Larga fue la vida del artista. Falleció en La Habana cuando le
faltaban dos meses para cumplir 96 años de edad. Había nacido en la
localidad oriental de San Luis el 12 de marzo de 1912 —por voluntad
propia quiso que sus restos fueran sepultados allí— y desde que abrió
los ojos al mundo se interesó por plasmar lo visto de cualquier
manera: el paisaje, la flora, la fauna, los habitantes del campo y la
imaginería popular.
Ciertamente adquirió algunas nociones académicas durante esa
insólita aventura que se llamó Estudio Libre de Pintura y Escultura.
Fundado en 1938 por Eduardo Abela, Rita Longa, René Portocarrero y
Domingo Ravenet, fue un intento por democratizar la enseñanza
artística en medio de la modorra pseudorrepublicana.
Pero el talento de Jay fue emergiendo como algo muy propio, en los
ratos libres que le dejaban sus múltiples oficios de chofer, pintor de
brocha gorda, plomero, jardinero, mensajero y decorador de interiores.
Una de la aristócratas cubanas de la época, María Luisa Gómez Mena
ejerció su mecenazgo y colocó cuadros del pintor en ciertos circuitos.
Pero en verdad el valor de la pintura de Jay Matamoros se pudo
apreciar luego de que, producto de la política cultural de la
Revolución, comenzaron a jerarquizarse los aportes de la pintura
popular: la exposición de acuarelas y tallas exhibida en el Ministerio
de Justicia en 1964, el premio que obtuvo ese año en el Salón Nacional
de Pintura y Escultura del Museo Nacional de Bellas Artes, la
exposición personal de su obra en Galería Habana en 1965, y la
irrupción exitosa de sus cuadros en la II Trienal de Arte Naif de
Bratislava y en la Bienal de Grenoble (Francia), en 1969, catapultaron
su figura.