Y esa responsabilidad toca a cada uno que va al estadio a disfrutar
de un buen juego de pelota, porque los que están en el terreno, salen
a la grama a darlo todo para las graderías. Es el aplauso, como
reconocimiento, lo que debemos tributar no un pomo u otros objetos
contra los peloteros, como se vieron el martes, en las partes aledañas
a las cercas del terreno, como tampoco manifestaciones antisociales
que promueven la violencia.
Quienes hacen ese tipo de cosas —50 ó 60 trasnochados—, no van a
disfrutar, van a atentar contra el espectáculo deportivo, que es lo
mismo que atentar contra el pueblo, el presente en el estadio y el que
lo disfruta por la televisión o la radio, pues una suspensión del
desafío solo afecta al amante de la buena pelota.
De la misma manera, a quienes están responsabilizados con la
organización del campeonato no se les puede escapar ni un solo
detalle. Cuando se habla de béisbol en Cuba se trata de un fenómeno
social, y si incluye una porfía entre Santiago de Cuba e Industriales,
estamos en presencia de una actividad de alta demanda, para darle el
nombre que técnicamente se usa en Juegos Panamericanos u Olímpicos, es
decir gran poder de convocatoria, estadios llenos y alta rivalidad. No
los puede sorprender por falta de previsión una situación como la
ocurrida.
La vigilancia tenía que ser mayor, el aseguramiento del orden
público debió ser mejor, tanto cuantitativa como cualitativamente.
Conocimos, según la descripción de la televisión ayer en la tarde, de
la detención de los que provocaron los incidentes, lo cual
felicitamos.
No podemos esperar que ocurra en una de nuestras instalaciones lo
que sucede en no pocas latitudes del planeta, grandes desgracias que
cobran la vida de personas. En Cuba no pueden existir los hooligans,
su presencia está reñida con los valores de nuestra sociedad y
cualquier asomo de violencia hay que combatirla con energía, sea en el
fútbol, el baloncesto, el béisbol o en cualquier disciplina deportiva,
pues los atletas de un movimiento deportivo como el cubano, capaz de
encumbrarse en las cimas más exigentes del mundo, tienen un compromiso
muy grande con un pueblo que conoce mucho de deporte, que lo disfruta
y lo analiza como pocos en el orbe.
No quiere decir que se deje de apoyar al equipo de preferencia, ni
que disminuya la rivalidad, al contrario, ambos sentimientos cuando se
expresan en las tribunas le dan un sello único e imprescindible al
espectáculo deportivo; es bien bonito ver las graderías partidas en
dos bandos, cada uno con los colores de su equipo, dando rienda
sueltas a sus gargantas. Ese estadio es el que quiere la afición, el
que aman los peloteros, para ellos no hay nada más triste que una
grada vacía o apática.
Recuerdo una máxima de un periodista español que decía "dime el
arbitraje que tienes y te diré el fútbol que juegas". En Cuba la
afición es tan conocedora de su béisbol que cuando uno escucha las
opiniones en las cientos de peñas en todo el país, o ve las graderías
de nuestros estadios arder de emoción, podría parafrasearse aquella
cita: "dime la afición que tienes y te diré el béisbol que juegas".
Es otra de las motivaciones por las que debemos defender el estadio
para la afición, que mucho tiene que ver en los grandes éxitos de
nuestros atletas.
Y ojo, para el cubano y la cubana, el béisbol es pasión, identidad,
cultura, por lo cual es ya un rasgo distintivo de nacionalidad, como
lo ha sido a lo largo de la historia el son, la guayabera, el tabaco,
la caña, la solidaridad, entonces hay que defenderlo ante todo lo que
intente dañarlo.