Con la muerte de Bhutto, se produjeron disturbios en algunas
ciudades y la parte meridional del país, lo cual provocó la
posposición de las elecciones legislativas del 8 de este mes al 18 de
febrero venidero, comicios en los que aseguraron su participación,
además de la gubernamental Liga Musulmana, las organizaciones
opositoras, entre ellas la de Benazir, el Partido del Pueblo de
Paquistán (PPP), esta vez bajo la presidencia de su hijo, Bilawal
Bhutto Zardari, de 19 años. Su viudo, Asif Ali Zardari, será
copresidente y el verdadero cerebro de la entidad.
El PPP, autodenominado progresista y "defensor de los pobres",
identifica a un clan de ricos terratenientes de la extensa provincia
meridional de Sind.
Como viene sucediendo desde hace años, tras cada gran atentado en
la nación centroasiática —señalada por EE.UU. como potencia nuclear y
crucial para estabilizar Afganistán—, los principales sospechosos del
asesinato de Bhutto son la red de Osama Bin Laden (insuflada en otra
época por Washington); sus también protegidos de tiempos atrás los
talibanes y otros grupos calificados asimismo de extremistas
islámicos.
Precisamente, el Gobierno responsabilizó del hecho a la
organización Al Qaeda, indicando que la dirigente asesinada era una
fuerte opositora a la militancia islámica, quien la percibía como
amiga de Occidente. Ese grupo, el Talibán y otros de esa índole
negaron su participación en el crimen.
No hay que olvidar que el 97% de los 16 millones de paquistaníes
son musulmanes, por lo que Bhutto no era bien vista en amplios
círculos de la población, debido a su formación occidental, laica, y
el apoyo de la actual administración norteamericana, quien alentó su
regreso, sacudido por un atentado que costó la vida a 140 personas y
que obligó a Islamabad a mantenerla en custodia domiciliaria, ante el
peligro de otra acción similar.
Tampoco despertó simpatía la afirmación de Benazir de que, de
triunfar electoralmente, permitiría una mayor participación militar
estadounidense con el fin de eliminar a la resistencia afgana y sus
simpatizantes en la zona fronteriza, y entregaría a EE.UU., para que
fuera juzgado, al padre del proyecto nuclear paquistaní.
Valentía, excelente formación en Oxford y Harvard, donde se graduó
en política comparada; popularidad, dotes oratorias y atractivo físico
la convirtieron en 1988, con solo 35 años, en la primera mujer elegida
democráticamente para dirigir el Gobierno de un país musulmán. Era
fiel a la memoria de su padre, primer presidente civil de Paquistán
(1970-1973), ejecutado en 1979, dos años después de ser depuesto como
primer ministro (1973-1977).
Obligada a dejar el poder en 1990 por presiones de los militares y
la oposición islámica, ganó de nuevo las elecciones en 1993, pero fue
obligada otra vez a retirarse y exiliarse, acusada de transferir
millones de dólares a cuentas en Suiza.
Ahora, como sucedió con la muerte de dos de sus hermanos, y a pesar
de las atribuciones ciertas o falsas al respecto, manejadas por la
prensa occidental, es probable que se tarde en conocer la verdadera
identidad de quién envió al suicida que acabó con su vida, añadiendo
otra dosis de incertidumbre política a una nación envuelta también en
el marasmo económico.