CÁRDENAS.– Una experiencia única. Eso significa acompañar durante
la carrera a los ciclistas que intervienen en la Vuelta. Describirla
resulta difícil, pero haremos el intento. Y todo, gracias a Joao,
uno de los motoristas que habitualmente sirven en su labor a los
fotógrafos (incluido el camarógrafo de la televisión).
Así nos acercamos al grueso pelotón que coletea en la carretera.
Dentro de la colorida madeja –en la que destaca el pulóver
amarillo del líder Pedro Pablo Pérez–, cubanos y extranjeros pugnan
codo a codo por avanzar sobre el pavimento. Llegar al final es el
propósito unánime de los corredores.
El gesto adusto, la mirada atenta y las piernas contraídas por el
esfuerzo denodado de consumir la kilométrica distancia de la etapa,
al ritmo incesante de los pedales, retratan la esencia de este
deporte.
La caravana se desliza en una constante lucha contra los
elementos. El sol, la sed y algún bache casual en el trazado
intentan mellar el ánimo de la caravana. Pero es inútil. Los
campeones jamás se rinden.
Rozando apenas al grupo compacto, partimos con celeridad a la
caza de los cuatro ruteros escapados tras la primera meta volante en
Santo Domingo. Encabezar el recorrido siempre suele ser complicado,
más aún si la fuga es temprana.
Allá van a lo lejos, a través de la llanura matancera. La meta
final está cerca, pero el pelotón también avanza con luengos
pedalazos.
Cuatro voluntades compiten en el embalaje final: Hebert Rivas
(VEN), Carlos Arias (CHA), Bernardo Colex (Tecos) y Rene Obst (Saxonia).
Pero son los dos últimos quienes más energías han reservado para
el sprint definitivo.
Ya se desprenden, ya cruzan la raya final. A Cárdenas llegó
primero el alemán Obst, que cubrió el trayecto de 185 kilómetros en
4:14:52 horas. Los vítores del público son para él, pero también
para los demás. Porque todos somos ganadores.
La Vuelta tiene esa connotación, aun más un 14 de febrero. Aunque
pocos nos pronunciemos abiertamente, el sentimiento que embarga a
todos es el mismo. La Vuelta ha recalado ya para siempre en nuestros
corazones. Y eso es lo que importa.