Un estruendoso mensaje a George Bush cerró el 2007: Artistas e
intelectuales norteamericanos, entre ellos los actores Sean Penn y
Peter Coyote, y el escritor Gore Vidal, reclamaban al presidente el
fin del bloqueo contra Cuba.
Esta es la décima administración estadounidense que mantiene a la
isla sitiada, una política de la que ya existían vestigios en los
primeros meses del triunfo revolucionario. Luego, en la reunión de
la OEA inaugurada en 1962 en Punta del Este, Uruguay, la posición
del secretario de Estado norteamericano Dean Rusk dejó las huellas
más evidentes de lo que sería la relación de su país con Cuba.
El 6 de febrero de ese año, el gabinete de John F. Kennedy,
mientras prohibía transacciones con destino a La Habana, celebraba
en la Casa Blanca la firma de una resolución que dejó establecido el
bloqueo económico, comercial y financiero contra la Isla.
Desde entonces Estados Unidos pronosticó para Cuba un inminente
naufragio. En 1963 el periódico Noticias de Hoy daba cuenta del
recrudecimiento de esa medida; la intención: dejar que los altos
contrastes en la nación antillana y la desesperanza quebraran la
entonces naciente revolución.
En los noventa, cuando los contornos del socialismo real se
hicieron pedazos, los vientos del norte batieron más fuerte. Nuevas
leyes redoblaron la alambrada.
La prohibición de la entrada a Cuba de medicinas y alimentos; los
obstáculos para el intercambio cultural, deportivo y académico, y
pérdidas en la economía cubana superiores a los 80 000 millones de
dólares, resultan los rasgos más visibles de esta agresiva y
genocida política.
Pese a innumerables restricciones, son muchos los que cruzan las
murallas en busca del secreto. Tal vez, la respuesta se halla en las
listas que a favor de Cuba crecen cada año en la sede de las
Naciones Unidas, en la frase de Alejo Carpentier de que las naciones
existen en función de su personalidad histórica o en ese largo
trayecto que ha hecho irrealizable el sueño del imperio.