No juegan a otro juego que no sea el de escapar engañando a la
muerte y al asco. Sin nintendos ni playstations, sin más
juguetes que sus cuerpos rotos, cosiendo día y noche las zapatillas
que yo me pongo y los balones con los que nunca jugarán al fútbol.
Según la Organización Internacional del Trabajo, más de 200 millones
de niños y niñas son explotados. Niños que se hacen grandes sin llegar
a serlo, niñas que son mujeres sin haber crecido, niños y niñas
huérfanos de niñez, niños sin risas, niñas y niños de rostro herido y
mirada rota, niños cansados como adultos, niñas y niños hartos de
trabajar sin descanso. Carne de cañón. Globalizados. Niños de cinco
años ya obreros, niñas de seis o siete sirvientas, de ocho, de nueve o
de 10 u 11 explotados. Niños de 12 años asesinados por decir que no
son esclavos, que son niños que quieren llegar a ser hombres y mujeres
libres, como Iqbal Masih, asesinado. Niños y niñas que trabajan entre
cianuro para que los ricos grandes tengan oro, mucho oro, mucho oro
para los ricos grandes que cuidan con amor y miman entre algodón a sus
niños, amorosos ricos grandes con los suyos y amos sin piedad de los
otros niños. Niños contratados sin contrato, empleados de soldados, de
carniceros precoces, de albañiles, prostituidos, de piel mojada y boca
seca a todas horas, harapientos, con manos llenas de callos a los
cinco años, de callos (supongo yo) globalizados; niñas y niños de alma
prieta y sangre amorfa, sudorosos, medio muertos. ¿Qué será para ellos
una escuela?, ¿podrán esos niños tener de noche sueños?. me pregunto
si podrán oír otra música que no sea la de sus toses. Millones de
niños trabajadores muertos, o medio muertos a punto de caer exhaustos.
La globalización avanza, los beneficios baten todos los récords.
Los empresarios están contentos. Qué más les da entonces que haya
millones de niños muertos por trabajar para ellos. (Tomado de
Rebelión)