Che Guevara lo dijo: La Revolución Cubana toma a Marx donde éste
dejara la ciencia para empuñar su fusil revolucionario...
Ahora, con el sentido dialéctico que brotó en la conciencia social
del pueblo de Cuba desde el asalto al cuartel Moncada, la fidelidad al
Manifiesto y a Martí consiste en empuñar la ciencia, sin dejar de
mantener en alto el fusil revolucionario, dada la hostilidad demencial
de nuestro enemigo histórico.
No se trata solamente del desarrollo ininterrumpido de sectores
fundamentales del quehacer científico, con logros sencillamente
inimaginables, bajo el dominio brutal y grotesco del imperialismo y su
oligarquía criolla antinacional; sino de conseguir valoraciones que
partan de la ciencia en todas las actividades de la construcción del
socialismo de Cuba. Esto se traduce en el Capital Humano, que une el
enfoque científico con la pasión revolucionaria. Y a eso apela el
discurso de Raúl el 26 de Julio, que millones de cubanas y cubanos han
hecho suyo, opinando con la más absoluta libertad sobre todos nuestros
complejos y difíciles problemas, para libremente también cosechar este
año nuevos modestos triunfos, pese al bloqueo genocida que desprecia
la condena prácticamente unánime de los Estados que pertenecen a la
ONU, incluyendo aliados estratégicos de Estados Unidos. No hubo ni
habrá soluciones mágicas, pero los hechos demuestran que ellas pueden
gradualmente lograrse, y ya tenemos motivos para el optimismo realista
de los combatientes.
Para Martí la ciencia y la libertad son las llaves maestras que han
abierto las puertas por donde entran los hombres a torrentes,
enamorados del mundo venidero. Lo mismo pensaban los clásicos del
proletariado.
El Manifiesto es la más formidable acta de acusación contra el
capitalismo, porque demuestra que hizo por la ciencia mucho más que el
esclavismo y el feudalismo, pero matando despiadadamente la misma
libertad proclamada para engañar al pueblo. A los trabajadores solo
dejó la libertad de ser esclavos disfrazados y ahora ni siquiera eso:
existen más desempleados que empleados en labores productivas en el
conjunto del mundo bajo el yugo del capital.
La idea esencial del Manifiesto de que el motor de la historia es
la lucha de clases y que en ella triunfarán los trabajadores,
históricamente se confirma, pero superando la noción, entonces exacta,
acerca del proletariado, pues se trata de la lucha de pueblos y
naciones completas contra el saqueo y la opresión del imperialismo,
momento culminante de la tiranía del capital.
Si ya no rige la tesis del Manifiesto acerca de la simplificación
de la estructura socioclasista a medida que transcurre el capitalismo,
todo verifica su tesis principal de que esa estructura está condenada
a ir de crisis en crisis. Sin que ellas, de por sí, puedan abolir la
dictadura de los dueños del capital, siendo necesario hacer la
Revolución, la toma del poder político por genuinos representantes del
pueblo para cambiar la estructura económica en la base del edificio
social y dar bienestar a los productores. Es un proceso largo y sujeto
a contradicciones y reveses a enfrentar.
En tiempos del Manifiesto, los Maestros de la clase obrera
concebían que en Europa, la región entonces más adelantada en la
economía y las luchas clasistas, triunfaría de forma simultánea la
Revolución y ella se extendería al mundo periférico entonces no
capitalista. Pero ni las guerras anticoloniales de independencia en
las dos Américas, ni los procesos revolucionarios europeos de 1848 y
ni siquiera la Comuna de París de 1871, abrieron ese camino. Ello
correspondió a Rusia, en 1917, cuando la Primera Guerra Mundial lanzó
a la política a millones de campesinos, a cuyo frente se pusieron los
obreros industriales encabezados por el Partido de Lenin, con sus
consignas de paz, pan y tierra. Cinco años después nació la Unión
Soviética, que luego de resistir pruebas como la guerra civil, la
intervención de 14 países extranjeros y la descomunal agresión
fascista, fue derrotada, desde dentro, por errores, ingenuidades y
traiciones, al cabo de siete decenios de existencia como primera
experiencia del socialismo y logros indiscutibles. Pareció que las
ideas del Manifiesto Comunista habían muerto, pero el socialismo,
dentro de sus particularidades, se mantuvo en varios países asiáticos
y, para asombro del mundo, en Cuba, primera trinchera en la lucha
contra el imperio que antes que nadie denunció Bolívar y definió Martí
como una nueva Roma, en alusión a su poderío, sus afanes de dominación
universal y también a su debilidad histórica.
En prueba de esa afirmación aparece como lo nuevo a decir en el
aniversario 160 del Manifiesto que, en determinados casos, el fusil
revolucionario puede ser sustituido por el voto revolucionario, aunque
cada poder del pueblo deba defenderse de las agresiones de los grupos
explotadores ganados por el odio ante los torrentes de hombres
enamorados del mundo venidero, como los que conspiran contra la
voluntad popular en la Venezuela de Bolívar, la Bolivia de Tupac
Catari, el Ecuador de Eloy Alfaro y Manuelita Sáenz, la Nicaragua de
Sandino, y otros procesos de cambios y de unidad de nuestras Patrias,
los cuales alientan el optimismo de todos los pueblos del planeta.
Las crisis integrales, económica, ecológica, de gobernabilidad y,
sobre todo, moral, confirman que las estrechas relaciones sociales,
con la propiedad burguesa dominando el mercado y convirtiendo todo en
mercancía, deviene camisa de fuerza que ahoga el desarrollo social
científico. El dilema de: socialismo o nadie, es cada vez más real,
pues el capital devora las fuentes de energía en aras del consumismo
burgués, única ideología de su sistema de dominación, y multiplica las
guerras de agresión en la era nuclear. Bush anunció 60 o más guerras
preventivas, y en Afganistán, Iraq, todo el Medio Oriente, hace el
comercio de petróleo por sangre, mientras amenaza a otros muchos
países, entre ellos Cuba, Venezuela y cuantos se atrevan a erguirse en
libertad.
Pudo haber aparecido en el Manifiesto este pensamiento de Martí:
Saber rebelarse es una ciencia.
El Manifiesto fundamenta esa ciencia en la época contemporánea y
por eso alentó la creación del Partido internacional de los
trabajadores, que luego pasó a destacamentos nacionales. Lenin vio en
el Partido la vanguardia de esa ciencia, y antes que él, para la
guerra necesaria a la conquista de la independencia nacional, Martí
creó el Partido único de los revolucionarios cubanos.
Nuestro Partido, con Fidel y Raúl y las jóvenes generaciones que
los continúan, en medio de nuevas circunstancias, revive aquella
primera clarinada de la conciencia rebelde de los pueblos: el
Manifiesto del Partido Comunista. Su consigna inmortal de:
Proletarios de todos los países, ¡uníos!, deviene llamado a la
unidad de todos los que ansían salvar la especie humana y crear un
mundo mejor. Es digno del espíritu del Manifiesto la advertencia del
Comandante en Jefe a los señores imperialistas: A Cuba, ¡no la
tendrán jamás!