Muerte de Benazir: ecuación trágica

ARNALDO MUSA
musa.amp@granma.cip.cu

El asesinato de la líder opositora Benazir Bhutto pudiera ser el pretexto para que Estados Unidos intervenga militarmente en forma más directa en Paquistán, bajo la bandera del "combate al terrorismo".

Benazir Bhutto.

Con la muerte de Bhutto, se produjeron disturbios en algunas ciudades y la parte meridional del país, lo cual provocó la posposición de las elecciones legislativas del 8 de este mes al 18 de febrero venidero, comicios en los que aseguraron su participación, además de la gubernamental Liga Musulmana, las organizaciones opositoras, entre ellas la de Benazir, el Partido del Pueblo de Paquistán (PPP), esta vez bajo la presidencia de su hijo, Bilawal Bhutto Zardari, de 19 años. Su viudo, Asif Ali Zardari, será copresidente y el verdadero cerebro de la entidad.

El PPP, autodenominado progresista y "defensor de los pobres", identifica a un clan de ricos terratenientes de la extensa provincia meridional de Sind.

Como viene sucediendo desde hace años, tras cada gran atentado en la nación centroasiática —señalada por EE.UU. como potencia nuclear y crucial para estabilizar Afganistán—, los principales sospechosos del asesinato de Bhutto son la red de Osama Bin Laden (insuflada en otra época por Washington); sus también protegidos de tiempos atrás los talibanes y otros grupos calificados asimismo de extremistas islámicos.

Precisamente, el Gobierno responsabilizó del hecho a la organización Al Qaeda, indicando que la dirigente asesinada era una fuerte opositora a la militancia islámica, quien la percibía como amiga de Occidente. Ese grupo, el Talibán y otros de esa índole negaron su participación en el crimen.

No hay que olvidar que el 97% de los 16 millones de paquistaníes son musulmanes, por lo que Bhutto no era bien vista en amplios círculos de la población, debido a su formación occidental, laica, y el apoyo de la actual administración norteamericana, quien alentó su regreso, sacudido por un atentado que costó la vida a 140 personas y que obligó a Islamabad a mantenerla en custodia domiciliaria, ante el peligro de otra acción similar.

Tampoco despertó simpatía la afirmación de Benazir de que, de triunfar electoralmente, permitiría una mayor participación militar estadounidense con el fin de eliminar a la resistencia afgana y sus simpatizantes en la zona fronteriza, y entregaría a EE.UU., para que fuera juzgado, al padre del proyecto nuclear paquistaní.

Valentía, excelente formación en Oxford y Harvard, donde se graduó en política comparada; popularidad, dotes oratorias y atractivo físico la convirtieron en 1988, con solo 35 años, en la primera mujer elegida democráticamente para dirigir el Gobierno de un país musulmán. Era fiel a la memoria de su padre, primer presidente civil de Paquistán (1970-1973), ejecutado en 1979, dos años después de ser depuesto como primer ministro (1973-1977).

Obligada a dejar el poder en 1990 por presiones de los militares y la oposición islámica, ganó de nuevo las elecciones en 1993, pero fue obligada otra vez a retirarse y exiliarse, acusada de transferir millones de dólares a cuentas en Suiza.

Ahora, como sucedió con la muerte de dos de sus hermanos, y a pesar de las atribuciones ciertas o falsas al respecto, manejadas por la prensa occidental, es probable que se tarde en conocer la verdadera identidad de quién envió al suicida que acabó con su vida, añadiendo otra dosis de incertidumbre política a una nación envuelta también en el marasmo económico.

 

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