Lloviznando Cantos y la estética del compromiso

Una agrupación insignia de la Revolución Bolivariana recoge sus mejores metáforas en las calles de Venezuela

Juan Antonio Borrego y Calixto N. Llanes

CARACAS.— Cuando en el año 2002 Lloviznando Cantos hizo público su tema Y bajaron, una suerte de plegaria dedicada a la gente de los cerros que llegó a Miraflores en chancletas, en camiseta o hasta en bata de casa para exigir el regreso de su Presidente, la oposición, desconcertada con la acogida de la obra, dijo que se trataba de una agrupación extranjera.

Lloviznando Cantos durante una presentación ante colaboradores cubanos en Caracas.

Desde entonces a la fecha, como para desterrar aquel infundio, el cuarteto, convertido por antonomasia en voz de la Revolución, ha desbordado con su canto escuelas, parques y teatros de toda Venezuela —hasta en los carnavales de Apure, dice Vilma Garcés, su vocalista principal— y se ha presentado en varios escenarios de América Latina y Europa.

Su viaje a Cuba, según lamentan, se lo "prohibió" un ciclón tropical, que aunque les dejó las maletas recogidas y la boca hecha aguas, no logró privarlos de la esperanza de reencontrarse algún día con la isla que emociona y convoca.

Emparentada con la semilla latinoamericana que abonaron voces como Mercedes Sosa y León Gieco, con la mística revolucionaria de Víctor Jara y del venezolano Alí Primera, uno de cuyos versos asume como nombre, y especialmente con la canción de Carlos Puebla, de Silvio, Pablo, Sara y Vicente Feliú, la agrupación dice profesar la estética del compromiso y recoger sus mejores versos de la calle, "de lo que dice la gente".

De ello dan fe títulos como Mi Comandante se queda, Consentida del Libertador —dedicada a Bolivia—, En memoria a Danilo Anderson, Hombre sur y Fidel Castro en su día, poema de Aquiles Nazoa musicalizado a propósito del cumpleaños 80 de líder cubano y estrenado en el Poliedro de Caracas tras conocerse su enfermedad en julio del 2007.

Como guerreros en campaña, que es al fin y al cabo lo que son, Lloviznando Cantos apenas cargan guitarra, bajo y percusión ligera, y sus mejores grabaciones las han conseguido en un humilde estudio de apenas dos metros cuadrados que improvisaron Vilma y su esposo Wilson Barba, arreglista, compositor y director musical del grupo, en lo que antes fue la cocina de su casa.

"Tenemos un permanente choque con la cultura que viene de afuera —dice ella—, con el consumismo, la globalización, por eso nos ves en la calle pero no en la televisión, ni firmando contratos con disquera alguna, pero la gente enseguida se aprende nuestras letras y las corea, que es lo que más nos interesa y nos inspira a seguir".

 

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